Cultura y Libros

Del fusil a la palabra

En su lucha por transformar el mundo, el rosarino Miguel Ángel Mori dejó las armas por la literatura. Ex guerrillero y preso político, publicó dieciséis libros en los que plasma a través de la vivencia de una generación las eternas contradicciones de la Argentina.

Domingo 16 de Febrero de 2020

Cuando lleguen los idus de marzo, el escritor rosarino Miguel Ángel Mori cumplirá 68 años. En su casa de la zona sur —entre la avenida San Martín y la biblioteca Vigil— repasa como si fueran las hojas de un libro las vicisitudes de una historia, la suya, que refracta las contradicciones y apuestas de una generación e incluso de los argentinos en su conjunto desde mediados del siglo veinte. Lo hace con calidez, por momentos con alegría, a pesar de los vuelcos, las derrotas, las pérdidas, de todo aquello que lo impulsó a fichar en el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), lo confinó en la cárcel de Rawson durante ocho años y lo decidió más tarde a abrazar la literatura como un proyecto no solo expresivo sino vital.

En ese camino, la detención en el penal de la Patagonia bajo terribles condiciones supuso paradójicamente una instancia de formación intelectual y la cuestión social decantó en programa artístico. Mori dejó atrás la lucha armada, también el ruedo político, formó una familia numerosa, se asomó a la escena literaria de la ciudad. El muchacho que fantaseaba con emular al gran Dostoievski, y en el medio siguió los pasos del Che Guevara, se convirtió en un autor que activó en la Sociedad Argentina de Escritores, pasó del realismo a la ficción y ya lleva publicados nada menos que dieciséis libros.

El gusto por la escritura le llegó temprano, apenas se alfabetizó en la escuela primaria de los hermanos Maristas y de la mano de la lectura. "Me parecía muy natural escribir porque tenía una gran impronta de mi padre. En mi casa había una biblioteca importante, para mi papá el conocimiento estaba ahí. A los trece años leí Crimen y castigo y a los dieciséis, caminando con un amigo íntimo, Hugo Gambartes, el hijo del pintor, cuando me preguntó qué quería ser le contesté: «Quiero ser como Dostoievski»", evoca Mori su adolescencia durante el gobierno de Juan Carlos Onganía, al que llama "la primera dictadura".

A pesar de que los centros de estudiantes estaban prohibidos, alumnos del Superior de Comercio se las ingeniaron para formar un club estudiantil, con delegados y comisiones. Mori asumió las tareas culturales, incluida la publicación de una revista en la que llegó a entrevistar a María Elena Walsh. Integraba además un grupo cultural denominado Gestalt, creado alrededor de la Fundación Astengo. "Tenía quince años y escribía poesía, los demás me doblaban en edad. Había músicos, escritores, rosacruces; era una mezcla medio rara", se ríe con un ánimo que sostendrá también frente a los recuerdos sombríos.

"A los diecisiete me crucé con el Rosariazo, con el hecho de que vivíamos en una dictadura. Los chicos estábamos anestesiados, pero en un esfuerzo intelectual me dije: «En el colegio nos hablan de democracia y esto es un gobierno de facto». Entonces me empecé a sumar a las luchas. Entro en la Facultad ya con la idea de hacer la revolución antes que cualquier proyecto literario", cuenta.

Terminaban los años 60 y la Universidad, al igual que la calle, era un hervidero. El joven Mori se apuntó en la carrera de psicología de la Facultad de Filosofía y Letras y en la Tendencia Antiimperialista Revolucionaria, el frente estudiantil del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) en universidades y colegios argentinos. Sería fundamental para su ingreso al ERP la influencia del militante desaparecido en 1977 Juan Carlos Vicario, yerno de Darwinia Gallichio, Madre y Abuela de la plaza 25 de Mayo.

