Los candidatos políticos de hoy se presentan como si estuvieran en un teatro cuyo escenario central fuera un gigantesco ring side. Los más publicitados aparecen en primera plana con luces, cámaras y brillos de colores, cargados de promesas que luego si ganan y se acuerdan, explicarán por qué no las pudieron concretar. Las cámaras los enfocan una y mil veces. Un poco más alejados aparecen los otros competidores, con mayor o menor iluminación, con mayor o menor brillo. A estos ya les cuesta mucho la publicidad. Sin embargo no se van con chiquitas a la hora de promesas de cambios tan profundos como irrealizables. Haciendo marco a semejante actuación proliferan miles de actores noveles o no, todos sonrientes y algunos hasta sinceros. Claro que no se notan bien, las luces no llegan tan lejos, el sonido tampoco. Al comenzar la pelea los diferentes bandos se observan con odio, profieren palabras feas para enardecer al enemigo, y comienzan a pegarse golpes bajos, fríos y sumamente calculados. El referí, profundamente distraído, estornuda. Y el público tan discriminadamente iluminado como los candidatos, aplaude. Los que están en primeras filas reaccionan ante cada incongruencia expresada por el partido mayoritariamente publicitado, como si un resorte movilizara sus incondicionales manos. Detrás, la gente un poco más a oscuras, reacciona ante los golpes desafortunados. Pero casi no se oyen. Y atrás, completamente atrás, se encuentran de pie porque se terminaron las butacas, los jóvenes que no se atreven a estrenar zapatillas, las mujeres que no quieren usar cartera, los automovilistas aterrados ante el semáforo en rojo, los adultos que no encuentran trabajo después de los 35 años, los enfermos que engrosan las largas listas de espera para tratamientos curativos, las madres del dolor. La oscuridad es total, por lo que allá detrás de todo y de todos, cerca de la salida, no se ve pero también están presentes, los jubilados.






























