Cultura y Libros

Populismo, una de las palabras más utilizadas y abusadas

Federico Finchelstein, prestigioso historiador, acaba de publicar un libro donde analiza el fenómeno.

Sábado 22 de Septiembre de 2018

Populismo es una de las palabras más utilizadas y abusadas, tanto en la vulgata político-periodística como en el lenguaje académico. Pocas han tenido tantas actualizaciones y significados posibles. También pocos movimientos políticos se autodefinieron con ese nombre, apenas dos de finales del siglo XIX: el movimiento de farmers americanos que luchaban contra lo que ellos llamaban plutocracia (bancos y partidos políticos), y los narodniki rusos, jóvenes intelectuales urbanos que luchaban en nombre de los campesinos rusos contra la autocracia zarista.


Muchísimos más han sido los clasificados con ese concepto por la sociología política desde la década del 50 del siglo pasado. Concretamente el primero en utilizarlo fue el sociólogo ítalo-argentino Gino Germani, para referirse al peronismo. En Latinoamérica habían surgido movimientos políticos que privilegiaron liderazgos carismáticos y autoritarios antes que la organización político-partidaria. Esta "anomalía" Germani la explicaba por los desfasajes culturales que expresaban las clases populares, como consecuencia de una modernización tardía.

Las hipótesis de Germani serán discutidas extensamente en los años siguientes, sobre todo la idea de que el fenómeno fue exclusivamente latinoamericano. Sin embargo, el concepto de populismo marcará a fuego el análisis político y sociológico hasta hoy. Así, fueron denominados populistas gobiernos tan diversos como el de Perón en la Argentina, Vargas en Brasil, Cárdenas en México y Velasco Ibarra en Ecuador. Ninguno de estos gobiernos se reconoció a sí mismo con ese término.

También fueron así caracterizados movimientos políticos como la fracción del Partido Liberal colombiano liderada por Eliecer Gaitán, el Apra en Perú, el MNR en Bolivia y el directorio revolucionario en la Cuba de las décadas del 30 y 40. Incluso gobiernos de claras políticas neoliberales fueron caratulados bajo el rotulo de "neopopulismo", como el de Fujimori en Perú, Menem en Argentina y Collor de Mello en Brasil. Y en este joven siglo XXI volvió el término para clasificar a Chávez en Venezuela, los Kirchner en Argentina, Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia y Lula en Brasil.

Después de Germani, Ernesto Laclau fue otro de los grandes teóricos que le dio nuevos significados al populismo. Lo consideró básicamente una forma de hacer política, en la que la subjetividad y la inclusión discursiva de los sectores populares son fundamentales, y extendió el término a distintos regímenes políticos y opciones ideológicas. Llegó a decir que sin retórica populista es imposible hacer política en la contemporaneidad. Esa retórica opone al "pueblo" frente al grupo de poder, en una lógica de conflicto permanente. Laclau reivindicaba el populismo como una democracia avanzada que plasmaba en la práctica el proyecto igualitario de la república y la democracia.

Otra versión menos sofisticada es la de periodistas y economistas con no siempre explícitas influencias de las usinas de pensamiento neoliberal. Para ellos, el término populista es sinónimo de un Estado interventor y asistencialista, que prioriza la política sobre la economía y manipula a las masas estableciendo relaciones clientelares. Esto se combina con un desprecio del "republicanismo" y la democracia representativa, en función de liderazgos autoritarios muy cercanos al fascismo. En esa versión el neoliberalismo se presenta a sí mismo como el paladín de las libertades republicanas, como los santos y buenos, olvidando que su acto inaugural en el mundo fue con el gobierno de Augusto Pinochet, una de las dictaduras más sangrientas del siglo XX en América Latina.

Para ellos es la palabra maldita, que explica fácilmente la decadencia argentina. Parten de una reconstrucción histórica donde hubo una "edad de oro", nunca del todo explicada, ubicada cuando la Argentina era el "granero del mundo" en el auge de la exportación de materias primas. La decadencia se ubica con precisión y fue el momento en que el llamado "populismo" (léase peronismo) inició su tarea destructiva. Para otros se trata ya de un concepto gastado de tanto uso y que no explica nada, y bajo cuya etiqueta se incluyen los más diversos regímenes. Y finalmente están aquellos que, como Federico Finchelstein, apuestan a retomar el concepto y consideran que aún es productivo.

