Durante nuestra vida laboral nos exponemos a desagradables alternativas: un profesional de la salud enjuiciado por mala praxis, un agente del orden separado de sus funciones, un inspector de calidad despedido por falta de conocimientos, un cartero penalizado por deshechar correspondencia. Serán todas penalidades justificadas y razonablemente no hay nada que oponer. Pero los gobernantes que gastan del erario público para proseguir un modelo socioeconómico no aceptado por todos, los funcionarios corruptos, los congresistas ausentes o vendedores de su voto, los sindicalistas enriquecidos, los autores intelectuales de la inseguridad, los traficantes de influencias, los que impiden la libre expresión, los que intentan ideologizar con grotescos dictadores no son merecedores de ninguna sanción. Algunos se amparan en sus fueros para zafar. A otros es imposible seguirles el rastro por las zancadillas que recibe la justicia cuando los persigue. Otros hacen caso omiso a las interpelaciones y prosiguen como si nada sucediera. Son todas conductas delincuenciales e imperdonables. Estos personajes fueron seleccionados por el voto público y toman posición o asumen decisiones de extrema importancia nacional. Frente a la próxima elección y en base a lo ya acontecido en dos provincias estamos olfateando un clima muy particular. Para suceder al jefe de gobierno de Buenos Aires hay 18 precandidatos, para la intendencia de esta ciudad bendecida por la soja hay entre 10 y 12 precandidatos, para jefes comunales e intendentes del tenebroso conurbano bonaerense se está preparando munición gruesa. A nivel nacional hay más precandidatos que ideas políticas existentes en el mundo. ¿No hay nadie que dé un paso al costado o resigne una posición? ¿O acaso ha surgido una generación de patriotas impolutos, sin nada que reprocharse? En este glorioso país no surgirá un verdadero estadista como Lula en Brasil, la doctora Bachelet en Chile, o los actuales presidentes Piñera en el país trasandino o Pepe Mujica en la vecina Uruguay. De ocurrir, será maravilloso presenciar la realidad del juramento presidencial "si así no lo hiciere, que Dios y la Patria me lo demanden".


































