Cultura y Libros

"Yo cocino con las letras"

Lucrecia Mirad escribió, junto a Viviana Lepes, un libro tan atípico como seductor. En Azafrán, recientemente editado por Planeta, se cuenta una entrañable historia familiar con la comida como trasfondo. Las recetas se insertan con armonía en una atractiva trama, donde no faltan personajes que valdrá la pena recordar

Domingo 26 de Mayo de 2019

Para llegar a la casa de Lucrecia Mirad en el macrocentro rosarino hay que transitar por un largo pasillo. Al desembocar, se abre un espacio tan sencillo como seductor: una antigua casa interna reciclada con innegable buen gusto, aunque no mucho dinero. El diálogo se abrirá espontáneo y cargado de buen humor con esta arquitecta y escritora que carece de cualquier vestigio de solemnidad, y empezó a producir “en serio” a una edad más tardía que la habitual. En dupla con su prima, la reconocida chef Viviana Lepes —tía de la famosa Narda—, dio a luz un texto heterodoxo, donde la historia de su familia está narrada a partir de los platos caseros que engalanaban la cocina diaria. El resultado es un libro encantador, que podrá ser visitado con provecho por los amantes de las hornallas y también recorrido con deleite por aquellos que estén a la pesca de una buena historia.

—¿Cómo surgió la idea de escribir Azafrán?

—Yo soy una escritora que viene de la arquitectura. Hasta que no tengo una estructura de soporte, no me lanzo a escribir. Sin embargo, en este caso me ocurrió todo lo contrario. Estaba en casa de Viviana y ella estaba armando el árbol genealógico de la familia. Entones, le ofrecí embarcarnos en un proyecto común de escritura, que contara esa historia e incluyera la cocina como eje argumental. Ella es cocinera de alta escuela y yo una cocinera cotidiana, pero bueno, digamos que yo cocino con las letras.

—¿Y hay afinidad entre ustedes?

—Tenemos visiones de la vida totalmente diferentes, yo soy más oscura y parca, y ella, digamos, es más florida.

—Pero la escritura de la historia de Azafrán es tuya...

—Sí, claro, nos dividimos: ella aportó las recetas. Yo investigué sobre la cuestión inmigratoria a fondo, fue un año entero de trabajo. Lo complejo fue despolitizar el tema, ya que la inmigración está cargada de política. Sin embargo, como ya por entonces se percibía un clima de desaliento en el país, decidimos que fuera un libro positivo, que rompiera con la tristeza imperante en este momento.

—El eje del relato es la relación entre una abuela y su nieto. A partir de ese diálogo entre ambos comienzan a desovillarse los recuerdos...

—Yo no era abuela cuando lo escribí. Pero pensé en mi mamá, que tuvo una relación distante con sus hijas y con sus nietas logró romper esa distancia. A partir de allí fue que construí la ternura.

—¿Todos los personajes son verdaderos?

—No: la mayoría. Pero aclaro que mi abuela no era como la abuela del libro. Ella era más mansa, más delicada, más suave. Esta es una abuela que, si bien acepta los mandatos, se rebela y sabe desobedecer. Y también puede ser dura, muy dura.

—En cierto momento viola un código central, cuando tiene una hija con un hombre que no es su marido.

—Viola más de uno. Pensá en el momento en que cambia toda su vida a bordo del barco. Es transgresora. Sin embargo, no es de esas personas que se levantan de la cama como transgresoras.

—Hablemos del aspecto gastronómico de la obra, tan importante. ¿Viviana elaboró la lista de recetas?

—En realidad, fue un trabajo en común. Ella vivió mucho tiempo en el sur de España, donde llegó a tener un restaurante, y aportó un montón de información. Pensá que ella, que es una auténtica experta, una profesional, hizo durante un buen tiempo el programa de televisión con Narda.

—Da la impresión, sin embargo, de que vos, que sos la “intelectual” del dúo, escritora y arquitecta, tenés también una relación muy plena con lo manual, esencialmente con la cocina.

—Yo cociné y cocino mucho. Bueno, ahora en realidad un poco menos, porque mi pareja, Aldo (el artista plástico rosarino Aldo Ciccione, conocido como Chacal), cocina muy bien. En mi familia, la comida y la cocina fueron siempre muy importantes. Cuando yo formé mi propia familia, continué ese camino. Siempre creí que el paladar se trabaja, como la estética arquitectónica, digamos. Y yo quería que mis dos hijas tuvieran un paladar muy amplio. Por eso, cociné mucho.

