—Hola doctor.
Foto: Archivo
El cantante Joan Manuel Serrat anunció su despedida de los escenarios.
—Hola doctor.
—¿Qué le anda pasando?
—Estoy sufriendo una enfermedad extraña. Quizás se deba a una sustancia que hace décadas consumo, y lentamente, sin que me haya dado cuenta, me ha hecho presa de su elixir. Al alba me levanto y escucho a Serrat, por la mañana lo bebo, al mediodía almuerzo con sus versos en la boca, por la tarde camino a la par de sus canciones, sus palabras cantadas me empujan al tobogán de la noche y la voz del Nano me acuna suavemente hasta flotar en el mar mediterráneo de los sueños.
—Veamos… ¿Usted ha notado últimamente alguna inclinación por las causas aparentemente perdidas? ¿Una especie de atracción desmedida por la belleza y las utopías? ¿Lo acorrala la sensación de que no hay nada más bello que lo que nunca ha tenido ni nada más amado que lo que perdió? ¿Mira a su esposa y siente que, como en un amor de contrabando, se pasan la vida debutando? ¿No hace otra cosa que pensar en ella? ¿Intuye que uno sólo es lo que es y anda siempre con lo puesto? ¿Ha aprendido de ese viejo que llevamos encima, de los locos bajitos, los árboles, los poetas y de aquellas pequeñas cosas?
—Pues exactamente es eso lo que me pasa.
—Bueno, no sé cómo decírselo… usted ha perdido toda posibilidad de ver los días correr sin gracia, de no sentir nada por el vecino, de mantenerse frío ante el dolor ajeno y de ahora en más será inmune a todas las vacunas contra la emoción. Usted es un caso perdido. Sólo le aconsejo que no se resista, que siga el curso de su irrefrenable impulso serratiano, porque usted está herido de vida, expuesto a que lo bese en la boca todos los días. Está condenado a su propia libertad. Debo ser honesto con usted: nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.
Fernando Montalbano



Por Florencia O’Keeffe
