En abril de 2008 me para hacerme un control de alcoholemia. Iba a 30 km/h, sopló y dio 0,67, según el agente. Lo reconozco, tomé una copa de champán. En 10 segundos el hombre no me muestra nada, se retira y grita: "Doctor ... positivo doctor". Se vienen en tropel varios agentes y un policía riéndose me hace bajar del auto. Ya estaba atracando una grúa, enganchan el auto, le ponen unas fajas en las aberturas y se lo llevan, todo en menos de tres minutos. Me acordé de la película "Expreso de medianoche", cuando gritan ¡bomba, bomba!, en momentos que el protagonista estaba por abordar un avión. Luego se acercan dos que serían los más idóneos, me toman los datos y me hacen firmar sin hacer una doble prueba. Pregunté: ¿cómo sigue esto? y me dicen al día siguiente a partir de la 8 en la Dirección de Tránsito. Ni que hubiesen atrapado a Al Capone. ¿Por que me entregué? Porque un abogado actúa recién el lunes y era domingo, a las 2,15 de la mañana y tendría que haber puesto $ 500 sobre la mesa. Perdí, saqué la más barata de 200 pesos y a las 11 del otro día tuve mi auto. Pero me quedó claro que sólo es por afán recaudatorio, pues en Catamarca al 3400 nadie se mata o corre carreras, está el semáforo. La jueza me dijo, la próxima le retiramos el carné por cuatro años, salí sin decir nada.




































