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En foco: Los tiempos de la restauración

El arreglo por las deudas con el Ciadi, el Coloquio de Idea y el atentado al gobernador santafesino Antonio Bonfatti.

Domingo 20 de Octubre de 2013

Rarezas, o no, de la política. La primera década del siglo XXI fue pródiga en grandes relatos. Relatos épicos y reparadores que en sus mejores formatos reivindicaron las mejores tradiciones de logros populares. Y que en sus peores versiones, refugiaron la cantinela farsesca de los pillos de siempre que encontraron en la generosidad de la lucha de otros un ropaje adecuado para confundir las peleas colectivas con sus deseos personales.

Como sea, y por distintas causas, el mundo cambió y se complejizó. Los paradigmas, los principios, las ideologías siguen incólumes pero la pica ya no salva a todos y lo que era antes, para algunos, ya no es. Lo sabe en primera medida el Banco Mundial y sus árbitros del Ciadi, que asisten con sonrisa bursátil al pago de deudas antes impugnadas, legítimamente, a modo de sacrificio en pos de un endeudamiento futuro que entierra la fábula del desendeudamiento pasado.

En la cancha se ven los pingos, y en la ventanilla de los organismos multilaterales de crédito se ven lo viejos conocidos, con discursos a favor o en contra. ¡Volvé Rodríguez Saá, te perdonamos!. El efecto default, disparador de la recuperación argentina tras la crisis de la convertibilidad, terminó la semana pasada con la capitulación ante el Ciadi. Razones de Estado se dirá, falta de dólares, se enfatizará. Pero nunca jamás recomponer una alianza con el campo, el tractor de los agrodólares. Siempre es posible volver al mercado de capitales, con los más amigables banqueros dispuestos a cobrar peaje para volver a su mercado. Los relatos, los odios en letras de molde, cambian de tiempo y de lugar. La lucha entre la reparación y la restauración siempre está presente. Antes, en la confrontación de grandes relatos, ahora, en el terreno más crudo de los intereses cotidianos.

Arreglar con el Banco Mundial, pagarle al Ciadi, mejorar las condiciones de repatriación de capitales a través de los Baade. El dólar bien vale una misa y el mercado lo premia. El Merval saluda los nuevos tiempos y bate récords de negocios mientras los titulares de la "corpo" sacan las cuentas del fin del ciclo. Arreglo con los acreedores, ajustes de tarifas en puertas, sensatez y restauración aparecen en el horizonte de los hombres de negocios.

La restauración. Emborrachados de victoria tras las Paso, el establishment se acerca al punto medio. El gobernador Daniel Scioli es el invitado estrella del encuentro de Idea en Mar del Plata. Siempre lo fue. Pero ahora va en nombre del oficialismo más duro. El que decidió no enviar más representantes al paraíso de los negocios hace siete años.

Esta semana volvió. No de la mano de los héroes que resisten a las multas, sino del jefe territorial al que entronaron, martirizaron y reivindicaron en proporciones inversas entre la ideología y la necesidad política.

Signo de los tiempos, en los que la polarización discursiva deja lugar a la puja de intereses de baja intensidad. Entre empresarios, políticos, jefes territoriales y representantes sectoriales. El discurso chocó con la realidad y, elecciones de por medio, el juego político se abrió. Puede salir pato o gallareta. La pelea ideológica ya no es de papel sino territorial.

La formación, los paradigmas, los grandes ideales, se juegan en el terreno. Pagar o no pagar al FMI, ir o no ir a Idea, combatir o no a los narcos o a la policía corrupta, estar con los shoppings o con los empleados de comercio.

La restauración, vaya paradoja, libera las conciencias. Abre el voto en las legislativas, obliga a confrontar programas. Bajo la puja de relatos épicos, en el sistema político y económico tradicional se está discutiendo "competitividad". O sea, ajuste. En clave de lo que alguna vez la presidenta Cristina Fernández de Kirchner calificó de sintonía fina, un campo de disputa entre el capital y el trabajo, entre las fuerzas populares y las que no, entre los unos y los otros. Un campo de disputa que escapa a la comprensión de los menemistas que abrazaron la década kirchnerista, a los recién llegados y a los militantes de la billetera fácil. Un campo de disputa que estimula nuevos acuerdos, alianzas y estrategias. Un campo de disputa que empieza a tener sus números. Los de la Bolsa, por ejemplo, que anticipan en sus compras récord ajustes tarifarios, arreglos con los organismos de créditos y, como prometió Scioli en Idea, un modelo tan amigable en lo económico como el actual y más amigable en lo político que el actual. Y los números de los trabajadores aceiteros, por caso, que en Rosario plantaron bandera salarial frente a un año, 2014, donde los trabajadores no aparecen a priori en el radar del discurso político. Lo saben los empleados del comercio que a un tris de conseguir la recuperación del descanso dominical se enfrentan a noventistas argumentos que van en contra.

Como en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches, las palabras ya no contienen el proceso político y económico. La posconvertibilidad llegó a un punto de inflexión, no porque los ideales que acompañaron a muchos de sus grandes protagonistas no sigan vigentes, sino porque ya no hay liderazgos convencidos de que la sostengan. Y porque los nuevos liderazgos, las nuevas teorías, las nuevas formas de pensar un mundo que muta dinámica y hasta peligrosamente, no terminan de alumbrar.

El atentado a Bonfatti. El atentado contra el gobernador de la provincia, más allá de las simpatías, antipatías, arbitrariedades, errores, irregularidades y disputas políticas, claramente pone la agenda política y económica en otra escala. Cierra el círculo que se abrió en el mismo poder político cuando se quiso conjurar el crimen de Villa Moreno como un ajuste de cuentas. Los hechos, al principio y al final de la historia, se imponen más allá de los relatos. El desafío lo plantea la realidad. Y las respuestas ya no vienen del relato sino de los hechos, las acciones, los marcos de alianzas, la moral y la ideología con la que se abordan.

La Rosario distópica, que cada tanto sueña con ser la Barcelona argentina, vuelve a ser pionera en fenómenos sociales, económicos y políticos que son bisagras históricas. El infierno siempre está al acecho, y la forma de evitarlo, también.

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