"En realidad yo quería estudiar filosofía. Pero si lo blanqueaba, mi papá me iba a dar una patada en el culo: él esperaba que fuera contador, ni la psicología aceptaba porque para su generación estaba relacionada con los locos y a los locos se los estigmatizaba. Se creó un conflicto que precipitó todo porque ninguno de los dos lo supimos resolver. Me cortó los víveres y pensé que no sería un buen estudiante si al mismo tiempo trabajaba. Dije: «Si no puedo, lo harán mis hijos. Yo voy a hacer la revolución». Ahí me fui de casa y me metí de lleno en el PRT. Mi mamá me apoyaba, me decía: «Llevales esta comida a los chicos», por los compañeros con los que vivíamos en una casa operativa —relata a borbotones—. Mi papá me peleaba, me decía: «Ustedes están locos, del otro lado hay un ejército grande, los van a matar». Tenía razón. De todos modos siempre me había hablado mal de los militares y de los curas, de mi casa traía una fuerte impronta antimilitar".

—Igual tuviste una formación cristiana.

—Sí, hasta que conocí el marxismo. La formación y la inclinación por los pobres y los más débiles continuó y continúa hoy.

—¿Sos creyente?

—No en el sentido que plantea la Iglesia Católica o cualquier confesión. Creo que las religiones son construcciones de los hombres. De todos modos respeto lo que no conozco, el más allá, la muerte.

—Y cuando fuiste un joven guerrillero, ¿cómo era el tema de la muerte, ibas al frente?

—Sí. Desde 1930 teníamos una sucesión de golpes de Estado y de democracias condicionadas, que no eran plenas si se piensa por ejemplo en la proscripción del peronismo durante dieciocho años. En la primera dictadura (la de Onganía), sectores de la juventud identificamos que debíamos combatir al Ejército y en esa pelea perdimos. Fue una derrota militar, política e ideológica porque después se vino abajo el Muro de Berlín y quedó un mundo unipolar.

—¿Cómo lo superás?

—Es un golpe terrible, lo que no se dice. Lo que la generación del setenta lleva adentro, oculto, porque tenemos que adecuarnos a este sistema. Uno repudia al capitalismo, sabe lo que provoca, pero debe vivir en este sistema. El problema es por qué lo cambiamos. Como decía un cómic de Mafalda, "cuando teníamos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas". Eso le pasó a nuestra generación, a los jóvenes que elegimos luchar. Porque la mayoría de los que luchaban eran jóvenes, en mi caso la militancia fue entre los dieciocho y los veintidós años. Mis compañeros —casi todos están muertos o desaparecidos— tenían máximo de veinticinco a treinta y dos.

En efecto, cuando fue detenido en diciembre de 1974, Mori tenía veintidós años, un bebé de ocho meses y una pistola en la cintura. Su idea era tomar junto a un grupo de compañeros la comisaría de Ovidio Lagos y Biedma pero la policía lo encontró antes, en una obra en construcción de las inmediaciones. Volvería a Rosario a fines de 1982, tras cumplir una condena por intento de robo de armas y asociación ilícita. Durante los ocho años de reclusión en Rawson, una experiencia humana al límite, no solo escribió poesía y tesis políticas que planeaba aplicar cuando recuperara la libertad, sino que estudió filosofía, historia y economía. El penal se convirtió de alguna manera en la facultad que antes había abandonado en su urgencia por hacer la revolución.

"Estaba rodeado de gente muy formada, que me llevaba diez o quince años: desde el historiador Ramón Torres Molina, después director del Banco de Datos Genéticos, a Pedro Cazes Camarero y Carlos Samojedny, dos intelectuales que nos daban cursos de filosofía, y Luis Lea Place, que ahora publicó un libro de economía", cuenta Mori con naturalidad. Torres Molina redactaría en la década del noventa el prólogo de su emblemático relato autobiográfico Las rondas y los sueños; Samojedny está desaparecido.

