Cultura y Libros

La enfermedad de la razón

Esos dos atributos esenciales y de excelencia son a la vez los responsables de la destructividad

Domingo 09 de Febrero de 2020

La locura de los humanos más allá de las singularidades del caso y de los casos tiene dos instrumentos fundamentales: la razón y la imaginación. El hiperdesarrollo tanto de la razón como de la imaginación son los dos atributos de excelencia que explican la capacidad ilimitada de la creación humana, a la vez que nos distinguen de los demás seres de la gran familia general de lo biológico. El problema es que esos dos atributos esenciales y de excelencia son a la vez los responsables de la destructividad también ilimitada de la especie humana en modo Homo Sapiens.

Lo cierto es que ya hace bastante tiempo que la psiquiatría ha dejado de lado la exclusión recíproca de la locura y la razón. Durante mucho tiempo la humanidad pensó y se pensó a sí misma con dos grandes posibilidades para cada uno de sus especímenes: o bien se trataba de seres humanos centrados en la razón, por lo tanto seres racionales que vendrían a ser la inmensa mayoría normal del planeta, o por otro lado, la inmensa minoría de seres atrapados en la locura, por lo tanto seres irracionales obviamente privados de razón. Semejante simplismo enraizaba en el prejuicio de base muy generalizado que daba por cierto lo de un planeta habitado por distintas razas con una supremacía intelectual, estética, evolucionada y demás por parte de una de esas razas, obviamente la llamada raza blanca. Blanca a todos los efectos por encima de las demás, negras, amarillas, o simplemente no blancas. “Razas” todas ellas y en todo sentido, extrañas, extranjeras, peligrosas en cualquier caso.

El prejuicio determinando la superioridad blanca impregnaba de sentido a la vida con centros excluyentes de dicha superioridad blanca: los blancos –arios alemanes o en su defecto los blancos (especialmente protestantes) norteamericanos–. En el caso de los blancos-arios su remanida superioridad fue autora de uno de los genocidios más grandes del siglo XX (por cierto en un siglo plagado de genocidios) realizado en y por un país (Alemania) con una de las escuelas filosóficas más grandes e importantes de Occidente. En el caso de los blancos protestantes, más los diferentes lobbies judíos, católicos, más sus socios anglosajones, configurando un país líder económico-militar, a la vez muy habituado a la violencia tanto interna como externa: EEUU.

Ahora bien, desde que Castoriadis buceando en Aristóteles (De Ánima) pescó una nueva imaginación que llamó “Imaginación radical” apuntando y apuntalando la afirmación aristotélica de que “el alma nunca piensa sin imágenes” abrió una puerta más para repensar la cabeza de los humanos cuestionando la certeza de que el cerebro es el determinante más importante de la razón humana y a ésta como el centro del pensamiento y la inteligencia humana.

La afirmación de que el alma —es decir la psique, palabra griega de donde proviene nuestra alma— nunca piensa sin imágenes, invierte la relación entre la imaginación y el pensamiento, en tanto y en cuanto la imaginación pasa a ser una condición del pensar y no un producto adicional siempre unos peldaños debajo de la jerarquía del pensamiento, y su instrumento fundamental es la superprestigiosa razón humana. Obviamente no se trata de restar importancia a un dispositivo tan fundamental como la razón, más bien la cuestión es poder pensar la razón en su compleja articulación y desarticulación con la imaginación.

Es que para entender la formulación de Castoriadis respecto de una imaginación radical lo que en primera instancia interesa es que se trata verdaderamente de un descubrimiento: la radicalidad de la imaginación. Adormecida en la profundidad de Aristóteles, invisible aún para el propio filósofo griego. Es sabido que en los salones de la Academia la imaginación es conocida como “la loca de la casa”. Por si hiciera falta, “la casa” del aserto no es otra cosa que la psiquis, es decir esa instancia inescaneable donde se trama la compleja mediación entre la cabeza humana y la conducta humana. Es más que sabido que sin cerebro no hay cabeza, tan cierto como que sin cerebro no hay nada. Igualmente no hay nada sin corazón, y demás órganos fundamentales. Lo cierto es que ni todo el conjunto del complejo organismo humano puede en sí mismo explicar la totalidad de la hipercomplejidad de lo humano. Además del cerebro, la cabeza de los humanos tiene un plus que es precisamente la psiquis, donde la imaginación y la razón traman la existencia en una danza siempre inestable que nunca logra disipar del todo la incertidumbre sustancial de la vida. Tanto sea en el terreno pedregoso de la normalidad, como en las tierras farragosas de la locura.

El problema es que demasiadas veces razón y locura se asocian para el mal, como por caso en la terrible enfermedad de los celos. En el delirio celotípico el sujeto por vía de la imaginación destapa y “ve” la personificación de sus fantasmas más ocultos. A la vez con la razón a full en medio de un delirium razonador el amante ve confirmadas todas sus sospechas, constatación que lo deja a merced del sufrimiento. Es decir en la certeza de haber llegado a la catástrofe tantas veces fantaseada. En ocasiones las sospechas pueden verse confirmadas objetivamente. En tal caso el celoso exclamará ¡tenía razón! Con el consiguiente alivio de pensar que no está loco. Pero con la secuela inesperada de instalarse un trauma que lo amenaza con la repetición futura e inevitable de volver a quedar atrapado en el laberinto de su inconsciente.

La locura de los celos patológicos constituye una de las variadas formas de la paranoia víctima de la hipertrofia de la razón humana. Tener razón es una de las grandes pasiones humanas, en cierto sentido quizás la pasión más grande, fundamentalmente porque es tanto una pasión individual como colectiva: individuo y masa conforman en definitiva una misma realidad cuando se unen con los prejuicios más fuertes y más generalizados llevando al sujeto a ver monstruos en la insoportable diversidad. De forma tal que la percepción de las cosas se estanca en el olvido de aquel aserto que nos advierte que se puede tener razón y al mismo tiempo estar equivocado. Bien mirados en casi todos los asuntos internos y externos se pueden encontrar muchos ejemplos al respecto. En definitiva, el humano es un ser enfermo de sus razones, las que lo empujan constantemente a la certeza fascinante de tener razón.

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