Un libro para la polémica

En su último libro, Del fascismo al populismo en la historia, Finchelstein se propone cruzar dos conceptos que a veces aparecen como separados y trata de establecer sus posibles vínculos históricos y políticos. Su autor elude el camino fácil de la homologación a partir de afinidades y simpatías ideológicas, como podría ser el caso de Perón y su admiración confesa hacia Mussolini. También descarta la simplificación de obviar o negar esa relación argumentando la legitimidad democrática de los populismos. En primer lugar, dedica sendos capítulos a analizar ambos fenómenos sociohistóricos, los toma como fenómenos globales y establece claramente las diferencias entre ellos. El fascismo como movimiento político surge en el mundo en las décadas del 20 y del 30, y se plantea el cuestionamiento más radical a la democracia moderna. Su acceso al poder político pudo haber sido por esa vía, pero su permanencia se termina sosteniendo en un uso radical de la violencia de Estado, constituyéndose en una dictadura totalitaria.

Después de la Segunda Guerra el fascismo y sus variantes perdieron toda legitimidad y el populismo apareció como una resignificación democrática del fascismo. El primer movimiento político que responde a esta caracterización fue el peronismo, que se constituyó en el primer régimen populista de la historia. El populismo se diferencia claramente del fascismo en que se legitima través del voto, a través de la búsqueda de la adhesión popular. Y si bien no es una democracia perfecta, ya que tiene rasgos autoritarios y totalitarios, no llega nunca a erigirse en una dictadura.

¿Como definirías al populismo?

—El populismo es históricamente una forma de democracia autoritaria y antiliberal. En lugar de una definición, propongo una comprensión histórica de lo que ha constituido en la historia. Después de estudiar muchos casos, encontré un par de patrones que con el tiempo prevalecen en este reencuadre vertical de la democracia que es el populismo. Para empezar, implica una comprensión autoritaria de la democracia que reformuló el legado del fascismo después de 1945 para combinarlo con diferentes procedimientos democráticos. El populismo es una forma de posfascismo que reformula el fascismo para los tiempos democráticos. Para decirlo de otra manera, es el fascismo adaptado a los tiempos democráticos.

Entonces habría diferencias sustanciales entre fascismo y populismo...

—El populismo no es fascismo. Históricamente, el fascismo ha sido adecuadamente contextualizado como, sobre todo, una forma de dictadura política que a menudo emerge dentro de la democracia para destruirla. Históricamente, el populismo ha hecho todo lo contrario. A menudo ha surgido de otras experiencias autoritarias, incluida la dictadura, y en la mayoría de los casos ha distorsionado las democracias, minimizando sus cualidades, mientras que nunca, o casi nunca, las destruye.

¿El populismo sería una forma de democracia?

—Sí, claro. El populismo es una forma de democracia que se basa en la noción de un líder que, sin mediaciones institucionales, trata de unificar su voz y la del "pueblo". Esta idea de unificar a la gente y al líder es central. Ahora bien, esto tiene implicaciones autoritarias, pero comienza con una premisa democrática: establecer una relación más estrecha entre los que están en el poder y la gente. El resultado es que hay un líder que asume y a menudo dice que es la voz de las personas. y de hecho habla por ellas y decide por ellas. Después de comenzar con esta premisa cuando es la oposición —que acercará a la gente al gobierno—, cuando llega al poder, el líder no lo hace en absoluto.

¿Cómo actúa el populismo en el poder?

—El populismo es una forma de oposición que habla en nombre de las personas y también una forma de gobierno que, al hacerlo, minimiza la democracia en gran medida. Al centralizar todo el poder en el líder, aleja aún más a la gente del poder.

¿Qué diferencias tenés con otras teorías sobre el populismo, por ejemplo las de Ernesto Laclau o de Loris Zanatta?

—Mi libro no discute con un autor en particular. El trabajo de Laclau es esencial en los estudios sobre populismo, y lo analizo y critico extensamente en mi libro. En particular critico la exaltación que Laclau hace del populismo, un modelo político que no sólo analiza, sino que también apoyó a nivel de la política local y también la internacional. Valoro muchísimo los trabajos de Zanatta, que es un historiador que sabe mucho del peronismo y los primeros populismos.