"Excepto un año o dos, siempre tuvimos libros. A la noche nos cerraban las puertas y cada hora pasaban a ver si estábamos acostados, yo escuchaba que empezaban a levantar las mirillas y sacaba La guerra y la paz de Tolstoi. Lo leía con una lucecita que venía del patio. Así terminé los tres tomos y la obra completa de Osvaldo Bayer. Pasaba diez o doce horas leyendo porque me decía que lo único que podía sacar de la cárcel era estudiar. Y estudiar me permitía soportar. En ese año y medio en que solo nos dejaron tener la Biblia, practicaba lectura veloz para que cuando me permitieran leer de nuevo o saliera de la cárcel pudiera recuperar lo que me había perdido", se ríe. Al final, logró aumentar un poco la cantidad de palabras leídas por minuto.

"Nos contenía el estudio, el grupo —porque en la cárcel seguíamos actuando como PRT— y la ideología: yo creía fervientemente en el triunfo del comunismo. Festejábamos las noticias que llegaban de otras partes del mundo, por ejemplo de África y Nicaragua. La revolución estaba viva y alrededor de esa esperanza nos organizábamos", recuerda, y pareciera posible tocar algo del brillo de aquella ilusión. "Cuando lo mataron a (Mario) Santucho (el 19 de julio de 1976) fue un golpe muy fuerte. Nos habían cortado la cabeza, no solamente con Santucho sino con (Benito) Urteaga, con (Domingo) Menna. Todo lo que vivimos en Rawson y el esfuerzo que hacíamos para mantener la dignidad me pareció que merecía ser contado. Un compañero, sabiendo mi gusto por la escritura, me repetía: «Lo tenés que escribir». A los dos años de salir en libertad empecé a llenar cuadernos a pulso, como quince cuadernos llené", señala y se justifica: "Tenía los recuerdos frescos".

Las historias que se iban volcando con absoluta nitidez, una suerte de catarsis de lo sufrido en la Unidad Nº 6, se transformarían en la novela testimonial Las rondas y los sueños, publicada recién en 1997. Antes Mori debió experimentar nuevas frustraciones, en principio su militancia en el Partido Intransigente. "Yo no tenía vocación por las armas, las tomé en su momento por una convicción política y nunca más las agarré. Después de mi fracaso político en democracia, fui muy consciente de asumir un destino, el de escritor", sostiene acerca de la época en la que decidió retomar los apuntes sobre su detención. Era el año 1987.

"Todavía estaba vivo el Movimiento Todos por la Patria (MTP); ellos tenían una editorial y habían puesto plata en el diario Página/12. (Francisco Pancho) Provenzano, más tarde desaparecido en La Tablada, cuando fuimos a comer a una parrilla en Buenos Aires y le leí algunos borradores me dijo: «¡Qué mal escrito que está! Pero no importa, trabajalo que lo publicamos». Terminé la novela en el 89, después de muchas correcciones, en las que me ayudó la poeta Malena Cirasa", rememora aquel proceso que transcurrió en gran medida en bares del centro, donde escribía, pulía y a veces debía encerrarse en el baño para llorar. Cuando consideró lista la obra, Mori viajó ilusionado a Buenos Aires sin saber que quienes habían estado dispuestos a editarla se encontraban fugados o desaparecidos por su participación en la frustrada toma del Regimiento de La Tablada, ocurrido pocas semanas atrás.

"Ese no fue el golpe principal para el libro sino la caída del muro de Berlín, porque Las rondas... contenía un llamado a hacer la revolución. Tardé ocho años en hacer el duelo, en reconfigurar mi cabeza. Recién en el 97 pude decir y decirme que más allá de que se había terminado aquello por lo que luchábamos, de los errores que cometimos al tomar cuarteles en la época democrática, más allá de todo, el libro tenía un valor testimonial de entrega y compromiso, de cómo una generación se une para luchar por ideales", sintetiza en pocas palabras varias décadas de historia.

