Es sabido que la heterogeneidad y multiplicidad de la así llamada Modernidad comenzó a gestarse a partir del siglo XV. Se caracterizó por su búsqueda de la liberación del escolasticismo medieval: el racionalismo y el antropocentrismo, con exclusión de todo presupuesto teológico, serían desde entonces el espíritu que se afincaría en la Civilización Occidental. Pero la Modernidad fue una especie de adquisición vergonzante del mundo occidental. Pugna por superar sin conseguirlo, su contradicción entre la libertad y el poder. Esta contradicción aparece una y otra vez subsumida como criptosistemas en las obras de todos los artistas y pensadores que adscribieron a sus postulados, desde Brunelleschi hasta Le Corbusier, desde El Greco hasta Van Gogh, desde las burocracias hasta las utopías, desde los autoritarismos hasta las herejías, desde los cánones goticistas hasta Antoni Gaudí. La Sagrada Familia, su obra magna, inconclusa, evidencia por su misma condición de inconclusa esta contradicción. Y no sólo por eso. Había en ella una búsqueda de la naturaleza como generadora de elementos estructurantes y visuales, de recorridos sinuosos, de interrogantes espaciales, de negación de la geometría euclidiana como única expresión de la racionalidad humana: la helicoide como expresión de la ascensión del espíritu; la hipérbole como expresión del soporte a los esfuerzos dinámicos; la parábola como expresión de las tensiones de tracción; la recreación del bosque como expresión de la pequeñez humana ante la exuberancia natural. Era la contradicción que la Modernidad no resuelve y cuando quiere resolver la desmesura de lo inconcluso por cuasi imposible, cae en la dilución de la originalidad hacia un "objeto extraño", una "cosa", un objeto "kitsch" que niega lo que Gaudí intentaba: la integración de la sociedad humana con la naturaleza a través del arte. Estaba bien como estaba. Como él la dejó. Era la representación clara de ese momento tan dramático de la historia del pensamiento cuando La Modernidad se sumergía en el temblor de la duda. Ahora la seudo conclusión de La Sagrada Familia hacia 2026 revela una vez más la imposibilidad del pensamiento hegemónico de cerrar la brecha. Tal vez otra dimensión de lo perdido sea posible pero ninguna otra mano logrará resolver aquello que las manos originales no pudieron.
































