“¿Las ve? Cuéntelas. Hoy hay 14 muertas, pero hace tres semanas había 40”, dice un vecino indignado, parado frente al palomar del parque Independencia. Obvio que se refiere a las palomas inertes en el interior de la estructura de hierro y madera que les sirve de casa y que desde el granizo de noviembre de 2006, tras sucesivas lluvias, quedó destruida. El hombre cuenta que todos los días —más bien por las noches— el peor de los vandalismos se ensaña con los pájaros, “a los que no matan para comer, porque si no, no dejarían tirados los cadáveres”.
El tema fue eje de una carta de lectores publicada en La Capital. Allí, otro vecino del parque, Eliseo Fernández, describió al palomar como un “lugar deplorable”, sin un “guardián para ahuyentar a los estúpidos e insensibles que de noche o en días lluviosos matan, arrancan alas y queman con cigarrillos los ojos de las palomas”.
El “espectáculo dantesco” que describía el lector se corresponde con otros relatos y con lo que pudo observar la semana pasada este diario.
A tiro. El palomar, alguna vez un sitio bucólico, tiene grandes agujeros en la cúpula semicubierta de tejas (algunas son usadas como proyectiles de gomera) y otros tantos huecos en la cerca metálica perimetral (que los vecinos remiendan con cables, alambres y hasta hilos plásticos). Por allí ingresan “chicos y no tan chicos” para “tener más a tiro las indefensas palomas”.
La última incursión, dicen, fue el sábado pasado. Y hace un par de semanas una mujer que llevó a su nieto se encontró, a las 9.30 de la mañana, “a tres tipos adentro matando palomas”. Un espectáculo divino para el niño.
Según explicó el titular de la Asociación Amigos del parque Independencia, Adrián D’Alessandro, ya llevan dos años reclamando arreglos para el palomar, “gravemente dañado por la pedrea de 2006, que destrozó todo su tejado, y las posteriores filtraciones de lluvia, que provocaron que la estructura de madera de los techos se deteriorara aún más”.
D’Alessandro también sumó los daños resultantes de un “vandalismo crónico que asuela ese sector del parque por inacción y ausencia total de las fuerzas de seguridad”.
La misma percepción reflejaron los vecinos sentados, solos o con sus chicos, frente al palomar. “Esta parte del parque es tierra de nadie”, dijeron, sobre todo cuando al estar nublado o lloviendo ni siquiera abre un quiosquito cercano que oficia de custodia ad honórem.
Soluciones. Para D’Alessandro, otros problemas aludidos por la carta de lectores ya están en vías de solución. “Hace unos días se realizó una desinfección de nidos y bebederos y con intervención de personal municipal se hidrolavó todo el ámbito”, dijo el amigo del parque, y adelantó que se compraron los materiales para renovar el cerramiento metálico”.
El plan de trabajos también prevé colocar nuevas mallas, lavado permanente y pintura general, aunque el proyecto de reparación de los techos deberá esperar ya que, “por carencia de presupuesto, se suspendió el llamado a licitación” que la anterior gestión de la Secretaría de Obras Públicas había prometido hace un año.
Como sea, hoy por hoy la postal es más que triste: a las palomas muertas, destripadas, se suman el mal olor, guano, basura, y restos de tejas.
Así las cosas, no le faltó razón al lector cuando sugirió a las autoridades municipales que, si no van a ocuparse del tema, mejor “demuelan el lugar”, aunque esa decisión los deje “en la historia de la ciudad” como responsables de la desaparición de todo un símbolo. l



































