Ya pasaron más de dos semanas de lo sucedido con Eugenio. Varias llamadas me anticiparon que nada bueno había sucedido. Estábamos en Venado Tuerto con mi otro hijo y lo esperábamos para compartir el día. El sábado me dijo que ya tenía planes y que iba a viajar a la mañana siguiente. Cuando pasó todo y llegué a casa, el dinero que iba a utilizar para el viaje estaba en el bolsillo de una bermuda. Tenía el deseo de hacerlo, iba a cumplir. Era muy noble. Era mi primer hijo del corazón, fue muy buscado, muy deseado y muy bienvenido. Hizo toda la escuela primaria en el Colegio Adoratrices, donde mi esposa era maestra. Fue tal vez el que más sufrió cuando en 2005 perdió a Amalia, su mamá, y hoy creo que nunca pudo cerrar esa herida. Es por esto que quiso cambiarse de escuela, a pesar de todos los intentos que hicieron los directivos del colegio para que no lo hiciera. El colegio Nuestra Señora del Huerto, a través del por entonces director, Alejandro, le dio la bienvenida. Allí cosechó innumerable cantidad de amigos, le comenzaron a apodar el Pacha, por pachacho, que venía de payaso, porque hacia permanentemente reír a todos. Qué paradoja, dicen que los payasos guardan detrás de su sonrisa una gran tristeza, tal vez nunca más acertado el apodo para él. Era muy capaz, pero sentía alergia por los libros. Terminó el año llevándose todas las materias, que por supuesto no rindió, y continuó su periplo de escuelas, que lo llevó al cabo de dos años de nuevo al Huerto, aunque volvió a repetir la historia. Terminó 4°, 5° y 6° en el Eempa Garacotchea gracias a los oficios de mi pareja, Alejandra. Este lamentable episodio lo encontró preparando las últimas materias de 5º, luego vería qué hacer, si estudiar o trabajar. Fue muy buena persona: alojaba, contenía, no discriminaba, daba consejos y mucho amor. En estos últimos siete años cosechó muchos amigos y también se expuso mucho a los placeres que ofrece esta sociedad enferma. El los protegía, siempre decía que daría la vida por ellos, porque ellos la darían por él. Hoy nos queda a todos un gran vacío y mucho dolor, pero también el desafío y el compromiso de hacer todos los esfuerzos para que esto no suceda más, para que estos chicos tengan referencias, contención, guía, no se expongan a los peligros, se cuiden. De esta forma tal vez pueda completar como padre la tarea que me quedó inconclusa. Con mi familia queremos crear una fundación que se llamará Pacha y que irá sumando esfuerzos para que en estos chicos se despierte el deseo de lo positivo, de la construcción, de ocupar la mente en la vida. Queremos aportar un granito de arena para una sociedad mejor. Euge querido, hasta siempre, fue un verdadero privilegio ser tu padre estos 19 años. Acompañanos en este nuevo desafío.





























