La mayoría de los 33 mineros chilenos rescatados del fondo de la mina regresaron a sus humildes barrios cargados con una fama que no buscaron y millonarias ofertas para que relaten su historia, pero lo que en verdad les pesa ahora es la realidad y el acoso periodístico.
De vuelta a casa, varios de ellos deben confrontar las limitaciones de una vida humilde, en barrios marginales en donde los servicios escasean y, algo tan básico como tener agua representa para algunos un reto.
Otra condición ineludible que encaran es el desempleo, en virtud de que la mina San José, en donde permanecieron sepultados desde el derrumbe del 5 de agosto, está inoperable y enfrente un proceso judicial en el que a fin de mes un interventor decidirá si puede reactivarse o es declarada en quiebra.
El gobierno dijo que estará atento a las necesidades de los trabajadores, pero ni esa promesa ni la fama de la que aun gozan, modifican el panorama que los rodea ahora que fueron dados de alta después de la odisea que les duró 69 o 70 días.
Carlos Mamani, el único boliviano entre los mineros y a quien el presiente de su país Evo Morales le ofreció un empleo en su gobierno, vive en Padre Negro, en el cerro más distante del barrio Juan Pablo II, desde donde por las noches se ve el iluminado centro de Copiapó.
Los pobladores de las 38 viviendas del lugar deben caminar varias cuadras para llegar hasta dos canillas para abastecerse de agua, que luego deben cargar cuesta arriba.
La calle donde vive Mamani está sin pavimentar y su casa, la número 28, es pequeña, fue construida con madera y pintada de verde. “Esta zona es peligrosa en las noches, se vende droga y roban, yo vivo aquí (desde hace) un buen tiempo y debo andar con cuidado para no tener problemas”, dijo José Vadillo, un boliviano de 15 años que vive en Chile desde 2005.
En el mismo barrio, pero más cerca del centro de Copiapó, ciudad a 800 kilómetros al norte de Santiago, viven Yonni Barrios y Claudio Yáñez, en un sector donde hay viejas zapatillas colgando los cables de electricidad. Vadillo dice que el calzado colgado marca “territorios” de grupos que rivalizan por su control.
En otra área periférica, cerca de una abandonada ruta ferroviaria está Tiltil Bajo, donde la mayoría de casas son de madera y chapas. En la calle Corona del Inca de ese vecindario viven Pedro Cortez y Carlos Bugueño, otros dos de los rescatados.
La casa de Bugueño es pequeña para las 17 personas que la habitan, entre sobrinos, hermanos y cuñadas.
Ninguna de las dos viviendas tiene alcantarillado y los vecinos, varios desempleados, no tuvieron dinero para adornar la calle de los mineros famosos así que improvisaron con bolsas plásticas blancas que colgaron en una 20 hileras, a modo de guirnaldas. l


































