No asistí a la basílica San José, al concierto que dirigió el señor Cristián Hernández Larguía, pero me he enterado de lo que aconteció esa noche por una nota publicada en La Capital el 14 del corriente por Rubén Echagüe y por una carta del propio Hernández Larguía del mismo día, más otras averiguaciones posteriores que he efectuado. En principio no estoy de acuerdo con la actitud detractora del grupo que cuestionó la presencia de Hernández Larguía en el templo, pero tampoco estoy de acuerdo con la reacción violenta de los supuestos defensores del director, que intentaron sacarle por la fuerza el magáfono a la joven que estaba haciendo uso del mismo, pese a reconocer el mismo Hernández Larguía que "eran pocos" los cuestionantes. Es verdad, como dice Echagüe, que el talento, musicalidad y versación en la materia del cuestionado director son hartos conocidos. Pero si yo sé que alguien ha atacado, ha vituperado, ha criticado _por ejemplo, a mi madre_, no sería persona que yo invitaría a mi casa, por más virtuosismo artístico que tuviera. Hernández Larguía vincula a este grupo –a quienes tilda de "fanáticos católicos"– con elementos profranquistas, o pro-nazis, quizás también considerados "fanáticos" por sus verdugos, y yendo aún más lejos en la historia, a los innumerables mártires arrojados a las fieras en los circos romanos, por su "fanatismo" de no querer adorar a los ídolos. Como dije al principio, yo no coincido con esas actitudes hostiles del grupo que cuestionaba la presencia del director, yo no lo hubiera, quizás me hubiera limitado a no asistir, pero reconozco que tal vez mi posición, aparentemente más tolerante, más transigente, sea más cómoda. Ello me recuerda uno de los puntos más fuertes de un libro de espiritualidad muy conocido: "Un hombre, un caballero transigente, volvería a condenar a muerte a Jesús" (Camino 393).




































