Cultura y Libros

Hospital privado

Domingo 25 de Febrero de 2018

1

Después de obtener su título de médico y mudarse a una ciudad en la montaña, hoy, varios meses han pasado, visité a mi hermano menor en su casita nueva. Hacía mucho frío, tomábamos mate y él decía cosas como "hilio" o "epiplón" sin inmutarse. Yo no me esforzaba por comprender la enfermedad de papá, pero deducía la gravedad del asunto de sus ojos mirando al techo, al suelo, al techo, y de esos silencios de dos o tres segundos entre palabra y palabra.

Diría que ser médico requiere un minucioso uso del lenguaje. No se trata tanto de saber cómo interviene la retrocavidad de los epiplones en la anatomía del hígado sino, más bien, de ignorar su preciosa sonoridad de proclama surrealista. Por otra parte, qué lujo, aplicar adjetivos como "sacular" o "esplénico" a asquerosos órganos enfermos.


2

Una mujer limpia la escalera del hospital. Parece absurdo, porque la escalera está impecable. Echa el agua desde arriba y el agua cae escalón por escalón. Yo espero.

Sí, amor; no, amor, dice la mujer. Yo espero, espero.

Cuando se abre la puerta del quirófano, la conciencia irritante del tiempo se resquebraja.

El médico viene hacia acá como secándose las manos al aire. Imagino esos bollos de pelusa del desierto rodando al lado suyo. Imagino la sangre que cae de sus dedos. Imagino la boca desdentada que se abre ahora, la carcajada gutural.


3

Estaciona un auto en la puerta del hospital, luego otro y otro. Veo bajar una decena de enfermos terminales y uno de ellos canta. Una zamba añeja que arroja desde los fondos de la indiscreción esa olla a presión que teníamos, al fuego, con su humareda giratoria.

Me concentro en desviar la mirada de las patentes. Sin éxito. Sumo sin parar.


4

No hay nadie en los balcones. Adivino la frecuencia de la ciudad ajena, ecualizada por televisores detrás de las persianas. El frío endurece los dedos y el humo del cigarrillo se va discreto por el aire.

Cazo la abstracción como una mariposa. Pienso: el aire, la conciencia de la relación maquínica con el aire.

Pero la mariposa vuela tranquila hacia la lista de remedios y dosis y las conversaciones con parientes reencontrados en los pasillos del hospital. El repaso mental de esos resúmenes de la vida propia, bloques autosuficientes que nos arrojamos o piedras. Hace 10 años X, hace 15 años Y, hace 20 años Z. La total seguridad de no transmitir nada y la pregunta que vuelve: ¿qué va a ser de todos nosotros?

Llevar los soquetes. Llevar las prótesis.

Ver fútbol con tu hermano, verlo así indescifrable cortarse las uñas de los pies.


5

Desayunamos en el bar del hospital aunque apenas amanece. No hay mucho qué decir y miramos por la ventana. Un tipo pasea a su perro. Una paloma le roba la comida al gorrión. El gorrión espera su turno con resignación, sin pausa. Un viento liviano mueve las plantas en las macetas del maxikiosco y yo deseo que llueva.

Que llueva, que llueva, que se muela el cielo por la ventana, que la vieja está en la cueva, conmigo, y nos morimos las dos de cansancio.

Entonces dobla la esquina una piba que vuelve de la noche, medias rotas, demacrada. Desliza los dedos por la pantalla del teléfono y detrás, entre dos edificios y un álamo, asoma una línea de sol. Ya veo. Un presagio es suficiente. Mi hermano revuelve el café. ¿Te acordás de esas muñecas que enterramos en el patio? Una hormiga serpenteaba entre las cruces.


6

La única verdad es la realidad dice la voz que intento retener con una devoción que bien valdría la pena me sea concedida, la voz digo, la memoria auditiva, la voz quebrada que adivino con el resto del cuerpo, la única verdad es la realidad dice y corto el teléfono y me largo a llorar por la voz que se va, por el hígado que no funciona, por los años que pasan, por el hospital y el baño del hospital y los pasillos y las comidas del hospital; porque tan lejos estoy y porque tengo miedo de pronunciar la palabra que se me escapa por estas canillas en los ojos, el mundo sin papá, pienso, el mundo sin la pelota que rueda, muerdo una galleta, mastico, el tiempo, trago, muerdo mastico trago tiempo tiempo tiempo, el olor del tiempo, el sonido del tiempo.

Después soñé con una cabeza que caminaba oronda por el suelo, sin cuerpo, no necesitaba cuerpo y no andaba dejando rastros de sangre, había cicatrizado completamente y era una cabeza feliz.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario