Me separé a fines de 2007, y luego de tres años pude ver a mis hijas. De nada sirvió un régimen de visitas, ni las denuncias aún en la actualidad hechas. Es como una secta, alejan a tus hijas de todo lo relacionado al padre, no hay cumpleaños, reuniones ni fiestas, existe sólo una familia, tienen prohibido verte o hablarte, cualquiera tiene más derecho que uno. Pasaron cinco años para que una de ellas vea a mis padres. Gracias a docentes, amigos, el sacerdote y padres logré que deje de insultar a la menor de mis hijas, o que le esconda el celular para evitar que nos comuniquemos. Yo escuché llorar a mi hija, yo sé de las amenazas, yo sé lo que es enterarme que no están en la ciudad, viajar y buscarlas (en vano) en Salta. O enterarme que faltan al colegio por un recital, yo sé lo que es que mis hijas vean cómo la madre patea la puerta de mi departamento, o como me recibe a golpes e insultos al ir a buscarlas. Nadie defiende a un menor. Da miedo escuchar a una hija hablar a escondidas para no ser descubierta, o ver que la maltratan y discriminan y no poder hacer nada, da miedo tener que agarrar a una hija para que no baje del auto en movimiento. Mis pedidos a la Justicia para un tratamiento psicológico de todos no tienen respuesta, ni tampoco el dictamen en 2009 de un juez para que mi hija asista a un psicólogo. Yo no soy un padre "dominguero" ni quiero serlo, pero también tengo derechos sobre ellas, no sólo obligaciones, porque el SAP (Síndrome de Alejamiento Parental) existe, y aunque hayan sido usadas e influenciadas, puedo elegir lo mejor y más sano para ellas. Da miedo que una madre insulte a una criatura de 11 años de o la someta a su peor castigo. Es viernes, casi 12 de la noche, el msj de mi hija dice "querés venirme a buscar, mamá me dio la valija".

































