Pandemia. Miradas sobre la enfermedad que golpea al mundo entero.
Un jardinero persa le suplica a su príncipe. "¡Sálvame! Me encontré con la muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Me gustaría escapar y poder estar esta noche en Ispahan". El gobernante, generoso, le presta sus mejores caballos y su sirviente huye. Por la tarde, el príncipe se cruza con la muerte y le recrimina: "¿Por qué hoy temprano le hiciste un gesto de amenaza a mi jardinero?". "No fue una amenaza", contestó ella, "sino un gesto de sorpresa. Porque esta mañana me pareció que estaba lejos de Ispahan, y esta noche debo tomarlo allí".
Entre muchos, el recuerdo de la primera vez que leí esta historia que transcribo de memoria volvió en estos días del coronavirus.
La pandemia empezó como una broma a partir de las noticias que llegaban desde China, el país de los comedores de murciélagos que se van a quedar con todo. Como sucede desde hace tiempo con muchas noticias, la todavía epidemia se tradujo inicialmente en memes sobre los chinos. El virus pasó a Italia y tampoco lo tomamos muy en serio, aunque al revisar retrospectivamente las crónicas, las consecuencias y el desmadre ya estaban allí. Sucede que no tenemos tiempo para leer las noticias y entender los procesos. Solo para impactarnos con ellas.
Además, Wuhan queda muy lejos, y el norte de Italia tiene el problema de los inmigrantes: una vez cerradas las fronteras, el flujo de indeseables sanitariamente peligrosos se detendría, dijo alguno. No pensamos —o muy pocos pensaron— que el hecho de no haber desplegado mecanismos solidarios para atender a ese tipo de emergencias humanitarias (desplazados, refugiados) encontraría mal preparados a grupos sociales acostumbrados hace tiempo a ver en el otro una amenaza o, cuando menos, a que el otro no le importe. Pequeño problema conceptual, cuando lo que nos salvará es que actuemos colectiva y solidariamente. No hay promoción de telefonía celular o hamburguesería que enseñe esos comportamientos. ¿Cuántas personas entran en una selfie? Y ni siquiera eso, porque hay que mantener la distancia preventiva. Dependemos de lo que de humanidad latente aún quede en nosotros, habitantes del tercer milenio.
De repente, cuando nos quisimos acordar, estábamos en aislamiento preventivo. La burlona indiferencia a lo que sucedía a miles de kilómetros dio paso a la posibilidad de denunciar al vecino por no cumplir el aislamiento, y también a organizarse para hacerles las compras a los más grandes o que están solos. Una de cal y una de arena, el vaso medio vacío y el medio lleno. Se juegan cuestiones de vida o muerte, pero hace tiempo que tenemos embotados nuestros sentidos al respecto. Alejamos a la muerte de nuestro cotidiano, y ahora está aquí. Puede equivocarse, como en el cuento del jardinero que huye a Ispahan, pero en tiempos de la globalización su tarea se verá facilitada.
Ante la amenaza, los engranajes del mecanismo de demolición del Estado se detuvieron, porque descubrimos que lo necesitábamos. Caro, ineficiente, deficitario, siempre por detrás del mercado, pero por favor, que los gendarmes no dejen que la peste entre en mi aldea y que me den asistencia médica si la necesito. Sensaciones contradictorias, ahora que el motor de este barco sin velas que es la humanidad se descompuso en medio del mar de los Sargazos. Sin tierra a la vista, solo hemos podido contar las provisiones que el pánico colectivo pero actuado individualmente dejó sin acaparar.
El barco permanece inmóvil en aguas planas como el aceite, sin la posibilidad de enfilar un rumbo. Enfrentamos la amenaza de que muchos de nosotros nos enfermaremos o seremos potenciales vectores de un virus, el Covid 19, que no solo pone en jaque la salud sino que desnuda las características del sistema. Esa patología no la menciona casi nadie, y tiene tanto de preocupante como de liberadora posibilidad. Porque mientras transcurrimos estos días, podemos pensar en el día después.
De repente, tenemos que confrontar con lo que somos. Es un forzoso ejercicio de introspección en un contexto hostil y muy difícil: los habitantes de un país con su economía postrada vemos las imágenes de camiones militares llevando ataúdes en Bérgamo (Italia). Nos conmovemos al leer los carteles de despedida que ciudadanos alemanes escriben en las calles frente a los geriátricos donde están sus padres, a los que no pueden visitar por el aislamiento. No entendemos lo que dicen, no es necesario, porque comprendemos la gravedad de la escena. Hemos vuelto a los tiempos del cine mudo. Nos emociona que los italianos salgan a cantar a los balcones, que los madrileños aplaudan a sus médicos. Pero más de uno de nosotros rompe el aislamiento e invoca algún derecho o impunidad para satisfacer un deseo o necesidad individual. Algo de eso ya estaba aquí, y despertó con el virus.