La publicación fue una liberación, admite. En 2011 la reeditó y aprovechó para agregarle "algunos capítulos sobre el desclasamiento que viví cuando mi viejo se fundió y tuve que dejar los hermanos Maristas. Mis amigos iban al country y yo no podía, hubo un desgarramiento porque a esos chicos los quería y justo era la adolescencia". En su libro La guardia profundiza estos aspectos, "cómo la clase alta de Rosario en la época de Martínez de Hoz termina vendiendo las casonas de bulevar Oroño. Hubo un decaimiento, no se pudieron sostener".

—Llama la atención que algunos nombres de militantes que mencionás en Las rondas se repiten en tu libro de ficción El comisario Pereyra.

—Puede ser, porque trabaja el inconsciente. No lo había notado. ¿Por ejemplo?

—Isabel, La Tona…

—Ah, sí. La Tona es (Nelly) Enatarriaga, que está desaparecida. Cuando escribí Las rondas no sabía cómo reaccionaría la gente, entonces ponía apodos. A medida que van falleciendo o tomo contacto con ellos y veo buena onda, les voy poniendo los nombres reales. Pienso que en algún momento los revelaré a todos, en sucesivas ediciones van a ir apareciendo los desaparecidos, sus identidades.

—La lógica de los apodos y las identidades duplicadas es un rasgo de la época.

—Sí, porque estábamos en la clandestinidad. Lo hacíamos para protegernos por si alguien caía y era torturado. Se ve que yo mantengo esa lógica: los compañeros siguen clandestinos en el libro…

Mori pone la lupa sobre su obra narrativa, en total dieciséis títulos, y afirma que uno de los momentos clave fue cuando pasó de la no ficción de Las rondas a la ficción. "Plantear personajes fue comenzar de nuevo y me acerqué a los autores de Rosario. Jorge Riestra, que se mostró muy paciente conmigo y me trataba de igual a igual; Aldo Oliva, con esperanza en lo que yo podía dar literariamente, me tenía en cuenta; Horacio Aige, que daba un curso en el bar La Puerta por el que pasaron Roberto Retamoso, Sergio Cueto, Beatriz Vignoli, el mismo Oliva. Ahí me fui relacionando y haciendo una bohemia con esa gente", afirma y reivindica los encuentros en el bar La Sede, donde la mesa de los poetas convivía con la de los galanes, exiliados de El Cairo. "En nuestra mesa, que no tuvo tanta prensa, estaban (Fernando) Dintrans, (Gustavo) Cosolito, Jorge Barquero, Aige. Fue un momento de la escena literaria de Rosario, después salí para buscar un camino propio".

—Y te fuiste para el lado de la fantasía...

—Sí, hasta platos voladores aparecieron. Empecé a crear personajes de la nada. Es una práctica que con el tiempo me dio sus frutos porque las cosas me resultan más fáciles. En Los confinados (2019), al que considero un texto bisagra porque me abre un nuevo camino, hay una síntesis de mis búsquedas.

—¿Por qué?

—Porque cuando cayó el Muro me empecé a hacer un montón de preguntas, a buscar otro relato. Los confinados transcurre en distintos lugares del mundo y parte de una pregunta, cómo en el ecosistema armónico de la Tierra aparece una especie, el hombre, que lo empieza a destruir. Como si fuera un cáncer que va a dañar un cuerpo al punto de autodestruirse, porque al no existir el cuerpo muere el tumor. La historia arranca cuando un personaje lee una noticia de un sabio que afirma que el ser humano pertenece a otro ecosistema, es decir que somos alienígenas. Hay una teoría que plantea que descendemos de los extraterrestres, yo tomo eso para desarrollar el libro.

—Aparece una trama delirante, donde está presente la lógica setentista.

—Sí, están por un lado los chicos de cabeza rapada que quieren terminar con la especie humana, por el otro el grupo que quedó del Partido Comunista de la Unión Soviética. Busco otro relato sobre el objetivo del hombre en su paso por la Tierra. Hacia el final aparece una respuesta.

