Cultura y Libros

"La idea es que lo que escribo no parezca literatura"

La ficción argentina es mucho más federal de lo que tantas veces se cree. Una prueba de ello es la obra de Sergio Gaiteri, talentoso cuentista cordobés radicado en Valle Hermoso, Punilla. En charla con Cultura y Libros, este creador de textos breves que fanatizan a sus lectores explicó por qué se aleja de los circuitos literarios y dijo que aspira a que sus relatos sean como "alguien que cuenta algo a otro en la barra de un bar".

Domingo 22 de Julio de 2018

Ya no es un secreto a voces que en las sierras de Córdoba hay un escritor capaz de abordar con una prosa resuelta y compacta las vicisitudes de la existencia cotidiana, esa que nos sucede a diario: alguien se enamora, alguien tiene hijos, alguien se divorcia, alguien muere.

Sergio Gaiteri (Córdoba, 1970) es profesor de Letras Modernas. Tiene varios libros editados, en los que demuestra que tiene una estética y un modo de contar muy propios. Vive y escribe en Valle Hermoso, una localidad a una hora y pico de la capital cordobesa si se toma el camino del Cuadrado. Corre a diario y sus cuentos poseen eso que los corredores entrenan: una respiración y un ritmo constantes, sin perder la calma ni siquiera en los momentos de mayor tensión. Sus libros han recibido premios y menciones, como Certificado de convivencia, que obtuvo el premio Fondo de las Artes, o la novela Nivel medio, que se llevó una primera mención en el concurso de novela organizado por Clarín-Alfaguara. Asimismo su nouvelle La moza fue traducida y editada en Italia y Estados Unidos. Nadie extrañaba la luz es su última producción, un libro compuesto de nueve cuentos que confirman la solidez con la que se mueve Gaiteri en el género, con principios que imantan la lectura. Y trabajan eso que todo buen cuentista debe saber manejar: el suspenso para asegurarse la compañía del lector.

¿Desde cuándo escribe?

—Escribo desde siempre. Leer y escribir es una forma de estar desde un margen del mundo. Tuve una formación autodidacta, por lo que transcurrió algún tiempo hasta que logré sacarme de encima los modos de los autores que admiraba y a la vez encontrar un universo que me interesara plasmar con mi propia respiración en una historia. Publiqué mi primer libro de cuentos, Los días del padre, a los 35 años.

¿Cómo se lleva con el circuito literario? Este es el primer libro que edita con una editorial que no sea de Córdoba. ¿Por qué?

—Para el circuito literario, si es que existe algo así ―en Córdoba lo dudo― lo que escribo es demasiado discreto, discreto en las múltiples acepciones del término. Me hago cargo de eso, lo hago convencido de una estética y asumo el muy probable fracaso en el supuesto circuito como una fatalidad. Efectivamente, este es el primer libro publicado en Buenos Aires, en Alto Pogo. Me atrae la idea de la editorial de Marcos Almada y me gusta compartir catálogo con César Sodero.

¿Cómo trabaja para llevar la oralidad a la escritura?

—Es un trabajo arduo con el lenguaje cuyo objetivo es que ese trabajo no se perciba como tal. Digamos que el resultado es una estrategia de verosimilización. La idea, que no es mía, claro, es que lo que escribo no parezca literatura, es decir que no remita a géneros, discursos, estructuras preestablecidas que a los escritores nos resulta difícil dejar de lado. Como escribe Fabio Martínez sobre mis textos en la contratapa del libro: alguien que cuenta algo a otro en la barra de un bar.

Alguna vez dijo que le interesa la épica de la existencia diariaELLIPSIS_CHARACTER

—Todo apunta a la cuestión sobre cómo hacen mujeres y hombres para atravesar sus efímeras existencias sin derrumbarse. Cómo se relacionan con otros y cómo dejan de hacerlo. Mis pequeñas historias no aportan respuestas y ni siquiera indicios sobre estos asuntos. A lo sumo una muy débil sensación de la lucha por evitar ese derrumbe.

