El mar está allí. Luminoso, sereno, intangible. Casi invisible. Sin embargo, él lo ve, y tal vez mejor que ninguno. En años lejanos, acaso merecedores de nostalgia, fue parte del paisaje de una noche rosarina que ya no existe. Detrás de la barra del legendario bar San Telmo, que después se llamó Luna, en Tucumán entre San Martín y Belgrano, Eduardo Pieretti servía copas, conversaba, sonreía. Una noche ya no estuvo más. Había partido en busca del mar. El mismo mar que ahora pinta.
En Manguinhos la tarde es plácida. Entre las numerosas y bellas playas de Buzios, la paradisíaca localidad distante ciento ochenta kilómetros de Río de Janeiro, es la que suelen elegir los locales, por su extensión y su proverbial calma. Por esa larga extensión de arena suele caminar Eduardo, la mirada perdida en el horizonte, en busca de paz o inspiración. Sin darse cuenta de cómo sucedió, él, que llegó a Brasil hace muchos años, en plena década del 90, huyendo de una Argentina eternamente difícil, se convirtió en pintor. Y ahora es, acaso, el más fiel retratista de los paisajes buzianos.
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¿Será justicia?
Sus telas están llenas de luz. Y de soledad: la naturaleza que plasma Pieretti parece no necesitar de nadie. Evoca, en ocasiones, la precisión distante del hiperrealista británico David Hockney. Pero a diferencia del inglés, de gelidez pronunciada, no hay frialdad en los trabajos de Eduardo: tal vez, porque la naturaleza buziana es cálida; y también, porque el propio Eduardo también lo es. Así como modesto en extremo.
Nos sentamos con él y con otro amigo común, José Alberto “Fino” Fresia, otro antiguo habitante de los estaños rosarinos, en un barcito frente al mar. Delante de nosotros, la noche teje sus redes tibias. El gran secreto de Eduardo (y también de Fino) es que no son ambiciosos. Es decir, sólo ambicionan ser felices. Necesitan muy poco.
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–Llegué a Rosario muy joven y trabajé varios años en San Telmo, el bar que el Pitufo Fernández les vendió a Pablo Bonilla y Fabián Wenger. Y en ese lugar conocí a muchísimos artistas. Era una movida muy linda –cuenta Pieretti, nostálgico–. Y al mismo tiempo que estudiaba arquitectura (hice un par de años de la carrera), empecé a visitar algunos ateliers. El de Chacal, por ejemplo, o el de Eduardo Contissa. Alguien a quien recuerdo siempre, y que me ayudó tanto, es Cristian López. Todos iban al mismo bar, era como un imán. En ese momento descubrí que la pintura era mi modo de expresarme. Y cuando llegué a Buzios en 1995, me enamoré de la luz y la atmósfera de la península.
–¿Dejaste definitivamente de trabajar en bares?
–Sí, cuando llegué acá invitado por Fino, que era gerente en la famosa crepería Chez Michou, trabajé junto a él, pero ahora trabajo de pintor (se ríe).
–¿Y qué tal, vendés?
–Por suerte sí, tengo un buen reconocimiento local, pero también me compran obras muchos extranjeros que llegan a Buzios atraídos por su magnetismo. Aquí vienen turistas de todo el mundo.
Así es Pieretti, sencillo y genuino, como Buzios mismo. La noche avanza, la cerveza está helada y la caña suave. La charla sigue. Al día siguiente, el pincel de Eduardo seguirá desentrañando misterios.