—O sea que es filosófico. Vas hacia tu destino.

—Claro, siempre el tema de la filosofía me recorrió. He leído, aunque no soy un estudioso. Estoy constantemente filosofando, me hago preguntas. En ese sentido soy un filósofo de barrio.

—Por momentos Los confinados parece dialogar con Los siete locos de Roberto Arlt.

—Cuando leí Los siete locos dije: "Está prefigurando el ERP". ¡Porque realmente nosotros teníamos cada cosa! (risas). Era medio bizarro si lo ves ahora, a pesar de las buenas intenciones. Había un compañero al que le rechazaron su propuesta: quería poner una confitería bailable para financiar el ERP, parecido al planteo del prostíbulo de Haffner. En aquella época era todo blanco o negro: si ibas a bailar a la disco estabas en la boludez, si no tenías que ir a la peña. ¡El compañero pretendía hacer política con lo que les sacara a los burgueses!

Nos decimos, con Mori, que la historia argentina supera a la ficción. Nos despedimos charlando sobre la rosa de cobre, en un intento por sostener los sueños, aun los imposibles.

Oficios terrestres

Miguel Ángel Mori revisa el oficio de la escritura como producto de una decisión racional e íntima, y también el roce con la mirada de los otros contra viento y marea. "Buscaba trabajos de tres o cuatro horas diarias para dedicarle tiempo a la literatura, iba a los bares a escribir. Nunca aposté al trabajo, trabajo nunca", se ríe con la consigna que acaba de inventar. "Eso quedó postergado para otra vida y después me salió una indemnización por los años que estuve preso, lo que me permitió viajar a Buenos Aires para participar de la Sociedad Argentina de Escritores (Sade). Tenía más tiempo para leer y escribir", recuerda.

"Otros se compraban casas o invertían, yo aposté a la literatura", asume categórico. "Era difícil porque la gente cuando estás en edad productiva y no te ve trabajar se pone mal, te convertís en un sospechoso. Ahora eso se terminó porque estoy jubilado. El ser escritor no se reconoce como un trabajo, socialmente no se valora todo el tiempo que implica sino el dinero, las propiedades, los títulos dados por la Universidad. Lo que he logrado es que mucha gente me reconozca como escritor", concluye. Llegar a ese punto de confluencia entre vida y obra no fue fácil.

"Cuando salí en libertad formé una nueva pareja, ya tenía un hijo que sufrió por las secuelas de la represión. Ahora está en Dinamarca", revela Mori. "Él se quedó sin el padre, sin la madre, estuvo en la cárcel. Se fue para allá, se desarraigó y eso tuvo consecuencias en su salud. Es común entre los hijos de los compañeros presos porque han mamado el terrorismo de Estado, los miedos de los padres", y una nube parece ensombrecer pero entonces un camino se bifurca. "Mi compañera tenía dos hijos y después tuvimos dos más, así que formamos una familia ensamblada. Hoy somos abuelos", concluye y pide perdón por no haber compartido el mate ("vicios de la cárcel").

Casi un libro por año

Desde la aparición de su primer libro Las bolas y las lanzas por la editorial Homo Sapiens en 1992, Miguel Ángel Mori publicó casi una obra por año. Los títulos se encuentran disponibles en la plataforma digital Amazon.com. Se trata de Las rondas y los sueños, Asalto a Villa del Morro, El comisario Pereyra, Los confinados, El crimen de Vaccaro, La zona borrosa, La luz blanca y la amarilla, La guardia, Jonás, La cruz y el Chador, Mara, Vidal a secas, La denuncia, Conversaciones con el general y ¿Quién soy?

"Mi papá me decía: «Ustedes están locos, del otro lado hay un ejército grande, los van a matar». Tenía razón. Pero siempre me había hablado mal de los militares y los curas".

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