Por la pérdida de personas valiosas, por gente inmerecida, de bronca, por angustia, impotencia,
dolor, desengaños, frustraciones, tristeza o por alegría. ¿Quién no ha llorado alguna vez? Me
refiero a llorar de buena gana, con esas lágrimas incontenibles que a veces avergüenzan y otras
tantas relajan. Convengamos que hay llantos buenos, muy buenos: es más, soy de las que prepara la
escena para sollozar y condolerse tranquila. Tal vez por masoquista, melancólica o amante del golpe
bajo. No sé, pero a mí de vez en cuando un buen llanto me renueva el alma.
Me pasa, por ejemplo, cada vez que veo "Los puentes de Madison". Sé de antemano que con esta
película lagrimearé íntima e irremediablemente. La veo una y otra vez con absoluta tristeza pero
empiezo a llorar, de veras y con congoja, no en un instante cualquiera sino cuando Clint Eastwood
representando a Robert el fotógrafo se va del pueblo para siempre y bajo una dramática lluvia.
Aguarda con su pick up el cambio de semáforo, sabe que Francesca en la piel de Meryl Streep lo está
mirando y cuelga en el espejo retrovisor la cadenita que fue parte de ese amor intenso y
desgarrador de apenas cuatro días.





























