Se estancaron en aquella época dorada de la secundaria. Inmortalizaron el sueño de cambiarlo todo. No se acostumbraron a vivir, a pedir permiso, ni quisieron ser ejemplos del sistema. Vivieron cada día con la misma pasión, ingenuidad y locura que tenían cuando se graduaron. Cuando la vida era un lienzo en blanco pidiendo a gritos ser pintado. En la secundaria, como en "Graduados", cada decisión era afrontada en plural. El "Chino" contuvo a Clemente en sus extensas horas laborales, Vicky le prestó su oído y tuvo la palabra justa con Loli (y con cada uno que necesitó sus consejos profesionales), Augusto dio sus palabras de aliento a Pablo, y la santísima trinidad Tuca-Vero-Andy se bancó en las buenas y en las malas. Nos recordaron la nostalgia. Y desde ayer, esa nostalgia se traslada a todos los que nos identificamos con algún personaje. Cómo olvidar las caprichosas chocolatadas de Tuca, las confidencias de Vicky y Loli, la adicción a la leche de Augusto y los visionarios knishes de Danna. Pero sobre todas las cosas, el animarse a los cambios traspasando el tiempo. A madurar sin perder la esencia. A la incondicionalidad de los amigos. Y a que con los años desaparecen los prejuicios que hubiesen hecho imposible que Loli y Andy, Vicky y Tuca, y Pablo y Jimena, estén juntos. "Graduados" nos reafirmó que los opuestos se atraen. Porque el amor es más fuerte.





























