Cultura y Libros

El amigo santafesino

A Emilio Toibero lo conocí en el diario La Tribuna a inicios de los años ochenta.

Domingo 29 de Julio de 2018

A Emilio Toibero lo conocí en el diario La Tribuna a inicios de los años ochenta. Venía de Santa Fe capital aunque se había criado en Sa Pereyra; tenía amigos en la familia Caputto, dueños del diario de calle Alem, que le tendieron una mano para que se fuera de la ciudad capital, donde, al parecer, no la había pasado nada bien últimamente. Emilio entró a la sección Espectáculos para darme una mano, porque yo había quedado solo tras la partida de Daniel Briguet, quien un año atrás había estado en la misma situación después de que Hugo Diz se fuera y por entonces había ingresado yo en su lugar. Así eran las cosas por aquellos años en el vespertino de la ciudad. Lo cierto es que el Flaco Briguet había partido del pasquín para participar del armado del semanario Rosario, publicación que luego de un año se convirtió en diario, y al cual también yo fui a parar en algún momento. El Rosario fue un verdadero semillero que terminó de germinar años después, por decirlo de alguna manera, en el Decano. Pero esto es harina de otro costal. Quizá en aquellos tiempos oscuros nadie lo supiera pero yo sí lo supe rápidamente: no había en Rosario periodista que conociera tanto de cine como Emilio Toibero y encima escribía muy bien.

Por unos 16 o 18 meses Emilio fue algo así como un hermano de la vida, sobre todo fuera del ámbito de La Tribuna, pero esta relación no duró mucho tiempo. Emilio no era como el resto de mis amigos; era una especie de genio denso como esa niebla que invade la ciudad algunas mañanas de otoño y hace invisible al mismísimo Monumento a la Bandera. Y, obviamente, eso no puede durar demasiado porque sería insoportable una vida envuelta en una niebla permanente. También, hay que decirlo, mi amigo representaba cien kilos de bondad, inteligencia y locura. Sí, estaba bastante chalado y nos volvía a todos un poco más locos. Sobre todo a mí. El Turco Fanuchi, con quien yo compartía un monoambiente en la esquina de Rioja y Buenos Aires, le tenía a Emilio la paciencia que yo nunca tuve. Una noche Albertito Lagunas nos invitó a cenar en su departamento de calle Laprida, a un par de cuadras de mi casa. Emilio no reconocía límites, sobre todo con la bebida y las pastillas antidepresivas. Traerlo luego hasta mi departamento fue una verdadera odisea, como cargar con una bolsa de papas de cien kilos. Por suerte en casa estaba el Turco, quien terminó de acomodarlo bajo la ducha como a un elefante bebé.

En medio de una calle, Emilio acostumbraba a llamarme "¡Cavazza!" y en el mismo momento se daba vuelta todo ser vivo que anduviera por la cuadra. Su voz ronca y estentórea retumbaba como el rugido de un león bajo un techo de zinc. Recuerdo la mañana en que se conoció la noticia del desembarco de los soldados argentinos en Malvinas, en plena calle Emilio me gritó: "¡Estos milicos hijos de puta están mandando al muere al miles de chicos, acordate de lo que te digo!". Yo temía más que nos linchen los argentinos-clase-media-fervorosos-del-barrio-pro-gesta-malvinense a que nos chupe algún comando militar infiltrado en la cuadra. "No te cagues Cavazza, me han pasado cosas peores en la vida", me decía Emilio muerto de risa al ver mi lívido rostro, mientras su bufanda de cientos de colores barría la vereda tapizada de hojas amarillas. Está escrito, Emilio llevaba la bufanda más larga del mundo. También le habían ocurrido cosas peores en su vida en Santa Fe: entre otras, había sido chupado y torturado por la dictadura. En Santa Fe también se había enamorado dos veces, la primera vez de una chica (sólo amor platónico) y la segunda de un chico, y las dos historias habían tenido un triste final.

