Adiós a Quino

Quino nos dibujaba a todos

Con su muerte se va el creador de un mito: Mafalda. Además de un gran dibujante, fue una buena persona. Su legado va a permanecer.

Miércoles 30 de Septiembre de 2020

Es sencillo: Quino nos dibujaba. A todos. Cualquiera puede nombrar a Mafalda, Felipe, Susanita o Manolito durante una charla y su interlocutor, si tiene más de cuatro décadas, lo entenderá. Su humanísimo talento le permitió a Joaquín Lavado convertir a un puñado de chicos de la Buenos Aires de los años 60 en prototipos universales. Quino es un código, incluso un idioma. Su muerte implica la pérdida de un creador de mitos y, también, de una buena persona.

Había nacido en Mendoza, en 1932. Era del interior. Como muchos en aquella época, sus padres vinieron desde España. Desde pequeño llamaron a su hijo con el apodo que se haría célebre para distinguirlo de esa manera de su tío Joaquín, que fue quien despertó la vocación de dibujante de su sobrino. En 1945 falleció su mamá y él empezó a estudiar en la Escuela de Bellas Artes de la capital mendocina. Cerrando un triste ciclo, su padre murió poco después. Pronto el joven Quino abandonó los estudios: su pasión inocultable eran las historietas. Tras hacer el servicio militar obligatorio llegó a Buenos Aires en 1954, cumpliendo el mismo destino de tantos argentinos, que saben que esa es la única ciudad del país donde “atiende Dios”.

Quino, brillante y afable, tímido pero buen amigo de sus amigos, no demoró en insertarse en una industria periodística y cultural floreciente, donde la bohemia era un modo de vida. Publicó su primera página de humor en el semanario Esto Es, y ese fue el punto de partida de una carrera meteórica: a partir de entonces, seducidos por su genio precoz, lo convocaron Leoplán, TV Guía, Vea y Lea, Damas y Damitas, Usted, Panorama, Adán, Atlántida, Che y el diario Democracia, entre otros medios. El de aquellos años era un país donde se leía imparablemente: diarios y revistas proliferaban y los kioscos, muchas veces, se asemejaban a pequeñas librerías.

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Uno de los “rebusques” de Quino en esa época seminal era el dibujo publicitario. Cuando le encargaron una campaña de publicidad para una empresa de electrodomésticos,​ inventó a esa nena que todos conocen muy bien: Mafalda. Pero la campaña finalmente no se concretó y la primera tira apareció en Leoplán. Después comenzó a publicarse en Primera Plana, importante revista semanal. Más tarde, la banda de chicos que ya era famosa se mudó al diario El Mundo, donde apareció entre 1965 y 1967. No demoró en editarse en otros países, entre ellos Italia, España y Portugal.

La saga de Mafalda duró hasta el 25 de junio de 1973, cuando –agotado por la tiranía diaria–, Quino optó por dejar de dibujarla. El trabajo ya estaba hecho. Como se sabe, la leyenda continúa.

Él, por supuesto, siguió su ruta con un éxito detrás de otro. Sus libros agotaban ediciones y se transformaban en clásicos. La lista incluye “Mundo Quino”, “Potentes, prepotentes e impotentes”, “Quinoterapia”, “Gente en su sitio”, “¡Qué presente impresentable!” o “Yo no fui”. Además, numerosos medios gráficos del mundo se disputaban sus creaciones, donde la palabra había perdido protagonismo para dar paso a un lenguaje preciso y ácido, de rasgos universales.

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Como muchos humoristas, Quino era un melancólico. Nunca quiso, por ejemplo, tener hijos. En un reportaje que le hizo el diario El País de Madrid, ante una pregunta al respecto, contestó: “Es una mala porquería traer a alguien aquí sin haberle preguntado”. Y alguna vez, en el transcurso de una charla, vislumbró el posible destino de Mafalda de haber sido una persona “real”: habría integrado, dijo, la larga lista de los desaparecidos durante la última dictadura.

Del genial y entrañable Quino no se debería hablar en pasado. Como ocurre con todo creador genuino, va a permanecer. Se va a quedar al lado nuestro a través de sus personajes, que tienen más vida que muchos seres de carne y hueso. Ellos nos seguirán conmoviendo, haciendo reflexionar y reír. Cada uno de nosotros tiene su predilecto. Todos giran como satélites alrededor de esa niña tan dulce como feroz llamada Mafalda, a la que amamos sin remedio y para siempre.

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