En la madrugada del 11 de agosto de 2013, Elías Maldonado se desplazaba con su moto por la calle Sarratea y Brassey, pero no pudo llegar a destino porque un auto lo atropelló y terminó con su vida en el acto. A media cuadra del lugar está la escuela que lo recibió con su delantal a cuadros de la salita de cinco, tomado de la mano de su mamá, y lo despidió años después, cuando terminó séptimo grado y ya era bastante más alto que yo. Guardo en la memoria y en el corazón ese caluroso atardecer de diciembre en que Elías se acercó con su familia a recibir el diploma. Recuerdo su cara de felicidad y los aplausos interminables que venían del lado en donde estaban sus compañeros que tanto lo querían. Lo recuerdo cuando cada mañana, antes de entrar al aula con sus otras maestras, nos buscábamos con la mirada y él alzaba su mano en señal de saludo; cuando corría por el patio detrás de una pelota de papel; cuando se sentaba en el piso con otros compañeros a jugar a las figuritas. Elías está en cada rincón de la escuela y en la memoria de todos aquellos que tuvimos la suerte de compartir con él un pedacito de su corta y luminosa vida. Elías tenía 20 años y un montón de sueños y proyectos. Era artista y se dedicaba a hacer tatuajes, pero en una esquina la muerte le jugó una mala pasada, porque otro chico que manejaba un auto a toda velocidad no frenó, y ya nunca más pudo alegrarnos con su hermosa sonrisa, ni abrazar a su mamá, ni compartir charlas con sus hermanos y sus amigos, ni estampar ese bello arte milenario que se hizo tan masivo entre los chicos y chicas de su edad. Podría haber empezado mi relato diciendo que la causa, caratulada como homicidio culposo, tramita en el juzgado de la séptima nominación. Podría haber pedido más detalles técnicos al respecto, pero sé que ninguna de esas palabras me dicen demasiado para describir el dolor que se siente y se renueva cada día ante la falta de actuación de la Justicia. Una Justicia que suele investigar y disponer sentencias rápidamente cuando se cometen delitos menores contra la propiedad, pero que no llama a los testigos, ni pide explicaciones cuando un conductor atenta contra una vida. Nadie sale a la calle con su auto con la idea de matar. Pero si eso sucede, si un error de manejo termina con la vida de otro, debe dar respuestas, y no puede seguir manejando como si nada hubiera pasado. La ley de la vida dice que son los hijos los que despiden a sus padres, y no a la inversa. Ningún libro nos enseña a los maestros que debemos despedir para siempre a los chicos a los que les alguna vez les leímos cuentos. Nada nos va a devolver a Elías, pero si hay algo que sí sé, es que no se puede pensar en un mañana diferente si no se curan con justicia las heridas del pasado, aunque nos queden las cicatrices.





