¿Qué importancia tiene el peronismo? ¿Sería un tipo ideal de populismo?

—No, para nada. El peronismo es el primer populismo en llegar al poder. Pronto le siguen otros en Brasil, Bolivia, Venezuela y otros lugares.

Historiadores como Enzo Traverso y Emilio Gentile señalan que en América Latina estuvo ausente el totalitarismo, y lo dicen precisamente por la presencia del populismo. ¿Coincidís con ese planteo?

—El trabajo de Gentile es muy importante para entender la historia del fascismo. Soy un gran admirador de Traverso, que es uno de los grandes historiadores de nuestro presente. Quiero aclarar que para mí el totalitarismo no siempre fue cercano al populismo. Coincido en el sentido de que el totalitarismo nunca llegó al poder. Sí existió, en cambio, como proyecto político de diversos fascismos latinoamericanos.

En tu libro hay una vinculación constante entre populismo y democracia. La democracia y el republicanismo, ¿son factibles como realidades históricas?

—Claro que lo son. Hay distintas posibilidades para la democracia, y el populismo propuso y propone una versión autoritaria y con un líder mítico. En los casos del populismo de derecha, como el trumpismo, esta propuesta incluye también el racismo y la discriminación étnica y/o religiosa.

La Revolución Cubana fue caracterizada como una profundización del populismo, y también como una consecuencia del fracaso del populismo. ¿Cómo la analizarías? ¿Qué pensás del presente de Cuba?

—Pienso que lamentablemente Cuba es una dictadura que hasta hace poco fue liderada por dos hermanos que la rigieron por varias décadas. Justificaron la necesidad de mantenerse en el poder por una agresión externa que sí existió, pero no justifica la dictadura. El presente cubano abre interrogantes que están muy bien pensados por el conocido historiador marxista cubano Samuel Farber. Para Farber las opciones están abiertas, se dará más de lo mismo, una progresiva democratización o quizás lo que quiere el gobierno cubano, una búsqueda del modelo de los capitalismos con el Partido Comunista al frente, como en Vietnam.

¿Cómo surge el populismo neoliberal cuyos ejemplos serían Menem, Fujimori y Collor de Mello, entre otros?

—Surge como una reformulación de los populismos clásicos en el marco por entonces en boga del así llamado "consenso de Washington".

Otra categoría que vos planteás es la de populismos neoclásicos de izquierda, donde incluís a los Kirchner, Chávez, Maduro, Correa y Evo Morales. ¿Son semejantes estas experiencias políticas? ¿Qué se podría decir de Lula?

—Argentina no es Venezuela y el kirchnerismo no fue el chavismo, y el madurismo hoy en día ha dejado de ser populista (pues el populismo siempre es una forma de democracia) y se ha movido más bien hacia el lugar de la dictadura. Correa y Morales también son diferentes entre sí. En el libro analizo a Lula en el gobierno como un compañero de ruta de los populismos, pero no como un populista.

Como historiador te dedicaste a la década del 30 en especial, ¿encontrás similitudes entre ese momento histórico y el actual?

—Hay una tendencia a confundir el populismo con el fascismo, porque el populismo actual suena mucho más fascista que el populismo original que surgió en el poder después de 1945. Las personas se definen en términos raciales y el antipueblo se define a menudo en términos religiosos o racistas. Sin embargo, en el populismo los enemigos no son físicamente perseguidos o eliminados como en el caso del fascismo. Entonces tenemos algo que suena como el fascismo pero que prácticamente no lo es, y eso es lo que yo llamo populismo.

¿Cómo caracterizarías los gobiernos latinoamericanos pospopulismos de izquierda, como el de Macri en Argentina, Lenin Moreno en Ecuador y Temer en Brasil?

—En América Latina, y también en otros lugares, incluida Italia, por ejemplo, se ven populistas en el poder que son reemplazados por tecnócratas (que como Macri presentan un populismo light), que luego fomentan más populismo. Esto crea un círculo vicioso donde no hay participación democrática significativa. En cierto modo se alimentan unos de otros, tecnócratas y populistas.

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