El ciudadano común está inmerso en charlatanerías de conventillo que hacen daño. Cuando el enojo del interlocutor no mide las consecuencias de su arenga convertida en cascada de exabruptos que lesionan el intelecto ajeno es imposible hacerse el distraído. La furia expuesta por la mandataria en el discurso dirigido a los empleados de Aerolíneas Argentinas (AA) rebalsa los límites aceptables que deben primar en una presidenta. En ese discurso se victimizó recordando a Néstor Kirchner, señalando que "pese a que sus hijos estaban hechos pelotas por la muerte de su padre" ella debió salir a hacerse cargo de la Argentina. También molestó cuando mencionó lo que ganan las azafatas y los pilotos de AA. En el primer punto, sepa la mandataria que bien pudo quedarse y brindarle amor a sus hijos. Ella necesita de Argentina, el pueblo no la necesita a ella. No se debe manejar así el engaño. En cuanto al segundo punto, sabe muy bien que sus "soldados de la Cámpora" ganan mucho más que los empleados de AA y no están arriesgando su vida cotidianamente. El abuso de autoridad no la favorece en absoluto.






























