Cual si fuera un mortal condenado o un suicida, pero lejos de serlo, le escribo a usted, señor juez, buscando consuelo. De tener al pueblo cautivo, viviendo en la frontera entre la ignorancia y la estupidez, es de lo que acuso esta vez, al gobierno de turno. A sus puertas llamo porque, bien sabe usted, lo que guarda la ley para los gobernantes corruptos, usted que se supone es juez justo, seguro sabrá comprender. No es bueno que el hombre gire como el can para atraparse la cola, a la hora de conseguir el pan para que coman sus hijos, entre lágrimas de sal. Observe señor magistrado cómo viven sus contemporáneos, viven como hace miles de años lo hacían los deportados del Jerusalén amado en los suelos de un extraño. Ya nadie canta ni silba, ¡hasta las aves están callando!, y el más sensato ciudadano, responsable y educado, si no ingiere la cicuta, bebe tragos muy amargos. Haga algo, señor juez, ¡pare este disparate! ¡Usted tiene frenos de pie y aceite de freno en las manos! ¡Uselos con los villanos pues ya por un embudo nos vamos!





























