La ciudad de Rosario cobija a muchos seres humanos provenientes de distintos puntos de la Argentina y de América. Muchas de estas personas sufren el desarraigo, el desprendimiento, frecuentemente violento, de su madre Tierra. ¿Qué hicieron los que pudieron para que esto no ocurriera? ¿Cómo enfrentaron y/o denunciaron al político de turno que se lava las manos, en lugar de asumir la responsabilidad de atender a sus habitantes más pequeños, facilitando su partida a otros lugares donde vivirán la humillación de la miseria? Gran parte de estas personas vive en condiciones precarias con muy difícil acceso a la educación y salud igualitarias y al trabajo y la vivienda dignos. Se habla mucho de la erradicación de las villas de emergencia pero los antecedentes al respecto nos enseñan que no es fácil, al contrario, es muy difícil y puede convertirse en un nuevo desarraigo alejados de los logros obtenidos. Como consecuencia de esto podemos ver cómo los erradicados abandonan las viviendas que se les otorgaron y vuelven a sus antiguos barrios cerca de sus vecinos y sus trabajos. ¿No sería conveniente que las personas que viven en estas condiciones puedan organizarse, ser dueños de sus terrenos y así mejorar sus condiciones de vida siempre bajo la tutela de los ministerios competentes tanto nacionales como provinciales y municipales? ¿O es más importante desarraigar para construir lujosos rascacielos al alcance de unos pocos y que dan una "buena imagen" de la ciudad? Es cierto que muchos barrios están instalados en zonas no convenientes y peligrosas: muy cerca de las vías del ferrocarril, de las rutas o de los ríos y arroyos con riesgo de desbordar. Estos habitantes deben ser trasladados a terrenos más seguros con emprendimientos para que tengan acceso al trabajo, escuela y centro de salud cercanos. Ayer, los que pudieron no se ocuparon de evitar el desarraigo. Hoy son nuestros hermanos y nuestra obligación es atenderlos como tal.
