Digamos que en comparación hay mayor producción (o tal vez edición) de su obra cuentística que de novela. ¿A qué responde eso?

—Hay algo del relato en su brevedad, en lo que muestra y sobre todo en lo que escamotea, en la imposibilidad de ser conclusivo y en su carácter enigmático que me resulta atractivo. La novela, se quiera o no, tiende a la explicación. Yo no tengo nada para explicarle a nadie.

¿Qué es lo que hace a un buen cuento?

—Un buen cuento es algo que provoca una sensación, un estado de ánimo inquietante que se impone y sobreviene como una estela a la lectura. Como una melodía, una canción melancólica, algo que no puede ser explicado con palabras

Tal vez suene raro, pero por lo general nos gusta leer historias de gente que no la pasa bien.

—Es cierto. De cualquier manera yo trato, aunque no siempre lo logro, de que los personajes no estén sumidos en la desesperación. Formas de la tristeza, formas de la soledad, diría Richard Yates.

¿Hay una búsqueda formal en esa austeridad de los personajes?

—Creo que no hay mayor belleza y densidad humana que en lo sencillo y despojado. Me interesa eso.

¿Cuando se sienta a escribir un cuento, ya sabe el final?

—Por lo general tengo una idea nebulosa. No la acción o la frase definitiva, pero sí la impresión final, que es lo más importante. En el transcurso de la escritura aparecen capas, detalles, fibras que aportan algo que no estaba previsto, pero sí, muchas veces tengo la sensación diría corporal de la sección final del relato.

¿De dónde vienen esas historias que parecerían ser todas absolutamente reales?

—Recopilo historias que escucho, que veo o que directamente hipotetizo de una imagen, de un hecho; las relaciono, saco elementos, personajes, lugares o agrego otros. Juego. Y después, a esas historias les busco mucho la vuelta hasta que me resultan convincentes sin ser estereotipadas.

En este libro habla del aborto en dos cuentos, casi en coincidencia con el debate que se está dando en la sociedad.

—Los cuentos de Nadie extrañaba la luz tienen varios años de escritura, cuando esa temática no estaba en debate social como por suerte lo está en este momento. Se filtró en mis cuentos como tantos otros temas que vinculan a la gente. Como dije antes, me interesan más las situaciones que los temas.

¿Quiénes son sus referentes literarios?

—No me referiría a ellos como referentes, porque son únicos, inimitables, pero recuerdo que de joven tenía una irresistible atracción por la obra de Juan Carlos Onetti y Daniel Moyano. Eran mis héroes. Incluso, por lo que había leído sobre ellos, por su forma de vivir y de ser: parcos, apocados. Sus estilos son muy distintos, y sin embargo encontraba en ambos una especie de obsesión por plantear una estructura narrativa para un núcleo de asuntos humanos específicos y muy sensibles: la carencia, la pérdida, la derrota inevitable, cierta angustia inefable. Chéjov sí es el maestro, el referente imposible: la precisión, la concisión, la moderación, todo lo que procure eso tan difícil de lograr que es el arte de la sutileza. Y sigo gozando como lector de esa tradición o mejor dicho perspectiva literaria, para no ser ampuloso, por ejemplo, en los cuentos de David Poissant o Francisco Bitar.

¿Cuánto corre?

—Trato de correr todos los días.

¿Maratones también?

—Hace décadas que corro. Pero dejé de anotarme porque desde hace unos años las carreras se privatizaron, se hicieron eventos cool y ya no hay maratones gratis o medianamente accesibles. Ya es costoso para un corredor amateur alimentarse bien, ingerir alguna vitamina, algún complemento, invertir tiempo y energía como para pagar por el uso de una ruta o una calle pública. A veces voy sin inscribirme con un dorsal viejo y me meto en la línea de salida de alguna. Un anarquista del running.

¿Por qué decidió vivir en Valle Hermoso?

—Me fui a las sierras con mi compañera. Con ella iría a cualquier lugar. Nunca me pareció necesaria la vida social de las grandes ciudades, más bien podía ser una molestia. La montaña está bien. El silencio y los espacios amplios.


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