Estamos solos frente al espejo y disponemos de tiempo para procesar lo que vivimos. El coronavirus es como el teredo, ese gusano de la madera que era el terror de los barcos, también llamados "broma". En su peligrosidad, puede ser un aliado: carcome el tiempo. Lo carcome, y nos lo devuelve. Nos obliga a preguntarnos qué hacer mientras aguantamos, qué esperamos además del elemental deseo de que nuestros afectos y nosotros mismos emerjamos indemnes de la pandemia. Una de las más importantes herramientas del pensamiento político ha regresado. Al detenerse el tiempo, podemos volver a pensar históricamente: ver los hechos como partes de procesos, anudarlos con el pasado, proyectar un futuro a partir de ellos. Así, la pandemia es una crisis pero también una oportunidad de recuperar lo que nos vuelve humanos: hacer algo con nuestra experiencia y proyectar un futuro.
Se han hecho muchas analogías por estos días, y me permitiré hacer otra. El impacto cultural de la pandemia del coronavirus, en el tercer milenio, será semejante al que produjo la Primera Guerra Mundial. Hace cien años, la humanidad hizo trizas la idea de progreso. Hoy, lo que está en crisis es el paradigma del hedonismo individualista, principal sostén del capitalismo globalizado que, sin modelos antagónicos capaces de disputarle la hegemonía, garantiza la supervivencia del más fuerte.
En estos días fueron frecuentes las alusiones a La peste, la gran novela de Albert Camus. Es curioso que hayamos reparado bastante menos en el Decamerón, de Giovanni Boccaccio, porque muchas de las conductas que nos indignaron recuerdan la de ese grupo de jóvenes que se encuentran azarosamente en una iglesia de la ciudad de Florencia, azotada por la peste bubónica, y deciden escapar del azote y refugiarse en el campo. De un modo farsesco, tuvimos su repetición por estos pagos: desde Marcelo Tinelli, que actuó con todos sus privilegios huyendo con su familia a hacer el aislamiento a Esquel, para llegar a los que montaron en sus vehículos rumbo a la Costa. La acción es la misma, pero el showman pudo quedarse, los otros no. El egoísmo sostenido por la base material de la desigualdad.
Tuvo que declararse una pandemia para que veamos unas cuantas cosas. La más evidente es que el aislamiento preventivo obligatorio también es desigual. Ahora mismo estoy frente a mi computadora sentado ante mi escritorio después de haber navegado por las noticias. Acabo de enterarme de las novedades de España intercambiando mensajes de whatsapp con un amigo. Estoy aislado de los que no pueden aislarse sencillamente porque están a la intemperie.
Hasta el aislamiento, por lo menos una vez por día una niña o niño, a veces dos de ellos, tocaban el timbre en casa por comida, ropa, o lo que tuviera. La última vez que vino, una nena me pidió una carpeta "número 6" para la escuela. Alcancé a advertirle que esa tarde el presidente iba a anunciar el aislamiento. "No sé si vas a poder salir", le dije. Estúpido de mí.
¿Dónde estarás ahora, chiquita, para que te pida perdón? Ojalá que puedas usar la carpeta número 6. Pero resulta que en realidad mucho menos he pensado cómo hacemos para que no salgas a pedirla.
No es la primera ni la última mortandad que enfrente la especie humana, pero es probable que sea la que nos encuentra con los sentimientos más embotados. Al menos, para que la batalla entre la vida y la muerte no sea solo un videogame. Para que el hilo invisible que nos ata como sociedad nos permita acompañar los esfuerzos de los que en este momento llevan adelante las acciones más concretas frente al virus.
Por eso vale la pena que entendamos que quien esto escribe, y quizás muchos de quienes esto leen, somos privilegiados. Podemos hacer aislamiento en una casa, nuestra casa. Somos los que tenemos hogares con ventanas que podemos abrir para ventilar los ambientes, pero que podemos cerrarlas si llueve, o refresca.
Somos los que nos podemos conectar para ver series, comunicarnos, sostener la escuela, mandar mensajes de afecto, tranquilidad.
Lo mínimo que podríamos empezar a hacer sería precisamente cumplir con lo que nos piden: disfrutar de nuestro privilegio, en un país desigual, recluyéndonos. Y reconocer que hay quienes asumirán riesgos y sacrificios para que podamos seguir funcionando, comiendo, comunicándonos, recibiendo asistencia médica en caso de necesitarla.
Es probable que la ciencia dé con una vacuna antes de que la justicia en la tierra suceda. Nos habremos salvado del coronavirus. Pero si nada cambia —nuestra relación con el Estado, las formas de relacionarnos entre nosotras y nosotros, nuestras escalas de valores— habremos perdido una oportunidad de ser mejores y de dejar un mejor mundo para aquellos que vendrán.


