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"A mi hijo no lo dejaron crecer, no lo dejaron seguir soñando"

La madre de Gabriel Aguirre, el chico asesinado en Ludueña hace 10 días, habla del estrago de la droga en los jóvenes del barrio.

Miércoles 30 de Octubre de 2013

"Los asesinos son como los violadores. Lo vuelven a hacer, una y otra vez. Por eso tenemos que luchar para que los tengan presos y no salgan más". Para Ada, la mamá de Gabriel Alejandro Aguirre, el chico de 13 años asesinado horas después del último clásico en un pasillo de Camilo Aldao y Casilda, no hay consuelo. Sin embargo esta mujer de 42 años y madre de cinco hijos mantiene una esperanza. "Esto va servir para un cambio. Para que de una vez por todas la Justicia, o los que tengan que ver con todo esto, hagan algo. Para que abran los ojos a lo que está pasando. Porque a mi hijo no lo dejaron crecer. No lo dejaron seguir soñando".

En barrio Ludueña, Gabriel Aguirre es "Gaby". Lo asesinaron de tres balazos el domingo 20 de octubre, poco después de Central y Newell's. Gaby estaba con amigos hinchas de Ñuls cuando dos hombres en moto, que vestían camisetas de Central, le dispararon.

En cada esquina. En Ludueña la realidad está patas arriba. Las madres entierran a sus hijos y las aulas escolares se usan como capilla ardiente para despedir a los alumnos muertos a balazos. A Gaby lo asesinaron en un lugar donde las diferencias se pagan con la muerte. Sin embargo, sigue presente. Los pibes de esta barriada del noroeste se encargan de perpetuarlo en cada esquina, cada pared, cada columna.

"Si a Gabriel, que todos los pibes lo tenían como el más bueno del barrio, le hicieron esto; ¿cómo convencés al resto de que el camino es el estudio? No es porque haya sido mi hijo, pero fue un ejemplo. Nos dejó enseñanzas. Todos los días aconsejaba a su hermano de 21 años y le mostraba cosas. Ninguno de mis otros hijos terminó la escuela y Gaby les decía que él iba a terminar la primaria y seguir la secundaria. Tenía proyectos. Quería ser alguien", recuerda Ada el día después de la marcha que peregrinó desde la puerta de Escuela 1.027 "Luisa Mora de Olguín", en Humberto Primo al 2400, hasta la seccional 12ª de Pedro Lino Funes 255 bis. "Fue una marcha muy sentida. Con dolor. Se sentía su ausencia, porque era muy querido", cuenta la mujer.

El noroeste. Ada vive en Ludueña hace tres décadas. Trabaja hace 20 años en el comedor de la escuela en la que Gaby, su hijo más chico, cursaba el último grado.

"Me cuesta volver al comedor porque mi hijo iba todos los días y me decía: «Mami, ¿me das el plato?». Cuando no tenía clases iba y me ayudaba a poner las paneras. Todo el tiempo detrás mío", cuenta sentada a la mesa de su humilde casa de pasaje Rafaela al 5200, detrás de la cancha de Tiro Federal.

"En el comedorcito hay chicos que uno vio crecer que ya no están. Fueron asesinados o se los llevó la droga. Y ves chicos que no podes creer en las condiciones en las que andan", comentó.

"Antes se peleaban a trompadas. Hoy está cada vez peor. Si no te matan buscan lastimarte, te pegan un tiro o te dan una puñalada. No paran hasta matarte. Antes tenías derecho a tomar un mate en la vereda o ir con tus hijos a una plaza. Yo era chica y mi papá nos llevaba a la plaza al lado de la Gema (donde hoy está el complejo de cines Village). Ahora ni eso. No podes pasar la vía", describe la mujer su barrio.

