Cultura y Libros

El Claun, el Campeón,el Langa

El Claun repartía dinero a lo loco; tal vez como un conjuro contra la posibilidad de volver a tener frío.

Domingo 11 de Febrero de 2018

El Claun repartía dinero a lo loco; tal vez como un conjuro contra la posibilidad de volver a tener frío.

El Campeón no quería trabajar hombreando vacas en un frigorífico. Nunca más vender diarios, ni changuear por ahí, por dos pesos, en lo que fuera.

El Langa, la silenciosa pata que enhebró en secreto los hilos de la tragedia, no quería andar vendiendo camisas o joyas toda la vida.

¿Qué sombra espesa los reunió, los llevó de la mano, les empujó los pasos en aquel siniestro verano del ochenta y ocho?

Aún hoy, treinta años después, parece que han perdido la forma humana y persisten como leyendas, en los bares, un poco afantasmados entre la gente.

Los tres habían salido del hondo bajo fondo.

Subieron más alto que la noche. (…)

¿Les voy a hablar de la inquietud a los que vienen a reírse de mis chistes de trasnoche?, decía el Claun. ¿Querés que les diga que no doy más notas a las revistas del corazón? ¿Querés que le eche nafta al negocio y acerque un cigarrillo?

Pero no doy más, estoy harto. El tema es que no sé cómo parar.

Ni hace falta decir que en esas noches, en esas mesas respingadas y decadentes del Hermitage, bajo el tufillo ocre de una temporada en ciernes, con los mastines de la farándula jugando al truco en las mesas, a dos mil dólares por cabeza, eran todos amigos.

Nadie buscando el impacto de un título. El Claun estaba ahí porque parecía dominado por una inquietud desmesurada y necesitaba hablar, descomprimir. Solo eso.

¿A quién puede servirle mi historia?, repetía, y volvía a contarla, otra vez.

No sabía explicar muy bien con palabras, el Claun, lo que sí sabía con su cuerpo. No tenía tan en claro de dónde le surgía ese coraje cuando se quedaba en pelotas, sin texto, vacío, ante las luces de la cámara, frente a millones.

Pero nunca había hecho otra cosa el Claun. Y, sin saberlo, mientras contaba como para sí mismo, como si nadie estuviera enfrente, recuperaba una zona iluminada de su infancia.

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