Es una obviedad decir que el empate le entrega un punto a cada equipo y no hay vencedores ni vencidos. Eso fue tan cierto en el intenso y picante cero a cero que protagonizaron ayer canallas y leprosos, como que el sabor del resultado final fue diametralmente opuesto para uno y otro bando. Porque Central llegaba como un león hambriento de protagonismo y necesitaba pegar el puñetazo en la mesa chica de los aspirantes al título. Pero los de Eduardo Coudet no tuvieron vuelo futbolístico, chocaron siempre con el cerrojo rival, se repitieron en el pelotazo y fueron previsibles los 90 minutos. Por eso el sabor insulso de la igualdad para el local. Y, del otro lado, Newell’s tenía que dar la cara para quebrar la racha de cuatro victorias rivales en el derby y lo hizo con creces. La Lepra en el contexto más adverso de un Gigante repleto y eufórico sacó a relucir el orgullo, la garra y el amor propio, lo que sumado a las pinceladas de fútbol que aportó el debutante Lucas Boyé le posibilitó salir con la frente alta de Arroyito. Esta vez Lucas Bernardi metió mano en el pizarrón, defendió con línea de cinco y oxigenó su ciclo de cara al futuro. Por esto el sabor dulce del score para los rojinegros. Central no supo cómo ganarlo y Newell’s aprendió a no perderlo. Punto y aparte.
Central debía llevar las riendas del partido. Necesitaba asumir el rol protagónico del clásico porque el premio de dar un salto de calidad hacia la cima estaba al alcance de la mano. Pero el Canalla no estuvo nunca cómodo con el trámite. Nery Domínguez y Musto hicieron la mitad de la tarea, ya que sólo rasparon y mordieron. Y la carencia estuvo en la escasa incidencia del Chelito Delgado, hasta que salió en el complemento, y el inexpresivo José Luis Fernández, ya que ninguno de los dos volantes más adelantados aportaron la cuota mínima de fútbol que necesita un equipo para poner seriamente en aprietos al adversario. Sin gambeta ni pase entre líneas, Ruben y Larrondo fueron dos islas inexploradas. Apenas Cristián Villagra con las trepadas por la izquierda generaba sensación de que podía romper el molde. Esto fue dinamitando las chances auriazules.
En la vereda de enfrente, Bernardi movió la estantería como nunca en su ciclo. Rompió el molde y metió a Hernán Villalba en la cueva para defender con línea de cinco. Y Hernán Bernardello fue el destructor de todo intento canalla en la zona de volantes. Claro que el Cabezón desactivó lo que tenía cerca, pero estuvo errático con la pelota. Además el plan fue sostener el balón en los pies de Mugni y Maxi, pero lo hizo a cuentagotas.




