"Antes había un control de la droga. Yo gracias a Dios no la conozco, mi único vicio es el cigarrillo. Pero en los últimos cinco años empeoró. Y cada vez son más criaturitas chicas. La droga está pudriendo a los chicos y los lleva a la violencia y la delincuencia. Anoche (por el lunes) cuando terminábamos la marcha, casualmente vimos a un pibe de la edad de Gaby que conocemos de chiquito y no podía caminar de lo drogado que iba. Lo miré con tristeza e impotencia. ¿Cómo puede ser que estos chicos estén arruinados así, cada vez más chiquitos?".

Música. Gaby tenía un sueño. "Quería armar un grupo de cumbia. Estaba tan ilusionado y contento con eso que le dije a sus amigos que no paren con ese proyecto", dice Ada, y cuenta que su hijo tocaba muy bien la guitarra y pasaba horas escuchando El Avance, Sergio Torres y Abel Pintos.

"Aprendió de chiquito en el Centro Saltimbanqui, en un tallercito de guitarra. Se sentaba, miraba como tocaba su profe «Monchito» y en tres días se aprendía el tema. Y después le enseñaba a su hermano de 21", cuenta la madre.

"Gaby —continúa— era de hacer amigos enseguida. La cantidad de gente en la marcha era increíble. Somos gente muy querida. Tenemos nuestros errores, como todos, pero somos de ayudar, apoyar y estar. El otro día una nena se me acercó y me dijo: «Gaby era como ni hermanito, me decía que nunca hiciera el mal. Que si quería que me fuera bien, que hiciera el bien». No le gustaba la violencia o que se pelearan. Igual en casa, cuando nos veía mal hacía una sonrisa o una broma para levantarnos el ánimo".

"Veía en los noticieros (las repercusiones de los crímenes) y decía: «Pobre mamá, por lo que está pasando». A mi compañera, que le mataron el hijo hace un par de años, siempre le decía que nunca querría estar en su lugar. Ahora estoy. Muchas mamás se acercaron ayer y están pasando por lo mismo. Me ofrecieron contención. Estar en contacto con ellas y seguir luchando juntas para que haya Justicia. Ya ves. Esta semana las chicas me van a acompañar a tribunales".

“Aparecieron en moto y tiraban a cualquier lado”

Gabriel Aguirre fue asesinado cerca de las 19 del domingo 20 de octubre. El hecho de que estuviera en medio de chicos que usaban camisetas de Newell’s y los matadores vistieran casacas de Central hizo que se asociara el crimen con el clásico y no con la violencia desmadrada que se vive en muchos barrios de Rosario.

“Sé del asesinato —relata Ada— por los chicos que estaban con él. Se estaban divirtiendo. Incluso él no tenía pensado salir, estuvo todo el día en mi pieza mirando tele. Esa mañana lo desperté para ir a la casa de mi mamá pero no quiso porque estaba esperando un mensaje de su papá, que es camionero y lo iba a llevar a conocer Catamarca. Esa tarde me dijo el almacenero que Gaby cruzó tres veces a comprar helados”.

“Después vinieron sus amigos y se quedaron ahí en la esquina hasta que lo arrancaron para allá. Le decían «dale Gaby, no seas cobarde». Se volvió, le pidió prestada a la prima una remera y se fue. La remera era común y corriente. No era de ningún club. Nosotros somos todos de Boca como era mi papá. Pero Gaby apoyaba mucho a sus amiguitos y si eran de Newell’s, él les hacía el aguante igual”.

“Vimos videos de los chicos en los que se los ve festejando y no haciendo quilombo. Venían caminando y tocando el bombo. Llegaron hasta Junín y se pegaron la vuelta. Y ahí es que aparecieron estos dos tipos en moto tirando para cualquier lado. Fue para Gaby pero pudo haber sido cualquiera. Podría haber sido una masacre. Me dijeron que descargaron la 9 milímetros disparando a todos lados”, cuenta.

Por el crimen de Gaby, efectivos de la comisaría 12ª y la sección Homicidios detuvieron el sábado a Marcelo V., de 17 años, en una vivienda de Franklin al 2400. Se busca a su hermano, quien sería el autor material del crimen.

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