Pensando lo propio

Rosario, la ciudad híbrida

El autor de este provocativo texto encuentra virtudes donde otros ven defectos. Una mirada sobre un paisaje de rasgos singulares e intransferibles

Domingo 26 de Septiembre de 2021

El concepto de ciudad híbrida no es nuevo. De por sí, la ciudad es una maraña social a la que sería absurdo catalogar como algo siempre igual a sí misma, única, esencial y homogénea. En ese sentido, todas las ciudades lo son, en la medida en que no son organizaciones unidimensionales, sino que son el escenario de un permanente intercambio de materia, energías, personas e ideas.

La más reciente utilización del término vino de la mano de algunos pensadores relacionados con la ecología, como el gran Eric Swyngedouw, que se refiere a la ciudad como un híbrido de sociedad-naturaleza. Swyngedouw es un estudioso de estos temas y especialmente de la problemática del agua, a la que define en sí misma como una problemática híbrida, dado que el agua es una parte fundamental de la vida humana, lo que ha llevado a que sea inabordable solamente desde el punto de vista “natural”. Si bien el agua –como elemento natural– no es una construcción social, en la medida en que el hombre ha construido su vida con agua, es imposible hablar de ella sin hablar de la sociedad.

También se ha utilizado el concepto de ciudad híbrida para hacer hincapié en la creciente importancia de la tecnología, las redes y la inteligencia artificial para la conformación de las llamadas “Cyborg ciudades”. Con esto se alude a los sistemas de geolocalización, al uso de las tecnologías digitales para la administración municipal, a mecanismos de transparencia en la gestión y hasta del sufragio.

Pero no es a esas hibrideces a las que me quiero referir.

Vamos a un lugar común. La Real Academia de la lengua española nos ofrece cuatro definiciones para “híbrido”.

1. adj. Dicho de un animal o de un vegetal: Procreado por dos individuos de distinta especie.

2. adj. Dicho de una cosa: Que es producto de elementos de distinta naturaleza.

3. adj. Biol. Dicho de un individuo: De padres genéticamente distintos con respecto a un mismo carácter.

4. adj. Mec. Dicho de un motor y, por ext., de un vehículo: Que puede funcionar tanto con combustible como con electricidad.

Sorprendentemente, en charlas de amigos, caí en la cuenta de que el término “hibridez” está cargado de connotaciones negativas. Por ejemplo, hay una palabra que se asocia de inmediato al término “híbrido” y es la de “esterilidad” y aunque la mayoría de los híbridos lo son, también debemos tener en cuenta que la esterilidad no es patrimonio exclusivo de los híbridos, como ya se sabe. Otra característica de lo híbrido sería la falta de identidad, el famoso “ni chicha ni limonada”.

Ahora, ¿en cuál de todos estos sentidos –me refiero a los del diccionario, no a las asignaciones no remunerativas agregadas posteriormente– podemos decir que Rosario es una ciudad híbrida?

En todas. Incluso en la cuarta, ya que ha sabido poner en marcha su movimiento económico utilizando diversos insumos básicos como combustibles (el comercio, la industria, el puerto y últimamente el lavado del dinero del narcotráfico).

Desde la conformación “genética”, la ciudad muestra a lo largo de su historia una enorme variedad humana, formada por la mezcla de las sucesivas oleadas poblacionales que combinaron a los migrantes internos y de los países limítrofes con la gran masa de inmigrantes europeos. Ni siquiera puede alegar una identidad “natal” como algunas otras ciudades que nacieron como puerto, como fuerte, o como un punto de referencia político territorial nacido de la voluntad de alguna autoridad. En ese sentido, la ciudad no tuvo ninguna marca original que revertir.

Pero más allá de la conformación de su estructura de origen, me parece más interesante pensar a la ciudad de Rosario como un híbrido en otros aspectos, más cercanos al hacer, que fueron modificando y dando pie a la formación de una identidad híbrida, en la cual tenían cabida todos los ingredientes de su formación humana, pero también de los diversos combustibles (para seguir a la RAE) con que alimentó su movimiento.

En primer lugar, fruto de su situación geográfica, Rosario es una ciudad rioplatense y también una ciudad del interior. Para muchos gringos, Rosario fue el segundo destino, después de rebotar en Buenos Aires. Para muchos provincianos, Rosario fue el último paso antes de meterse en la Babilonia que era la reina del Plata. Para los porteños, Rosario es el lugar de los que “no se la bancaron”, una ciudad del interior, que en sí misma se quedó en el camino de alcanzar a Buenos Aires, como si alguna vez hubiera existido esa posibilidad o esa ambición, incluso dentro de la burguesía rosarina, una clase que siempre tuvo claros los límites de sus posibilidades. Pero para la Caba, Rosario es una ciudad de provincia bastante parecida a ella, aunque menos exitosa y cosmopolita.

