Cultura y Libros

La filosa brevedad de un género clásico

En su último libro, el rosarino Hugo Diz vuelve a incurrir en un terreno que conoce muy bien, el del aforismo. El maridaje entre la ironía y la síntesis, de la mano de lo cotidiano.

Domingo 15 de Octubre de 2017

Hugo Diz viene publicando su obra completa editada e inédita en la Editorial Ciudad Gótica de Rosario, desde el año 2003, cuando vio la luz el primer tomo de Palabras a mano, hasta este sexto tomo, con sus Aforismos procaces. Así ha reeditado de este modo libros fundamentales, de notable poesía y altura. Manual de utilidades —con el memorable poema Secuencias de mayo—, Canciones del jardín de Robinson, Baladas para Marie, Ventanal, por sólo citar algunos, y dado a conocer otros como Luz todos los días o Sobriedades, donde su palabra finamente trabajada, desde lo lírico, la ironía y cierto cotidianismo, lo ha consagrado como uno de los poetas más singulares de su generación. Esta obra estrictamente poética, además de las incursiones de Diz en la música y en la plástica, se ha venido enriqueciendo con la escritura de aforismos, incluidos ya en los tomos II, III y IV de Palabras a mano.

El aforismo históricamente ha encontrado terreno fértil en el discurso filosófico, no obstante que se ha devaluado en algunos casos hacia la autoyuda. Se advierte incluso en la actualidad cierto reciclaje del género, a través de los espacios ceñidos que permite Twitter u otras plataformas del ciberespacio. Sin embargo, grandes poetas contemporáneos han incursionado y revitalizado el formato, como el francés René Char, o en nuestro país Juan Antonio Vasco y Raúl Gustavo Aguirre.

Este sexto prolífico tomo —Aforismos procaces (2012/2016)— incluye más de cuatrocientos aforismos.

La agudeza de Diz, presente en buena parte de su poesía, también hace anclaje en esta escritura. En algunos casos predomina el aforismo propiamente dicho —"algunos hombres creen que lo saben todo mientras el pantano los va tragando"—, en otros el humor —"nada más duradero que un insulto hipotecario"—, mientras que hallamos algunos con un tono más poético, en cercanía con la prosa poética, como cuando "en las alturas las nubes tienen amoríos inconfesables" o se pregunta "qué es la cordura si el hombre que dice portarla navega sobre el empedrado". Pero en todos los casos estos textos se nutren de la experiencia, de lo que se ha vivido y lo que se ha visto.

Diz se ubica entre la ironía y cierto descreimiento, en un claro desprecio por la hipocresía y otras miserias humanas. Y pesar del rechazo que hace de la solemnidad, Inés Santa Cruz da en la tecla cuando dice que "su gran preocupación sigue siendo el arte de la palabra auténtica y sobre su defensa, batalla". Nos dice el autor: "Solía confundir a los oráculos con los sarcófagos y fue preso, no por la confusión, sino por el manoseo imperdonable de las imágenes poéticas". Y además de esta fe en la palabra, asoma algún guiño a cierta esperanza. Así la dignidad no es algo inexistente, sino "una gema que todavía está, entre otras piedras preciosas, por encontrarse".

Si el aforismo, al decir de Carlos Franz, "desarma convicciones transformándolas en paradojas y perplejidades", Diz comprende plenamente esta premisa y se interroga: "¿Qué puede hacer un hombre que no sabe que es portador de una vida que tendrá que devolverla?".


Lisandro González

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