El ser argentino es un complejo humano tan indescifrable que no existe ciencia que pueda revelar algo de luz al respecto. Proviene de una suma de razas y de genes tan extraordinaria que en el transcurso de estos últimos 200 años, y algunos más, ha mostrado este resultado de personas que se anulan unas a otras, por el simple hecho de pertenecer al mismo proyecto de comunidad que creen haber inventado. Unos dicen que son individualistas, otros sostienen que son solidarios, pero nadie duda de que son hipócritas y que la desidia los retroalimenta permanentemente. Evidentemente, los argentinos ya han logrado tener “un mundo aparte”, en modo especial porque nadie los quiere en el que se encuentran, y además temen tener que pagar las deudas y los platos rotos que estos individuos van dejando en su camino, en modo especial en estos últimos tiempos. Sin embargo, fíjense qué contradictorio, o qué desastrosa órbita estará atravesando el mundo real, el de la globalización, que han tenido que recurrir a dos argentinos para que les solucionen dos cuestiones cruciales. El tema de la espiritualidad y la fe, y el esparcimiento a través del fútbol. Aquello que muchos humanos estiman: que estas dos vertientes son “el opio de los pueblos”.




























