Economía

Lehman Brothers: la caída que precipitó la crisis

El 15 de septiembre de 2008, el gigante norteamericano de las finanzas presentó su declaración de quiebra.

Domingo 16 de Septiembre de 2018

Hace diez años, el 15 de septiembre de 2008, presentó su declaración formal de quiebra Lehman Brothers, el banco de inversión cuya caída se convirtió en un hito de la última gran crisis económica mundial.

El gigante de las finanzas, con 680 mil millones de dólares en activos, cayó presa de una corrida desatada en el marco de la crisis de las hipotecas subprime. Sus activos, devaluados, fueron adquiridos por diferentes competidores, luego de un acuerdo judicial aprobado en el mes de octubre de aquel año.

Aunque la crisis financiera se gestó antes de lo que se conoce como la mayor quiebra en la historia estadounidense, ese acontecimiento es asociado simbólicamente al crac que se extendió por todo el mundo y a todos los sectores de la economía, a tal punto que todavía se sienten sus efectos. El impacto que tuvo su quiebra indujo a un cambio de paradigma en la intervención de los gobiernos, que pasaron de la vocación de aleccionamiento a la doctrina de "Demasiado grande para caer".

El huracán comenzó a armarse cuando se pinchó la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos en 2006, proceso que alimentó durante el año siguiente la llamada crisis de las hipotecas subprime. Lo que durante un tiempo fue una securitización estable de esas garantías a través de bonos que se ofrecían en el mercado financiero, se convirtió en una apuesta de riesgo atada a créditos cada vez más riesgosos, con tasas más altas. Cuando los tomadores dejaron de pagarlos, esos títulos fueron disminuyendo su valor hasta que, ya en 2008, los compradores de esos papeles entraron en pánico. En marzo del 2008 había sido liquidado y puesto en manos de un competidor el banco Bearn Stern. En julio, el gobierno de Estados Unidos y la Reserva Federal tuvieron que anunciar un rescate para las dos sociedades hipotecarias más grandes del país, Freddie Mac y Fannie Mae.

La crisis de las hipotecas contagió al sistema financiero de Estados Unidos y, rápidamente, se extendió por todo el mundo. La demanda de los bonos se derrumbó y, con ellos, el valor de los activos. La Reserva Federal, el Banco central Europeo y autoridades monetarias de los países más importantes del mundo,coordinaron acciones para inyectar fondos a tasas más bajas y recuperar liquidez. Pero en el corto plazo chocaron con una severa crisis de confianza. Los bancos se negaban a prestarse entre ellos por dudas en su solvencia.

Efecto contagio

Las economías de todo el mundo se vieron afectadas por el crac. Frente a la pérdida de depósitos se nacionalizaron bancos en Inglaterra, Islandia y Francia. Empresas como General Motors, Ford y Chrysler debieron ser rescatadas con fondos públicos. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), los sistemas financieros de Europa, Estados Unidos y Japón perdieron 10 billones de dólares entre 2007 y 2010.

Las autoridades económicas, desde el inicio de la crisis, apelaron a diferentes soluciones: la inyección de liquidez desde los bancos centrales, la intervención y la nacionalización de bancos, la ampliación de la garantía de los depósitos, la creación de fondos millonarios para la compra de activos dañados o la garantía de la deuda bancaria.

Desde finales de agosto de 2007, el gobierno estadounidense fue incrementando las medidas intervencionistas para rescatar bancos pero también a los deudores hipotecarios, así como planes de aumento del gasto fiscal para estimular el rebote de la economía. La FED bajó su tasa de política monetaria del 6% a principios de 2007 al 0,5% a finales de 2008. El punto máximo fue el plan de expansión monetaria, que liberó 4,1 billones de dólares al mercado global a través de un monumental programa de recompra de bonos de deuda pública, que entre otras cosas tuvo como efecto una importante devaluación de la divisa estadounidense. Ese programa fue menguando a la salida de la crisis pero se dio por terminado recién en 2015.

El Reino Unido también lanzó tempranamente su propio rescate millonario, que incluyó la nacionalización temporario del banco hipotecario Northern Rock. Y tiempo después Japón avanzaría con su propio programa de expansión monetaria y fiscal. El Banco Central Europeo y los gobiernos de la Unión Europea fueron más lentos en adoptar esas medidas, enfocados en un primer momento en asistir en montos multimillonarios a los bancos y profundizar el ajuste del gasto.

El 23 de marzo de 2008, el presidente de BCE, Jean-Claude Trichet afirmó que Europa no necesitaba aumentar los gastos para poder combatir la crisis financiera global. Tres años después, en 2011, lanzó un programa de crédito para bancos, colocando 489.000 millones de euros a una tasa de 1%.

