El 18 de julio de 1994 el edificio de la Amia voló por los aires víctima del peor atentado terrorista acaecido en nuestro país. Las escenas que registró la televisión jamás serán olvidadas por los argentinos. El humo, la sangre, los gritos de desesperación, las ambulancias trasladando a los heridos y los escombros del edificio, configuraban un escenario dantesco. Pasaron 19 años de aquel luctuoso suceso. Hasta el momento, los sucesivos gobiernos de Carlos Menem, Fernando de la Rúa, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina Kirchner demostraron su impotencia para encontrar a los responsables ideológicos y materiales del criminal ataque internacional. Desde un principio se culpó a la teocracia iraní por el ataque, especialmente a su embajador de aquel entonces en Buenos Aires. También se habló de la "conexión local", de la supuesta complicidad de efectivos de la Bonaerense en el atentado. Un puñado de uniformados fueron sentenciados, pero a los pocos años recuperaron la libertad. La Justicia, qué duda cabe, hizo poco y nada por el esclarecimiento del atentado. Ni qué hablar del gobierno de Menem. Cuesta entender que después de la voladura de la embajada de Israel en Buenos Aires, en 1992, nada se hubiera hecho en materia de prevención. No resulta extraño, entonces, que la explosión de la Amia tomara por sorpresa a Menem y su entorno. A partir de aquella fatídica jornada, cada 18 de julio los familiares de las víctimas (fueron 85 y centenares sufrieron heridas) se acercan al lugar de la infamia para recordar a sus muertos. Con el correr de los años aumentó su bronca e impotencia a raíz de la desidia de la Justicia y, fundamentalmente, del silencio del poder político. En los últimos meses la presidenta enhebró un acuerdo con la teocracia iraní intentando sentar en el banquillo de los acusados a los iraníes supuestamente implicados. Es probable que este acuerdo fracase por completo, ya que varios de los acusados son políticos relevantes. Lamentablemente, las almas de las víctimas del atentado a la Amia jamás descansarán en paz, porque es tal la densidad de la red de complicidades tejida a lo largo de los años en torno a este asesinato en masa que el juzgamiento y condena de los culpables no serán otra cosa que una misión imposible.
































