Frente al terrible flagelo de la droga, el cual se abate implacable sobre nuestros adolescentes y jóvenes, creo que si bien el accionar mancomunado, desde los estamentos gubernamentales hasta los diversos ámbitos sociales, es muy importante, el hogar sigue siendo el principal frente de batalla, porque es allí donde se desarrollan los antídotos y antígenos necesarios para combatir tan destructor enemigo. Una formación ético-espiritual consistente, a través de la transmisión de sólidos y elevados principios y valores, que no queden en el mero discurso sino que se impronten en el corazón de los hijos desde ejemplos de vida, generando modelos dignos de imitar, es fundamental. Es el hogar el ámbito diseñado para brindar contención, seguridad, aceptación y amor incondicional, equipando así a nuestros niños y jóvenes de un bagaje importante que los capacitara para enfrentar y desechar dicho flagelo. Si bien la miseria, la exclusión, el hambre etcétera son factores determinantes que hacen a nuestros adolescentes y jóvenes fáciles presas de este mal, también ocurre lo mismo en las clases sociales elevadas. Es que lamentablemente la familia como institución está en crisis y es entonces donde adquieren relevancia otros sectores sociales, sean escolares, culturales en general, barriales, laborales, eclesiásticos, etcétera, como también gubernamentales a través de sus diversas organizaciones, las cuales deben instrumentar medidas urgentes y efectivas al respecto, no siendo parte sino solución del problema. Es necesario que cada uno de nosotros, desde el área de nuestro desempeño ayudemos a revertir tan triste realidad.




