El reverso de esta cara es la imagen que sobre la ciudad tienen las demás provincias argentinas, sobre todo las litoraleñas y Córdoba, con quienes hay un tráfico de personas e ideas más frecuente y cercano que con las otras regiones. Para muchos de ellos, Rosario es una ciudad rioplatense, en sus edificios, en su fútbol, en su música, en el hablar italianizante (rápido y a los gritos) de los rosarinos de clase media. Y por supuesto, en sus pretensiones, en sus aspiraciones de gran ciudad, en su permanente mirada “hacia afuera” y en su parecido con el porteño arquetípico, a quien –en aquella mirada– el rosarino promedio envidia y aspira a emular.

Pero esa hibridez es parte de la identidad rosarina, que en general siente que es todo eso a la vez. Siente hermandad con el provinciano, por el odio ancestral a “lo porteño”, cultivado “con la leche templada y en cada canción”; pero también siente que “está para más” cuando se mira en el espejo de Santa Fe (sobre todo) y en el resto de las otras provincias y grandes ciudades (la sombra terrible de Córdoba acecha siempre en la comparación).

Rosario mira al río que la conecta con el mundo y el puerto fue durante mucho tiempo parte de la identidad de la ciudad. Pero el hecho de ser un puerto cerealero y de estar demasiado cerca de los lugares de origen de lo que por él salía –además de la gran cantidad de población de sus ciudades cercanas– la obligó a mirar siempre hacia esas tierras desde donde vendría la salvación de una buena cosecha. Mirando hacia el río, la ciudad fluvial se siente comercial, pero se siente gringa festejando como un gol cuando el viento del oeste le trae el olor a ozono de la lluvia a sus espaldas.

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Antonio Berni.

Antonio Berni.

Rosario es una ciudad con una historia cultural poblada de momentos y personajes que marcaron cumbres de producción intelectual a nivel nacional, que son mencionados con orgullo en la crónica cotidiana, porque en definitiva es una ciudad pequeña, donde “todos se conocen”, uno fue a la escuela con José Cura, otro era vecino de Eduardo Delgado, alguna estudió arquitectura con Rafael Iglesia y aquel vive al lado de la casa natal de Antonio Berni. La ciudad se enorgullece de sus escritores y artistas –a los que casi nunca acompaña económicamente en sus emprendimientos–, pero la construcción discursiva de una galería cultural notable –fomentada sobre todo por el Estado municipal a lo largo de la historia– no impide una reivindicación de algunos fenómenos que se ubicarán en el otro extremo valorativo de aquellas expresiones que le permitirían ubicarse como una capital cultural a nivel regional. La violencia (pasada y actual), el fútbol, la ingestión de eses, el Negro Olmedo, pueden ser la contracara de aquella otra Rosario. Y las dos forman parte del acervo identitario de la ciudad, en la medida en que muchos rosarinos se ven representados por ambas expresiones. ¿Apolo?: tenemo. ¿Dionisos?: también tenemo, diría un héroe de la resistencia a la dictadura dialogando con Nietzsche.

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Alberto Olmedo.

Alberto Olmedo.

Seguramente por la buena prensa que tienen las identidades homogéneas e inconmovibles, y hasta podríamos decir esencialistas, la hibridez ha sido víctima de una estrategia de negativización que no hace justicia a su importancia en la conformación de las identidades. Quizás muchos de los que desvalorizan la hibridez lo hacen desde un supuesto lugar de pureza, de trayectorias pretendidamente homogéneas e inconmovibles, ignorando no sólo las influencias que nutrieron sus núcleos identitarios (político, ideológico, religioso), sino también la riqueza que anida en la construcción de una identidad que se asume múltiple.

Consciente o inconscientemente los rosarinos han construido una identidad diversa, que incorpora elementos que se pensaron como opuestos para convertirlos en valores con los que se sienten representados. Quizás escribir la historia de la ciudad nos permita detectar cómo cada proceso histórico, cada acontecimiento, cada novedad incorporada, terminó colocando su ladrillo en lo que hoy la ciudad asume como identidad, una identidad tan híbrida como productiva, tan híbrida como auténtica, tan híbrida como asumida y sentida.

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