Escritores

"No existe el autor perfecto, sino momentos perfectos de la literatura"

El premiado rosarino Marcelo Britos oscila entre la novela y el cuento, territorios donde se mueve con comodidad. En diálogo con Cultura y Libros habló de su último trabajo, donde incursiona en el género del terror, y explicó por qué tiene tanta afinidad con la poesía

Domingo 11 de Abril de 2021

Hay simientes que germinan y las hojas que dan a luz, perdurables, cubren la existencia: horrores tempranos encriptados en años de la infancia, el terror nocturno que sumerge al niño en la tiniebla, la ilusión de lo que ocurre y lo que no, imágenes presentes de lo que aparentemente nunca sucedió. Son los miedos arcaicos, aquellos que aparecieron cuando la cosa aún no había terminado de formarse y que serán después, en la vida breve, funcionales al tormento de la especie. En esos oscuros bocetos de la eternidad humana, en los que el miedo reclama su apogeo, hunde sus fauces Marcelo Britos, el escritor. Los ocho relatos que dan cuerpo a su último libro, Nuestro miedo a las tormentas (Alción Editora, 2020), navegan en lo siniestro, no siempre durante la noche cerrada en un bosque cruzado por los truenos, sino en la familiaridad misma de la vida cotidiana. Britos repasa cómo el miedo muerde, ahuyenta, paraliza y silencia. Estos relatos huelen a miedo, pero su artífice no intenta comprenderlo; lejos está de tales intenciones. Su grafía se confunde con el terror de los signos inciertos que proclama y pasa a ser, ella misma, una más entre esos tantos. Deriva del inconsciente en tiempo real, la literatura que Britos vuelca en estos cuentos se manifiesta como una sucesión de imágenes cinematográficas surcadas, a ratos, por trazos poéticos. Como buen poeta agazapado entre su prosa, lo que Britos expresa está dicho no tanto por lo que describe, sino por lo que su misma escritura, sugestiva, logra ocultar: fulguran el silencio y lo imprevisto.

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Vuelve el escritor al pasado, al de su infancia quizás, para mirar allí la llama indemne de aquellos miedos fundantes. Son los que le dan forma no solo a su literatura, sino acaso a él mismo. Y los personajes de sus relatos, llevados a la catástrofe por una fuerza que desconocen pero que a la vez les es propia, se desvanecen al intentar comprender lo imposible, al querer conservar el agua de la conciencia que escurre entre sus manos. Esos personajes están en el mundo de lo jamás visto, pero lejos, muy lejos, del Mundo del Nunca Jamás que iluminó a Peter Pan.

Marcelo Britos (Rosario, 1970) es una de las voces prolíficas de la narrativa contemporánea argentina. Dos novelas suyas ameritaron singulares reconocimientos la década pasada: Empalme (2010) obtuvo el Premio Municipal Manuel Musto (uno de los concursos literarios más serios forjados en la ciudad de Rosario); Adónde van los caballos cuando mueren (2015) recibió el primer galardón en el certamen “Sor Juana Inés de la Cruz” que otorga el gobierno de México. Otras dos novelas —Al oeste de Jericó (2016) y La Rote Kapelle (2019)— forman, junto a otros cinco libros de cuentos, el corpus de su obra.

En este reportaje Britos cavila sobre su reciente libro en particular y sobre el sentido de su obra en general. Aunque sin vacilar se define como un narrador, musita: “Siento que trabajo el lenguaje a través de la poesía”. Cormac McCarthy, Faulkner, Borges son marcas en su piel. Y no olvida al poeta argentino Mario Trejo, de quien fue amigo, como alguien que alumbró su camino.

Los argumentos de estos cuentos de tu último libro parecen recalar en el terror que abreva en la vida cotidiana…

–Uno puede hacer un montón de lecturas con “el diario del lunes”. Cuando escribo no pienso en eso; no es deliberado que yo intente buscar el horror en lo cotidiano siguiendo el estatuto del realismo sucio, o sea buscar lo horroroso en la existencia ordinaria. A veces sale este tipo de cuentos, entre novelas, porque yo intercalo: escribo cuentos y después una novela. Termino de escribir una novela y, como si fuera un momento de descanso –aunque no lo es porque el trabajo es el mismo y corrijo mucho–, surgen cuentos. Hubo un primer cuento de este libro, Vienen, que fue escrito hace un par de años, y a partir de ese pensé en el proyecto de un libro de cuentos que tenían que ser más o menos del mismo tenor: de terror, algo siniestro. Que en realidad es volver a mi primer libro de cuentos, que eran cuentos “siniestrones”. Te diría que la primera intención, lo deliberado, fue escribir un cuerpo de textos de terror. Ahora bien, ahí siempre se presenta ese desafío que es el que vos planteás: cómo buscar lo novedoso en el terror, y lo novedoso es la posibilidad de salir de lo sobrenatural, que ya es muy transitado. O, si surge lo sobrenatural, pensar en una vuelta de tuerca, como la novela de Henry James (Otra vuelta de tuerca). El último cuento del libro, Un reloj parado en las once, es una vuelta al cuento de aparecidos, que también juega mucho con lo cotidiano, pero hay ahí también un elemento fantástico, que es lo sobrenatural.

