En nuestro país, afecto a las celebraciones de todo tipo, con una enorme cuota de hipocresía y sin que casi nadie sepa bien el motivo, se recuerda el 29 de abril el Día del Animal. Si yo pudiera comunicarme con ellos, si lograra que me entendieran tan sólo una vez, les haría llegar un breve mensaje... Particularmente a los cotidianos y sufridos animales urbanos: esos perros que hoy, perdidos o abandonados vagan sin rumbo buscando algo de comer mientras esquivan la muerte en cada calle, descendientes de aquellos bravos guardianes del neolítico, los únicos que lograron ser domesticados por nuestros ancestros, reciben ahora sólo rechazo e indiferencia como pago por mil generaciones de fidelidad incondicional. Para los pobres caballos, que arrastran día a día la pesada carga de la vergüenza, enfermos, mal alimentados, siempre golpeados. La eterna vejación sobre el animal que forjó con sangre nuestra Nación, primero en los escenarios de guerra y luego sudando en los campos de labranza, hoy son figuras espectrales y malolientes condenados al martirio irrespetuoso de la pobreza que desfilan ante la mirada displicente de las autoridades —convenientemente distraídas— y de esta egoísta y abúlica sociedad que les debe casi todo, porque la historia misma de la humanidad se escribió a grupas de un caballo. También para los gatos, con su inmaculado silencio, con su débil figura y ancestral misterio, que siempre tendrán que huir de ese vecino irascible que no desea otra cosa que envenenarlos cobardemente por su autosuficiencia o de la horda adolescente que quiere lapidarlos sólo por diversión. Vaya el mensaje para ellos, pero también para los otros de todas las latitudes, los que no vemos y sufren nuestra enfermiza superioridad: las presas de la caza deportiva y los que agonizan en trampas en todo el mundo; los que mueren en redes ilegales; los que son sacrificados por su piel; los toros de lidia y aquellos que usamos vilmente para diversión; los mártires de la experimentación científica. Y quizá el mayor de los homenajes para los animales de consumo, que entregan mansamente sus vidas de a millones para que la especie humana prolongue la suya. Para todos ellos, para esas almas que desde el silencio nos observan sin rencor y con inigualable dignidad, para ellos que son un compendio de virtudes que ya hemos perdido en nuestro curioso devenir civilizado, para todos los animales de este mundo cuyo destino está escrito... sólo quiero pedirles perdón. Es mi deseo en su día.

































