El trágico final del joven pasante alemán acaecido en Londres hace algunos días después de haber cumplido 72 horas de trabajo en un banco sin la menor posibilidad de un descanso reparador, revela que la inequidad, esencia del sistema capitalista, se profundiza hasta alcanzar su máximo grado de deshumanización cuando el Estado renuncia a cumplir aquellas funciones inherentes a su existencia como ente colectivo: la protección de los gobernados. Es que a los fines de la registración contable de esas empresas dedicadas a la especulación financiera, un pasante representa simplemente un costo que incide negativamente en sus utilidades. Por lo tanto, es preciso aprovechar al máximo la capacidad de trabajo de los pasantes, aun a costa de someterlos a extenuantes jornadas laborables que, en el mejor de los casos, afectan gravemente su saludo, como ocurrió en este caso, directamente concluyen con su vida. El incentivo, o mejor dicho, la "zanahoria" que determina la aceptación por parte de esos jóvenes de trabajos en condiciones denigrantes, es la incierta posibilidad de obtener empleos altamente remunerados, objetivo cuya concreción se torna quimérica en los actuales tiempos de crisis económica que conmueve los cimientos mismos del mundo capitalista. Desde los albores de la organización social, la codicia desenfrenada generó una situación de absoluta desigualdad cuyo resultado fue la existencia de minorías cada vez más opulentas y masas de personas condenadas a conformarse con las migajas que aquellas tuvieron a bien concederles graciosamente. Inglaterra, país donde nació la Revolución Industrial (fines del siglo XVIII), desarrolló con perversa eficacia el sistema económico —capitalismo- que condenó a millones de seres humanos a servir de simples objetos que permitieron la acumulación de bienes en pocas manos. Por ello no debe sorprendernos que en esa actual caricatura de lo que fuera un imperio mundial, donde todavía sobrevive una monarquía decadente, ocurran hechos aberrantes como la muerte de un joven impelido a pagar con su vida la legítima aspiración de alcanzar una existencia decorosa. Ríos de tinta y de sangre debieron correr para que los plutócratas advirtieran que los tiempos de bonanza generalizada les permiten incrementar sus ganancias tan codiciadas. Son épocas de corta duración y cuyas condiciones se verifican en determinados países. En esas contadas ocasiones el bienestar despliega su influencia benéfica entre los diversos grupos sociales, resolviéndose los inevitables conflictos de clases mediante adecuadas composiciones de intereses. El menor atisbo de estancamiento o crisis económica resulta el argumento que justifica la imposición por quienes detentan el poder, de "medidas de ajuste" que, inevitablemente, profundizan la pobreza entre la población e inducen a desesperados sobrevivientes de la clase media a la toma de decisiones insensatas para evitar caer en la miseria. Más de uno muere en el intento.



