Emilio cruzaba de la angustia más negra a la euforia como uno camina del baño al dormitorio antes de acostarse. Pasaba semanas hundido en un pozo depresivo de la profundidad de un aljibe y ni el optimismo del Turco podía rescatarlo. Sumergido además en el alcohol ―las botellas vacías de Gancia se apilaban en su pieza de pensión―, en pastillas y en tabaco. Una tarde gris de invierno, recuerdo, se apareció por nuestra mesa en La Buena Medida ―en el boliche de antes, el que tenía los precios del café, el té "solo", el familiar de milanesa escritos sobre las cajas de pizza colgando de un hilo― y nos dijo a modo de anuncio que había pasado por el baño del bar y se había tomado medio frasco de antidepresivos. "Bueno, sentate y tomate un vaso de agua que sino te vas a atragantar", le decía el Cuervo, un amigo de la mesa, en medio de una ancha e irónica sonrisa. Otra vez se apareció por el departamento en busca del cuchillo grande para amasijarse. "Cavazza, no te preocupes, no me voy a matar en tu casa, sino en la esquina", prometía. El Turco se reía. "¡Emilio, sos una cosa de locos!", decía. Los momentos de euforia también los pasaba en casa. En aquellos años yo intentaba escribir una novela y Emilio estaba ahí todos los días para leer lo que yo había escrito la noche anterior. Tenía más entusiasmo él que yo. La novela se llamaba "Ciudad llave" y estaba más empantanada que una Estanciera en la arena. Yo admiraba a Tristán Tzara y a los dadaístas, y mi texto intentaba contar la historia de un grupo de amigos dadaístas rosarinos que en plena dictadura armaban un happening en una casa semiabandonada de la zona sur, y donde proyectaban películas que no eran otra cosa que apagar las luces de la planta alta y trascartón correr la cortina de un ventanal y entonces quedar estupefactos ante la aparición de un cielo negro cargado de estrellas y una medialuna finita y brillante. A Emilio le gustaba mucho este capítulo y lo leía varias veces a la semana con tanto entusiasmo y potencia que el edificio entero ya conocía esta porción de "Ciudad llave".

Este tipo de historias nunca tienen finales felices, aunque a veces sí. Un día Emilio nos dijo que quería cambiar de aire. Tenía una amiga que vivía en Caracas y le habían entrado ganas de probar suerte allá. Nosotros no hacíamos otra cosa que alentarlo a que obedeciera a su instinto y cumpliera su sueño de volar al país hermano. Fueron días de mucha ansiedad y sabíamos que el viaje de Emilio era un viaje que nos implicaba a todos, porque todos nos íbamos a sentir liberados, tanto él como nosotros. Es cierto, más nosotros. Temprano por la mañana aquel día Emilio, sus valijas, el Turco y yo junto al Cuervo y su renoleta remontamos calle Córdoba hacia el aeropuerto de Fisherton. En la entrada de la aeroestación encontramos a las dos viejas tías de Emilio que iban a despedir a su sobrino y entonces las subimos al pequeño automóvil. Aún hoy no sé cómo entraron todos en aquel pequeño automóvil. Lo cierto es que un rato después, todos instalados en la terraza del aeropuerto, le ofrendamos un último saludo a nuestro amigo que cruzaba a pie y desbordante de emoción la pista en busca del avión que lo llevaría a su nuevo destino. Después de ese día tuve pocas noticias de Emilio. Recuerdo una vez, cuatro o cinco meses tras su viaje a Venezuela, yo estaba en el departamento con mi novia Doris y suena el portero eléctrico. Atiendo, pregunto quién es y escucho a través del auricular: "¡Emilio!", en su perfecto aullido ronco. Quedé como aturdido pero al abrir la puerta del monoambiente veo la sonrisa amplia del Cuervo. Lo puteé. Emilio era genial, pero ¿alguien puede imaginar que hubiera sido sencillo ser amigo todos los benditos días de Luca Prodan? A fines de los noventa Emilio ―estaba de vuelta desde hacía varios años― pasó por La Capital a saludarme e invitarme al estreno de su película en una casona de la alta burguesía de Fisherton R. Poco tiempo después Emilio Toibero murió anónimamente tras caer desplomado en una calle de Rosario, en medio de una madrugada de octubre de 2004 humedecida por la soledad.

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