En el medio, el enorme esfuerzo de recursos públicos para rescatar el sistema financiero, sumada a la depresión económica y el derrumbe del comercio internacional, alimentó en el viejo continente una crisis de deuda soberana. Cuando en 2010 entraron en terapia intensiva las economías de Grecia, Irlanda y Portugal, a las que un año después se le sumarían economías más grandes como España e Italia, las autoridades comunitarias debieron rescatar, ya no sólo a bancos, sino a economías enteras.

En mayo de 2010 se creó un fondo de rescate, el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera, por 750.000 millones de euros. El paquete fue para rescatar países en problemas, comprar deuda soberana y recapitalizar bancos. Un año después se creó el Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera (MEEF), mediante el cual se colocaron bonos para asistencia presupuestaria.

Los países rescatados fueron sometidos a duros planes de ajuste. En general, la crisis provocó cambios políticos en 8 países de los 17 que forman la Eurozona. También creó una grave crisis social, con niveles de desempleo que llegaron al 26,9 % en España y al 26,8% en Grecia, durante 2013. Los países rescatados fueron obligados a realizar severos ajustes fiscales.

La crisis en el centro de Europa comenzó a amainar sobre el final del lustro. A partir de 2014 la mayoría de los países de la Eurozona, registraron un crecimiento en su PBI.

Por su origen en el sistema financiero de Estados Unidos, su profundidad y daños en la economía mundial, analistas compararon a la primera gran crisis del siglo XXI con la desatada en la década del 30. Aunque el diagnóstico final de este brusco sacudón que reconfiguró la economía global, todavía es motivo de debate.

El impacto en América latina

En América latina, el impacto de la crisis se sintió con crudeza en 2009. Los países más ligados a la economía estadounidense la sufrieron más tempranamente y sus efectos fueron más extensos. En Argentina, como otros países de Sudamérica que proveían materia prima a los países asiáticos, el crac tuvo una forma de V pronunciada. La caída fue profunda pero el rebote también fue relativamente acelerado.

En cambio, más lento y duradero fue el cambio de escenario mundial derivado de las propias políticas de los países centrales para salir de la crisis. A partir de 2014, con el fin del superciclo de los commodities y la retracción del comercio internacional, la economía sudamericana desaceleró en forma importante. Esto se tradujo en períodos recesivos importantes para algunos países, como Brasil. Mientras, el resto de las regiones del planeta, incluso la región de América latina más ligada a Estados Unidos, continuaba una lenta pero sostenida alza.

Una década después del estallido de la crisis, el FMI se apresuró a principios a de año a celebrar "la recuperación mundial se ha afianzado", con 120 países, que representan dos tercios de la economía global, en crecimiento. Pero, con el correr de los meses, los factores de riesgo desarrollados durante los últimos años expusieron algunos desequilibrios inquietantes.

El fin del programa de expansión monetaria estadounidense, la suba de la tasa interés por parte de la FED y el crecimiento impulsado por el gasto fiscal de Estados Unidos, cambió el flujo de capitales provocando devaluaciones y salida de divisas de los países emergentes. Argentina y Turquía hoy están en el ojo de la tormenta. Pero no son los únicos en problemas.

En las épocas de la última década en que la tasa de interés estaba planchada se duplicó la colocación de deuda, sobre todo en los países en países emergentes. Según el Instituto Internacional de Finanzas, se multiplicó a 58 billones el año pasado en ese segmento de países. Esa masa hoy es un problema. La guerra comercial entre las potencias contribuye a la incertidumbre. Y, para completar, no son pocos los que vienen advirtiendo sobre la sustentabilidad del acelerado crecimiento que registra actualmente la economía estadounidense, en niveles del 4% anual.

A principios de este mes, un análisis publicado por la agencia Bloomberg, advirtió que "el empeoramiento de las perspectivas fiscales de Estados Unidos y el aumento de la deuda pública no son inmediatamente visibles, pero esa mezcla problemática no puede dejar de tener una respuesta de los inversionistas por mucho más tiempo".

Los recortes de impuestos del presidente Donald Trump y el nuevo gasto federal alimentaron un déficit presupuestario que la Oficina de Presupuesto del Congreso prevé que alcanzará u$s 1 billón en 2020. Como la Reserva Federal redujo sus tenencias de deuda, eso obligó al Secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, a elevar las ventas de títulos y bonos a los niveles vistos por última vez justo después de la recesión que terminó en 2009. El resultado es una creciente deuda pública que se más que triplicó desde 2007.

"Estamos en un entorno de un experimento económico por el que el gobierno de los EEUU está aumentando los déficits enormemente en un momento de pleno empleo", dijo Christoph Rieger, jefe de estrategia de tasa fija de Commerzbank AG. "El descomunal endeudamiento es tan grande. que si el experimento falla, estamos hablando de un riesgo enormemente grave".

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