Me da pena que el tema del celibato sacerdotal lo trate en La Capital alguien que dejó de ser sacerdote. Me merece todo el respeto, pero parecería más representativo saber qué piensan del tema aquellos que, con más o menos esfuerzo, se mantienen fieles a sus promesas. Por ejemplo, ¿qué dice del tema el padre Ignacio, o alguien que haya cumplido las bodas de oro sacerdotales? Las declaraciones del ex sacerdote son cuanto menos superficiales y agravian. Con la misma falta de rigor que afirma que el Papa está rodeado de cardenales de 85 años, lo cual no es verdad, menciona unas estadísticas atribuyendo una actividad sexual en los sacerdotes. Según él prácticamente ningún sacerdote argentino viviría la castidad. Me atrevo a decir rotundamente que no es cierto. Que haya quienes tengan errores y pecados, es evidente; pero eso no da pie para semejante generalización. Por mi experiencia personal, llevo más de treinta años entregando a Dios, y la de varios centenares de sacerdotes que conozco, puedo decir que el celibato por motivos apostólicos es posible y es una realidad gozosa. Sin duda es una renuncia, pero vivimos nuestro sacerdocio por amor a Dios y a los demás, y con mucha alegría. Permaneciendo célibes por amor, es posible hacerse cargo de una determinada comunidad de fieles con todas sus necesidades: deseos de conocer a Dios y de recibir los sacramentos, atender enfermos del cuerpo y del alma, o a los hambrientos de pan y de sentido de la vida. Los sacerdotes católicos nos sentimos llamados por Dios a este camino para identificarnos con Jesucristo, que fue célibe, y lo que nos mantiene contentos en lo que hacemos es el trato con Dios en la oración y en la eucaristía. Si no estuviéramos enamorados de Dios el celibato sería inexplicable e imposible.


