—Las criaste cocinando, entonces...

—Sí, claro. Y yo soy una especie de adicta al trabajo. Por eso elaboro platos sencillos y que me demanden poco tiempo. Pero disfruto de cocinar.

—La cocina es una de las maneras más hermosas de dar, tanto por parte del hombre como de la mujer.

—Lo que me pasó a mí les pasó a muchas. Así como cuando una es mamá te ponen el chico en brazos y vos no sabés bien qué hacer, cuando empecé a convivir con el papá de mis hijas no tenía mucha idea. Sabía comer, más que cocinar (risas). Mi primera pareja era de raíz italiana, como Aldo, y con los italianos no hay broma: ellos quieren la heladera siempre llena y la comida siempre en la mesa. Y así era mi abuela también: ella nos servía siempre primero y segundo platos, y después postre. Entre los catalanes —mi ascendencia— es común que el primer plato sea ensalada, o sopa. Y entre los italianos es lo mismo: primo, secondo, dolce. Así cociné durante muchos años: primo, secondo y dolce, en el almuerzo y la cena.

—¿Y él ayudaba?

—Bueno, me dijo que sabía cocinar, pero... (risas).

—Qué tarea, ¿no?

—Sí. Pero el freezer me ayudaba mucho. Te lo puedo resumir así: todo ese aspecto racional que tengo a la hora de escribir lo tengo también en el vivir cotidiano. Yo provengo de una familia bien concreta, de la cual soy la oveja negra. Y en ese sentido, la arquitectura también se acopla: el arquitecto tiene un solo momento de delirio, al principio, y luego todo se torna bien práctico. Pero bueno, volviendo al asunto, una vez que llega a casa el pedido mensual del súper, salgan todos de al lado mío porque mi cocina se transforma en una auténtica línea de producción. Y empiezo a guardar comidas caseras en el freezer: empanadas de carne o verdura, digamos, capellettis... Zapallitos rellenos. La clave es que en el freezer siempre haya una solución.

—¿Y la cuestión gourmet?

—Mirá, no quiero hablar mal de nadie pero a mí me gusta que la comida tenga sabor y perfume de hogar, y sobre todo, que parezca comida. Cuando la estética compite con el sabor, para mí hay un problema. Me encantan los sabores nuevos, pero que la comida sea comida.

—Lo atractivo del libro es que las recetas se imbrican muy bien en la historia que se cuenta.

—La editorial nos dijo exactamente lo mismo, que había otros casos donde las recetas estaban todas juntas al final y eso no les parecía acertado. Y nosotras tratamos de que no estuvieran separadas, que fuera como la vida: esas mujeres, como mi abuela, cocinaban mientras amaban, odiaban, sufrían... La cocina funcionaba como catarsis.

—Bueno, arquitecta, mamá y cocinera, ¿cómo empieza en tu vida el vínculo con la literatura?

—Siempre tuve facilidad para escribir. Pero cuando Lucía, que nació en el 83, empezó a crecer, a mí se me presentó un tema: no me gustaban los libros de cuentos que había para ella. Y así empecé a crear por cuenta propia. Primero fue de manera oral: todas las noches les contaba cuentos a mis hijas. Y después, cuando surgieron las computadoras, empecé a escribir e imprimir. Lo curioso fue que tuve éxito. Me empezaron a llamar del jardincito...

—¿Y cómo entraste, de chica, en contacto con los libros?

—Fue fácil. En esa época, en la Argentina había libros por todas partes. Y mi papá, que era médico, estudiaba todo el tiempo. Filosofía, sociología... Así que material no faltaba. De todas maneras, la gran proveedora de ficción era mi tía. Siempre fui una fan de los cuentistas ingleses. Serán piratas, pero cuentan muy bien (risas).

—Dame más nombres...

—Bueno, para mí fue muy importante Hermann Hesse. Demian, Siddartha. Y Cortázar. Me impresionaron los cuentos de Samantha Schweblin. Y en Rosario, me gusta mucho lo que hace Carolina Musa.

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