Circunstancias que nos presenta la vida hacen cambiar el enfoque que tenemos sobre algunos tópicos. A raíz de las cosas que suceden a diario, está muy instalado el concepto de que ya no hay solidaridad y que cada uno sólo se preocupa por lo suyo. Una situación nada agradable como una enfermedad me permitió descubrir otro mundo, que para mí no existía. Desde el primer momento en que el doctor Bergallo, cardiólogo de la ciudad de Arroyo Seco, detectó que padecía un problema de obstrucción de arterias y prontamente me derivó al sanatorio Británico, comenzó un movimiento en derredor mío que nunca hubiera podido imaginar. Todos los medios de Arroyo Seco y algunos de Rosario pasaban desinteresadamente los comunicados pidiendo sangre (debían ser 10 y RH negativo). Al mismo tiempo el llamado por teléfono de personas que no conocía ofreciéndose como donantes y muchos otros interesándose por mi salud. Un capítulo aparte merece la atención que tuve desde el momento en que llegué al sanatorio Británico. Un desfile incesante de médicos, enfermeros, gente que me hacía análisis, radiografías y todo tipo de estudios. Todo esto unido a un trato muy amable, que es lo que más uno necesita en esas situaciones. Sentí la necesidad de hacerlo conocer por nota a las autoridades del nosocomio, pero al mismo tiempo quiero aprovechar esta posibilidad que La Capital gentilmente ofrece para que miles de lectores conozcan también este costado de la realidad. Mi eterno agradecimiento a los doctores Mario Argüello, Luis Keller, Corina Biaggini y a todo su equipo, y gracias por haberme permitido comprobar que el poeta tenía razón cuando se preguntaba: "¿Quién dijo que todo está perdido?".

































