El sábado 2 de abril de 1994 Ricardo Albertengo protagonizó un episodio casi
idéntico al que desató ayer en la clínica de cirugía estética de Oroño al 700. Aquel día, con un
cómplice, intentó asaltar un negocio de 3 de Febrero al 900, pero no logró su cometido. También
como ayer, un llamado telefónico alertó a policías de la comisaría 2ª que acudieron al comercio y
se enfrentaron a balazos con Albertengo y su socio.
Este último individuo fue atrapado. Pero Albertengo corrió por Sarmiento hacia
el sur y al llegar al cruce con 9 de Julio se introdujo en el bar "La Granja" para esquivar a los
policías. Eran las 10 de la noche. Sobrevino entonces otra historia con ribetes tan
cinematográficos como la ocurrida ayer. Cuando Albertengo irrumpió en el local algunos clientes
lograron salir. Pero Cecilia Grosso, una moza que tenía 19 años, y otro parroquiano no pudieron
hacerlo.
El maleante sujetó a la chica y le apoyó una pistola 9 milímetros en la sien.
Para ella Albertengo no era desconocido: desde hacía cuatro meses frecuentaba el bar. A los gritos,
igual que ayer, exigió la llegada del juez de turno y que no lo golpearan si se entregaba. Un rato
antes, Alejandro Debortoni, que observaba desde una mesa, intentó calmarlo cuando distinguió que
cargaba el arma. Albertengo le disparó un tiro que le perforó la aorta.
La conmoción. El cliente, de 25 años, se derrumbó detrás del mostrador sobre los
pies de Cecilia y murió en el acto. El nerviosismo de la chica era inocultable y entonces el hampón
le permitió fumar dos cigarrillos. Para entonces, cerca de diez patrulleros cercaron la zona. El
entonces jefe de la policía rosarina, Mariano Savia, llegó al local y dialogó con Albertengo
durante quince minutos hasta que logró convencerlo para que se entregara.
La exigencia del ladrón fue que no le golpearon y que se hiciera presente un
magistrado. El juez de Instrucción Eduardo Suárez Romero le garantizó que no sufriría ningún tipo
de apremio. Diez minutos antes de las 23 Albertengo entregó la pistola y liberó a Cecilia. Tenía 25
años y ya había cumplido una condena en la cárcel de Coronda.
El caso tuvo aristas controvertidas a raíz de que, en un primer momento, Grosso
consignó que el maleante no había gatillado el balazo que mató a Debortoni y que el proyectil había
sido disparado por otro hombre desde una ventana del negocio. Sin embargo, ante el juez Suárez
Romero se desdijo y planteó que sus dichos habían estado influenciados por el shock nervioso
vivido. Los encargados del local y una compañera de trabajo también sostuvieron que el balazo había
sido disparado por Albertengo. Fue condenado a prisión perpetua. Luego una conmutación le redujo la
pena a 19 años y dos meses.
El episodio de ayer tuvo algunas coincidencias con el que ocurrió el 2 de abril
de 1994. Ese día, numerosos vecinos se asomaron a los balcones de los edificios situados cerca del
cruce de Sarmiento y 9 de Julio para observar las alternativas del suceso.
Durante casi una hora, la película de acción del sábado a la noche transcurrió
en un escenario dramáticamente más conmovedor que el de la pantalla. Y hasta un cazador de videos,
desde unos 50 metros, logró captar algunas imágenes de lo que ocurría en el interior del bar La
Granja.
Ayer a la mañana también numerosos vecinos y ocasionales transeúntes siguieron
de cerca el episodio que ocurrió en la clínica de cirugía estética y hasta un muchacho, desde el
balcón del décimo piso de un edificio de Balcarce entre Córdoba y Santa Fe con una cámara de video,
registró todos los movimientos de los policías que escalaron los techos de los edificios lindantes
con la clínica en búsqueda del supuesto cómplice de Albertengo.