En los últimos años del siglo XIX y primeros del XX el aluvión de extranjeros fue decisivo para el desarrollo de la Argentina. Apenas llegaban se los atendía en el Hotel de Inmigrantes y luego se los enviaba hacia los lugares que demandaban mano de obra. Cabe destacar que así como arribaron italianos, españoles, árabes. polacos y judíos honestos llegaban algunos con pésimos antecedentes policiales y otros con el solo pecado de ser socialistas, anarquistas o activistas sindicales. Regía por entonces la ley de residencia Nº 4.144 (sancionada en 1902 y derogada en 1958) por la cual se podía expulsar a un inmigrante sin juicio previo. Sabemos que dicha ley en general no se usó para reprimir delitos sino ideologías. Por suerte hoy ya no se deporta a nadie por sus creencias pero si se habla de hacerlo con los extranjeros delincuentes. El mundo cambió, las regiones se hicieron desiguales en oportunidades, el narcotráfico está extendido y el control de las fronteras se dificulta por la porosidad y extensión de las mismas. En los últimos cincuenta años Argentina siguió siendo generosa con los extranjeros, lo pueden decir numerosos chilenos, bolivianos, afrodescendientes o peruanos que encontraron aquí trabajo o universidades gratuitas. Pero sabemos por las crónicas recientes que algunos ven al país como propicio para ejercer como punguistas, escruchantes, sicarios, o narcos (colombianos en banda) razón por la cual sería necesario un marco normativo apropiado. Aunque a los que tienen condenas un juez los puede expatriar, existe en el Congreso de la Nación un proyecto de ley para la deportación de extranjeros ilegales de aplicación a quienes no justifiquen sus ingresos o a quienes se les compruebe un delito. No son la causa principal de la inseguridad, pero sería algún adelanto respecto a la problemática de los robos frecuentes, del narcotráfico y de la trata de personas. El tema merece un amplio debate siendo deseable que triunfe la sensatez intermedia entre dos extremos probables pero negativos: los que ocultando su odio a los de afuera pretenden una ley xenófoba y quienes, con algo de ceguera o ingenuidad, desconocen que tenemos excesiva tolerancia para quienes violan las normas. América se hizo grande y somos todos hermanos pero no debemos olvidar el ejemplo de aquellos abuelos que se radicaron con respeto por nuestras leyes; ellos amaron a este país abrazando la cultura del trabajo y por eso fueron considerados como pares argentinos. Los que vienen con otras intenciones no merecen lo mismo.
































