Hace seis meses, el 26 de febrero pasado, sufrí un accidente automovilístico en la autopista que une Buenos Aires con Rosario a la altura de Ramallo-San Nicolás. En el auto viajábamos con mi marido y mis tres niños de 7, 4 y 2 años. Afortunadamente, la única damnificada fui yo que resulté tener, entre otras lesiones menores, una fractura vertebral a la altura de la octava dorsal. No tenemos más que palabras de agradecimiento para con la gente del Club de Cazadores y Pescadores de San Nicolás que rápidamente nos socorrió y cuidó a mis niños, así como con el Hospital San Felipe de San Nicolás, donde recibimos la primera atención y se diagnosticó inicialmente mi fractura. Los diez días posteriores al accidente, el Sanatorio Centro, que paradójicamente siempre había sido como mi segunda casa se transformó en mi segundo "hogar". Allí, las mucamas, las enfermeras (especialmente Aida que movió cielo y tierra para acelerar todo lo que estuviera a su alcance), los doctores Alejandro García y Jorge Maraver, los kinesiólogos Ariel Duran y Adrián Ludovico, quienes me prestaron todas sus fuerzas, conformaron ese lugar donde uno encuentra tranquilidad, calma y protección. Mis doctores José María Vincenti y Sergio Verger merecen un capítulo aparte. Es difícil encontrar profesionales de tan elevada calidad profesional acompañada de tan alta calidad humana. El primer médico al que pedí que llamaran el 26 de febrero desde San Nicolás fue al doctor Vincenti (Coco para mí y para tantos) porque como persona y como médica quería que él estuviera ahí para diagnosticar, tratar y acompañarme. Por supuesto, no me equivoqué. Mi más sincero agradecimiento a todos ellos. Gracias, muchas gracias.

































