Ante los diferentes cambios que se están viviendo en el orden económico y su inevitable consecuencia en la vida social, es imposible que no haya crisis en la unidad familiar. En realidad no está en crisis la familia, sino una concepción, un estilo, una modalidad. La familia moderna, constituida por el tipo nuclear-paternalista, ha entrado en fuerte movimientos debido a los diferentes cambios en la estructura económica. Así, ciertas pautas esperadas del comportamiento del padre, de la madre o de diferentes integrantes han sido significativamente alteradas y cuestionadas. Hoy hablamos que los hijos no tienen límites, que los padres no saben responder a las nuevas exigencias en la crecen los hijos, en una sociedad que es cada vez más agresiva y la familia más vulnerable. Cada vez los vínculos intrafamiliares son más laxos e inestables, con roles cambiantes y sustituibles, incongruentes. La familia es una de las principales estructuradoras de identidades, con un gran poder de construir subjetividad. Al presenciar un momento donde las familias viven un gran desorden propio de una prolongada crisis social, es inevitable que haya consecuencia en el orden subjetivo en cada persona. Hablar de familia es en muchos casos angustiante ya que es difícil pensar con claridad y seguridad que se entiende como tal. El surgimiento de padecimientos mentales tiene su implicancia en la unidad familiar y las intervenciones profesionales requieren de ellas para su prevención, construcción del diagnóstico, tratamiento e inclusión social. La crisis familiar general que se vive es también un desafío en la producción teórica y en la construcción de alternativa de intervención. El trabajo en salud mental no debe nunca dejar de ser un trabajo en la estructura familiar, la cual vive modificaciones continuamente. Es muy difícil que se constituyan identidades seguras en un marco de movimiento constante, de fragilidad vincular, de orden precario y de estructuras vacías de sentido. La crisis en la subjetividad que se manifiesta de diferentes maneras es consecuencia de una crisis prolongada en el orden social. Este contexto es muy amenazante para las identidades de las personas, más aún aquellas que están en primera etapa de formación como son los niños y adolescentes, que dependen fuertemente de una estructura familiar continente y habilitadora de recursos para vivir en un orden social cada vez más hostil. Si la familia es vulnerable, los nuevos integrantes de la sociedad se encontrarán con grandes dificultades para realizar un desempeño en un mundo social inestable, en constante crisis y muy complejo. Con frecuencia los miembros de la familia cesan de actuar en forma funcional cuando tratan de lidiar con los problemas producidos por la droga en un ser querido, algunos niegan que exista algún problema, bloqueando sus propios sentimientos (de igual modo que el adicto a la droga). Otro de los miembros de la familia tratan de encubrir los errores cometidos por el adicto a la droga. El encubrimiento ocurre cuando un miembro de la familia rescata al adicto o le ayuda en la obtención de la droga. Uno de los cónyuges quizás trate de ocultar a los hijos la adicción a la droga de su pareja. Los miembros de la familia que niegan que exista de un problema o permiten que el adicto continúe con el uso de la droga se los consideran codependientes. La droga puede controlar la vida del adicto y la conducta de los miembros de la familia y otros seres queridos. La negación, el encubrimiento y la codependencia agravan el problema. Los miembros de la familia deben buscar tratamiento para su salud emocional y otros factores que giran alrededor del problema de la droga. Cabe destacar, que en la familia sólo ciertos sentimientos son aceptados. Las cosas importan más que las personas. Existen muchos temas que no se discuten (son tabúes) Se fuerza a que todos sean y piensen igual. Las personas carecen de autocontrol. Viven en función del “qué dirán” los demás y le temen a la crítica. Roles ambiguos, inconscientes y rígidos. Hay una atmósfera de tensión, malhumor, tristeza y miedo. Las personas no se sienten tan queridas. Las normas son implícitas. El crecimiento físico y psicológico se percibe como un problema.




























