Cultura y Libros

Un cuaderno de tapas duras

Nace una revista. Este miércoles a las 19.30, en Homo Sapiens, se hará la presentación en sociedad de Barullo (en Rosario, el ruido de la cultura), dirigida por Horacio Vargas, Sebastián Riestra y Perico Pérez, y que cuenta con el aporte de un destacado grupo de periodistas y escritores de la ciudad. Lo que sigue es parte de un texto que integra el Nº 1 de la publicación.

Domingo 14 de Abril de 2019

La única vez que estuve en el Museo Castagnino fue para un concierto de jazz, en el marco de un festival que tuvo lugar hace poco más de un año. Esa es toda mi experiencia previa: un concierto de jazz y centenares de domingos en los que pasé por la puerta de camino a la cancha. Aunque últimamente he visitado sin falta los principales museos de las ciudades a las que viajé, nunca antes había asistido a una muestra en el museo de la ciudad donde vivo: siempre hay un motivo para justificar la postergación. Como si de algún modo asociara los museos con una práctica turística que, por alguna razón incomprensible, se encontrara reñida con mi cotidianidad de residente. No visito museos ni subí nunca al Monumento. De modo que no me hace falta impostar una mirada como si porquelo que ocurre, cuando llego hasta acá, ocurre sin necesidad de simulacros: veo el Museo Castagnino por primera vez.

Lo primero que veo al atravesar la puerta de ingreso es el amplio hall, con una escalera revestida en mármol travertino que conecta las dos plantas.A mano izquierda, junto a la tienda, Castagnino —frente amplia y pelo prolijo, mirada templada y clara—me mira serio desde un retrato pintado por Alfredo Guido, sosteniendo sobre la falda sus guantes y el bastón. Parece a punto de recriminarme la demora.

Lo saludo con una inclinación de cabeza imperceptible, como agradeciendo una invitación que tardé demasiado en aceptar.

•••

La primera impresión —no sólo por sus líneas exteriores sino, sobre todo, por los espacios de exposición y su recorrido claro—es que, a pesar de sus más de ochenta años, se trata de un edificio moderno. Sus líneas y disposiciones resultan despojadas y prácticas, con salas amplias y sucesivas que proyectan un camino muy cómodo. Esto me lo hace notar J., que me acompaña, acaso, para compensar mi falta de conocimiento del tema. Ella enseña Historia del Arte en la Universidad. Viene con Aitana, de seis, que, como yo, carga un cuadernito de tapas duras. Yo lo traje con la vaga idea de apuntar algo sobre esta visita, aunque no sé bien qué; ella planea esbozar a mano alzada sus propias reproducciones de algunas obras. Es, de los tres, quien tiene más claro el sentido de su visita al museo: viene a ver las obras, a elegir, a improvisar un catálogo sin razones.

Hay que atravesar el pasillo y las salas sucesivas como quien remonta una línea cronológica o navega a través de los años. Un museo también es eso: el tiempo vuelto espacio transitable. La forma del tiempo, hoy, son estas salas comunicadas como vagones de un tren que persigue su propia cola. En el marco de los 100 años de la colección Castagnino Macro, la exposición "Un pasado expuesto: caminos del arte entre 1918 y 1968" curada por Adriana Armando y Guillermo Fantoni nos lleva por un recorrido a través de un arco de cincuenta años que aborda los derroteros estéticos y transformaciones de la colección patrimonial del museo. Una muestra que, a decir de sus curadores, se configura en torno a diez escenas que representan diferentes trayectos del arte argentino en el lapso aludido —con acentos en la ciudad de Rosario— y expresan algunas de sus variaciones estéticas, temáticas y de sentido. Avanzamos, así, entre escenas del tiempo.

Saco el cuadernito. No escribo nada.

Nuestro guía se llama Nahuel. Debe andar por los treinta y pico. Viste bermudas y usa unos lentes de marco grueso que le dan un aire amable a su mirada. En cada sala hace una descripción precisa del contexto, la época, el sentido. Se detiene en algunas obras y nos invita a detenernos con él y a mirarla con nuevos ojos. Me gusta Nahuel porque habla con pasión, se entusiasma con las obras como si las mostrara por primera vez. Sus observaciones, y los aportes a media voz que también me hace J., son como destellos de luz que iluminan fugazmente mi desconcierto. A veces me detengo frente a una obra por una especie de entusiasmo estético puramente intuitivo —La Chola, de Guido; un paisaje portuario de Quinquela Martín; uno de los Juanitos de Berni—. En ocasiones coincide con las obras que destacan el guía del museo o mi guía privada, a veces no. Pero cuando sucede es como si esa obra que me atrajo hubiera estado apenas vislumbrada en la oscuridad, y un relámpago repentino iluminara aspectos que, hasta entonces, había sido incapaz de ver.

A veces, entonces, saco el cuadernito. Pero no escribo nada. Primero avanzamos a través de una serie de paisajes de Fader y el cuadro Riña de gallos, de Jorge Bermúdez, premio Adquisición del salón de 1917. Recorremos sin apuro el tiempo vuelto espacio. En el pasillo que nos lleva hacia el futuro nos encontramos con el primer nombre de mujer que aparece: el de Emilia Bertolé. Su presencia irrumpe y se desprende, profética: una pequeña postal que, en lugar de estar montada en la pared, se encierra en una caja de vidrio. En la década del veinte un retrato femenino pintado por Berni me depara la sorpresa de reconocer un estilo en la forma o el tamaño de unos ojos, y otra sorpresa cuando descubro cómo llegué a ese reconocimiento: se trata del mismo que forma parte del Museo Urbano y se luce en la medianera del Hotel Majestic. Más adelante me va a pasar algo parecido ante el cuadro Con los pintores amigos de Schiavoni —"ese lo conozco, lo veo todos los días cuando vuelvo a mi casa", voy a decir—. Así compruebo, empíricamente, que la divulgación del arte en el espacio urbano también funciona y opera en silencio para dejar su huella.

Ya no saco el cuaderno.

Aitana, mientras tanto, ajena a nuestro recorrido, hace su propia selección, su curaduría infantil, mientras traza un camino alternativo que avanza a saltos por algunos años o se detiene, atraída, en períodos o estéticas que nosotros vamos dejando atrás. Se sienta en canastita, de frente a algún cuadro escogido, y esboza con trazos seguros de una birome negra sus reproducciones que van llenando, poco a poco, las hojas del cuaderno de tapas duras.

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