El cultivo de muertes seriales es de por sí repulsivo. Una ética solidaria postulará el recurso a la fuerza como el legítimo derecho de rebelión contra el tirano, pero siempre en última instancia. Inmolación individual en defensa de las libertades colectivas, la "lógica" de la guerra en cambio implica la sistemática destrucción de poblaciones completas en nombre de intereses concretos pero de ideas abstractas y absolutistas, ajenas siempre a la justicia y libertad para los pueblos. Es sabido que las principales potencias industriales basan sus economías en la producción y venta de armamentos, los principales demandantes suelen ser en efecto los Estados nacionales con poblaciones empobrecidas gracias al militarismo y al fanatismo chauvinista. Fanatismo que se empeñan en potenciar desde las cadenas informativas transnacionales voceras del Departamento de Estado Norteamericano y otros servicios poco inteligentes. El reciente rebrote belicista en la frontera entre Pakistán y la India, y el nuevo estallido en la Franja de Gaza muestran cuán abiertas siguen las heridas que el colonialismo y el imperialismo abrieron en los países periféricos. Las particiones fronterizas posteriores a la Segunda Guerra Mundial sembraron la semilla de los conflictos que desde entonces nunca amainaron. La continuidad de los enfrentamientos en Somalia, Sudán y otros países africanos, las contiendas de baja intensidad pero guerras al fin en Colombia y Perú, y la incierta situación haitiana muestran como también en nuestro continente persisten matanzas que además afectan a los pobladores autóctonos del Amazonas, al pueblo mapuche y en general a los campesinos pobres de Latinoamérica. Como alguna vez afirmó un lúcido pensador las guerras son acontecimientos en los que mueren muchas personas que no se conocen sólo para el beneficio de pocas personas que sí se conocen. Y que son por lo general socios soterrados.



































