cultura y libros

Al ritmo del dinero

En Todos los cuadros que tiré, Cecilia Pavón mezcla vida íntima con escritura y revela alarmantes síntomas sociales por intermedio de una cascada de imágenes y palabras.

Domingo 14 de Junio de 2020

Aunque las categorías de género puedan resultar odiosas, a veces ayudan a seguir pensando la pregunta siempre abierta y en desplazamiento de qué es la literatura. Después de leer Todos los cuadros que tiré, de Cecilia Pavón, queda zumbando la idea de que la autoficción, en cuanto género literario, no es simplemente un híbrido entre la autobiografía y la ficción, como su nombre parecería indicar, sino más bien una suerte de operación personal que consiste en hacer de la escritura una actividad autopoiética y totalizante. En un mismo movimiento: totalizante, porque la literatura ocupa todos los rincones de la biografía (o más bien, porque la vida, como la casa de Cecilia Pavón, tiene la misma superficie que su biografía), y autopoiética, dado que el desarrollo de esa vida totalizada por la escritura se alimenta a sí misma, sostiene y produce más escritura.

Así, las figuras y temas que componen Todos los cuadros que tiré (la casa, el poema, el cuerpo, la traducción, la performance, el viaje, el posteo en redes sociales, el mensaje de texto) son hipotéticamente intercambiables entre sí y se postulan como una cadena de equivalencias: "La casa es mi corazón, y seguramente es ella mi musa y no el hombre con quien convivo"; "Traducir es lo más parecido a viajar"; "Escribir es aceptar el desgaste de los objetos, la poesía es como el óxido"; "Una casa es un poema, nunca, nunca se termina de ordenar y limpiar"; "Para mí la casa también es una continuación de mi propio cuerpo". Si bien se trata de elementos o acciones de la vida cotidiana, su estatuto se destaca rápidamente en el conjunto del libro: se hacen parte de la escritura porque permiten continuar la escritura, no por ser un simple aspecto de la vida de autor. Como una máquina cuentapropista de la mujer que escribe, "(Soy una mujer que trabaja de escribir)", Todos los cuadros que tiré cuenta el cuento de quien vive de contar, tanto en el aspecto material como emocional, aunque no todo entre en esta máquina de vivir escribiendo: "A pesar de que el ocio no toque mi biografía", dice y queda marcado un límite.

Hacia adentro de cada relato, el juego entre las figuras se despega de la dicotomía autobiografía/ficción que el género pudo haber tenido en alguna época. Es verdad que algunos de estos textos parten de una situación cotidiana y desembocan en acontecimientos claramente ficcionales (como la reconversión en petróleo de todos los objetos plásticos de una plaza de Once mientras la narradora recita, rodeada de una multitud, su salmo a los polietilenos); pero la verdadera potencia, si se quiere, autoficcional de Todos los cuadros que tiré radica en la asociación fina de las figuras hogareñas (sean o no fruto de la ficción) en pos de nuevas significaciones. Tal es la función que cumple, por ejemplo, el filtro de la bacha que su pareja siempre olvida limpiar después de lavar los platos; la anécdota de entrecasa se conecta con la performance de una artista que camina por las calles de Bahía "con una de esas rejillas a modo de bozal, tapándole la boca. Se paraba frente a la enorme cabeza de hierro cortada del monumento de Zumbi, y hacía que le clavaran agujas que le atravesaran toda la cara"; y la devuelve al mundo doméstico para revalorizar los detritos del desagüe.

"Todos mis cuentos son sobre pensar y recordar", escribe Cecilia Pavón el principio de su libro, y esta definición da con el tono. Recuerdos y pensamientos en el arte contemporáneo que, a partir de la premisa de contar todo lo que entre en ese paquete, rozan el ridículo. La intimidad del pensamiento puede ser ridícula a veces y a Pavón no le preocupa pulir esa imperfección; al contrario, la exhibe como parte de la propuesta: "Ya sé que es algo completamente ridículo decir que tengo sexo con el agua. ¿Escribir es estar preso de fantasías ridículas como estas?". Pero no por ridículos sus pensamientos y recuerdos se escinden del contexto social y las condiciones de producción; al contrario, el contexto entrar también al juego de identidades del vivir escribiendo.

La casa de escribir de Cecilia Pavón, en la que da talleres de poesía y donde cuelga cuadros que le regalaron o que intercambió por trabajo, se recorta sobre un trasfondo de intensa actividad financiera, que invade las conversaciones y del que la narradora aborrece. "A mi alrededor, los hombres, porque eran casi todos hombres, seguían hablando cada vez con más ímpetu de dinero, de cifras, de porcentajes, de bonos, de euros, de dólares… el peso casi ni se mencionaba", es la banda sonora en un café del microcentro a donde se sienta a traducir un poema. Este tipo de elementos que se reproducen en el texto genera un contraste importante con el circuito de vida-escritura más bien artesanal en el que trabaja Pavón; pero, sobre todo, brindan el recorte temporal de una época. La invasión extraterrestre que habría dominado a la humanidad desde 2017 y que provocara el desinterés generalizado sobre la cultura ("El arte, la literatura y la música dejaron de tener sentido, al igual que el Estado, la familia y la política"), ¿no se asemeja bastante a un síntoma social extendido durante los últimos cuatro años en Argentina? La relación entre arte, trabajo, consumo y flujo de capitales es un andamiaje chirriante en Todos los cuadros que tiré que contrapesa el pensamiento ridículo con el pensamiento social.

Acaso el dato de que el primer mall de Latinoamérica fue inaugurado en Chile durante la dictadura de Pinochet el mismo día en que se iniciara la Guerra de Malvinas resultaría algo accesorio, superficial, si no fuera porque la reflexión se prende a la imagen de una "cascada de agua que produce imágenes y textos mediante la caída libre de gotas de agua" en el centro de la escena. Desapercibida para la mayoría de los consumidores que pululan en el Costanera Center, la cascada se transforma, para Pavón, en una alegoría del arte contemporáneo: "Una caída de imágenes y palabras que fluyen al mismo ritmo que el dinero".

Narrativa

Todos los cuadros que tiré

Cecilia Pavón

Eterna Cadencia, 96 páginas, $630

images.jpg

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario