La decisión política gestada en los centros reales del poder mundial de producir biocombustibles acelerará la ya creciente castástrofe alimentaria mundial. En efecto, se sigue priorizando la alimentación de las máquinas por sobre la de las personas, el automóvil, símbolo máximo de la cultura del consumo, seguirá aniquilando por vía directa e indirecta vidas humanas. Que la mayor parte de las tierras fértiles sean destinadas a producir insumos industriales y no para saciar la demanda alimentaria, es una prueba más de la irracionalidad en que estamos sumidos. El sistema que nació en el siglo XVIII con el ascenso de la burguesía triunfante se fundamenta en la desigualdad, en la dominación de una minoría sobre las mayorías. Es absurdo que en tiempos en los que la tecnología permite aumentar los rindes agropecuarios, crezca exponencialmente el número de personas con hambre. Todo se debe a la obscena concentración de poder y riqueza en consorcios trasnacionales. Los llamados pooles de siembra expolian a los pequeños productores, destruyen el ecosistema y empobrecen a las poblaciones y los países. Nada los detiene, son los paladines de los auges económicos que paradójicamente significan mayor desigualdad. Ya en el siglo XIX hubo quienes alertaron acerca del llamado fetichismo de las mercancías, que otorga preminencia a los objetos por sobre las personas, generando alienación, deshumanización, pobreza. Proudhon y Marx, cada uno a su modo, explicaban el fenómeno y por supuesto decían de la necesidad de acabar con él transformando la sociedad. Sin dudas ha llegado la hora de revertir estos procesos de destrucción sistemática de la naturaleza y de violencias inducidas. Antes que sea tarde.

































