Unos 230 niños y jóvenes transformaron aquella noche el profundo silencio del parque Urquiza en vitales sonidos. La música, propia de los más exquisitos escenarios de la historia del arte, fue puro deleite para los oídos de quienes tuvimos el privilegio de asistir al Encuentro de Orquestas Infantil y Juvenil en el Anfiteatro Humberto De Nito. La noche se alió, estrellada y mágica, para disfrutar del espectáculo organizado por distintos estamentos gubernamentales y el apoyo de amigos y familiares de los pequeños grandes músicos a la orilla del "pariente del mar". Así, violines, violas, violoncellos, contrabajos, flautas traversas, clarinetes, trombones, cornos, oboes y hasta los instrumentos de percusión dijeron lo suyo a través de las manos maravillosas, creadoras y virtuosas de más de dos centenares de chicos talentosos. Anónimos, sin carteles ni anuncios altisonantes, con la simpleza de lo perfecto. Allí estaban, anunciando la buena noticia de su existencia. La consagración de su aprendizaje, de horas y horas de ensayo, de días fríos o de calor con sus instrumentos a cuestas, para llegar al día brillante de la actuación y el aplauso. La escuela orquesta de barrio Ludueña, la orquesta sinfónica infantil y juvenil El Triángulo, la orquesta juvenil del barrio La Tablada y hasta una invitada especial, la orquesta infantil de Ibarlucea, se convirtieron en los héroes de la jornada. Héroes cotidianos que se ganan el aprecio y la admiración de todos cuantos los conocen y escuchan porque confirman, una vez más, que las buenas noticias existen, sólo que no tienen suficiente prensa. Allí sonaron, dándole sublime magia al encuentro, desde Caminito a Manuelita, desde un carnavalito hasta Yesterday, desde Sueñero de Fandermole a la Oda a la Alegría de Beethoven, corroborando que la música, la buena música, no tiene fronteras ni clase social. Es una bendición divina poder disfrutarla. Casi una hora y media de música, interrumpida sólo de vez en cuando por la vocecita de algún hermano menor saludando al "artista" de la familia, nombrando con su apodo cariñoso al mismo que gambetea la pelota en el potrero del barrio cuando vuelve de la escuela. Esa noche, los chicos y los jóvenes tomaron, enhorabuena, el anfiteatro Humberto De Nito, quien desde las estrellas seguro que aplaudió complacido.
