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Pero en esa búsqueda hallaste una suerte de “ámbito del cuento” de terror, que es tu historia, tu barrio, tu infancia, una zona…

–Sí, eso sí es deliberado. Ahí sí: se trata de trabajar sobre mi entorno, sobre mi capital cultural, que es ese. Yo no sé si es mi territorio literario, mi zona literaria. Cuando escribo he ido siempre experimentando y por lo tanto es muy difícil definirme, y mucho menos yo mismo, en una zona literaria. He escrito sobre la Guerra del Paraguay, pero es cierto que me siento muy cómodo jugando con el lugar de uno, el lugar aprehendido, y ahí meterle el terror es un desafío interesante, porque cuando uno va hacia la nostalgia es muy difícil después ir hacia el terror. Eso me parecía sí un desafío interesante. Doy tantas vueltas a esto porque si bien es cierto que algunos cuentos apelan a esto del terror en lo cotidiano, no todos son así; en su mayoría hay un intento de explorar el elemento fantástico. En el último, Jamais vu, se ve cómo irrumpe en la vida ordinaria de un hombre algo absolutamente inexplicable. Eso sí, también, fue deliberado…

En los relatos aparece un poeta enmascarado tras la prosa, ¿nunca pensaste escribir poesía?

–Escribí un libro de poesía, para mí fallido, fue como un capricho. Me encanta la poesía, leo muchísima, pero no me considero un poeta. Soy bastante riguroso con mi trabajo y si empezara a trabajar con la poesía tendría que dedicarme exclusivamente a eso. Y sé que eso es empezar un camino desde cero y me siento muy cómodo en la prosa. Me resulta muy difícil pensarme como un poeta. Por otro lado, sé que la búsqueda estética dentro de mis trabajos, la construcción estética, que para mí es únicamente a través del lenguaje, puedo hacerla a través de estas licencias poéticas. Siento que trabajo el lenguaje a través de la poesía, porque me parece la forma más efectiva, más interesante de trabajar. Siempre voy a quedar a mitad de camino entre el poeta y el narrador, siendo un narrador. Y la verdad es que es una situación que no me molesta, de alguna manera es una marca de estilo y todo escritor está siempre a la búsqueda de un estilo, así que debería festejarlo como una marca de agua, un sello mío.

Sos riguroso, tenés un plan de trabajo, ya terminaste estos cuentos, ¿ahora una novela?

–Ya escribí una nueva novela y está ya en algunos concursos. No es deliberado que sea novela, cuento, novela, pero entre novelas, porque me considero novelista, siempre sale un libro de cuentos y es como volver a empezar de cero, sacar la ficha del casillero de juegos que te lleva otra vez al comienzo. Como te decía antes, recomenzar con cuentos es como tomar aire, un descanso de ese trabajo tan arduo que es la novela. El cuento también lo es y a lo mejor tardo lo mismo en escribir un libro de cuentos que una novela, pero los cuentos tienen una recompensa inmediata que es llegar al final antes, la contundencia, que es algo más difícil de encontrar en una novela. A los cuentos los tomo como oxígeno…

Adónde van los caballos cuando mueren es tu novela premiada en México. ¿La considerás una “novela histórica”?

–No. Es una novela que está anclada en un hecho histórico, que es la Guerra del Paraguay, pero no la considero una novela histórica. No tiene las características o los rasgos fundamentales que tiene la novela histórica, que es casi decimonónica.

¿Qué pensás del género “novela histórica”?

–La verdad es que no me gusta. Me gusta el juego con la historia porque la historia me apasiona, sobre todo la de este país. Me gusta el juego con lo histórico. Me gusta Andrés Rivera, que escribió una de las novelas más hermosas de la literatura argentina, que es La revolución es un sueño eterno, y él se enojaba mucho cuando le decían que era una novela histórica, porque no lo era. Para mí el problema es que la ficción crea un mundo propio, y esa novela histórica se referencia únicamente a sí misma en la ficción; uno no puede escribir una novela que refiera a la historia, ahí está la gran diferencia, por eso incluso hasta pondría en abismo este concepto de “novela histórica”, si realmente existe. Cuando mandé Adónde van los caballos cuando mueren a una editorial de aquí, ésta me envió una devolución, que valoro, y la respuesta fue: “En estos momentos no estamos editando novela histórica, sobre todo cuando no se trata de un personaje conocido”. Y claro, el personaje principal de mi novela no existió en la historia. No hay fuente, no hay testimonio de eso. Entonces pensé: si la novela histórica es dar cuenta de la vida de un personaje que realmente existió, se está poniendo en discusión el concepto de ficción. Y yo escribo ficción, así que incluso el mismo concepto de novela histórica es algo que me hace muchísimo ruido, aunque me hayan terminado de ubicar en ese lugar de la biblioteca con esa novela…

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Mario Trejo.

Mario Trejo.

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William Faulkner.

William Faulkner.

¿Qué autores, qué narradores o poetas, qué presencias son constitutivas de tu obra?

–Hay muchos. Hay autores que me han marcado como escritor y como lector. Creo que la literatura es la búsqueda de un momento, tanto como lector o como escritor. No existe un autor, existe una novela de ese autor, un momento. Es el momento en el que se alcanza maestría, la brillantez, que como lector uno lo encuentra un montón de veces y como escritor probablemente nunca. Pero el oficio es así. He encontrado en muchos autores ese momento brillante y creo que inconscientemente he tratado de imitarlos, y no me apeno por eso. Lo he encontrado en Cormac McCarthy, que me parece un autor que ha escrito cosas impresionantes. Me ha pasado con William Faulkner, que cuando lo leí la primera vez cambió mi forma de escribir. Y me ha pasado con Borges: si bien considero que no existe el autor perfecto, sino momentos perfectos de la literatura, al único tipo que considero una excepción es Borges; todo lo que leo de él es brillante. Y un poeta que me marcó es Mario Trejo, no sólo con su literatura, sino también con su amistad, porque tuve la enorme suerte de ser su alumno durante un año; no puedo dejar de nombrarlo porque fue radical su presencia. A Faulkner lo descubrí con Mario.

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